domingo, 24 de agosto de 2014

Under the skin.



Crítica.
Under the skin (J. Glazer, 2013).


El género de la ciencia ficción, o el subgénero de aventuras espaciales, ha dado un giro hacia lo experimental de forma curiosa e inesperada. De alguna manera, puede decirse que esta escuela de nuevos directores se esfuerza por resucitar, con las tecnologías que aporta el tercer milenio, al Stanley Kubrick que creó una de las más grandes odiseas de todos los tiempos. Y sin traer a la vida a Hal-9000, una gran mayoría ha tenido éxito en su empresa. Repentinamente, la crítica reconoce a la ciencia ficción como un género serio, cuando, por lo general, fue sencillamente un entretenimiento cinematográfico y nada más. Poco a poco, esa categoría que han dado por llamar “de culto” va siendo testigo de la inmigración masiva de títulos pertenecientes a dicho subgénero. La inacabable saga que tanto enamoró a los trekkies no morirá sola en ese grupo, cada vez más amplio. Los directores más respetados de la industria van sucumbiendo a los placeres de la ciencia ficción, el año pasado el mexicano Alfonso Cuarón, este año el estupendo Christopher Nolan con Interstellar, y hasta el énfant terrible danés, Lars von Trier, se ha permitido hacer su Melancholia, sobre un cometa a punto de estrellarse contra la tierra, y con un prólogo de casi diez minutos ralentizados con Tristán e Isolda, de Wagner, sonando a lo lejos.

Y llega Jonathan Glazer, que no es ningún novato, pero que tampoco es conocido por el público. Por supuesto, se trata de uno de esos artistas que se toman su tiempo y ruedan de vez en cuando. En una década y media, solamente tres títulos: Sexy beast (2000), Reencarnación (Birth, 2004) y Under the skin. Por una razón u otra, todos han dado la campanada: ya sea por el escandaloso beso de Nicole Kidman con un niño (el estupendo Cameron Bright), por la increíble actuación de Ben Kingsley en su ópera prima, o ahora por las escenas de desnudo total que realiza Scarlett Johansson. El tiempo, sin embargo, fue silenciando el tañido de esas campanas, y pocos hoy recuerdan aquella antigüedad de Ben Kingsley, o que Nicole Kidman haya hecho semejante cosa en una película posterior a Moulin Rouge! (2001) Dependerá del tiempo la degeneración del cuerpo de la sensual Scarlett Johansson, por quien más de uno se ha acercado a este experimento de ciencia ficción y terror. Con todo, se sabe con seguridad que su elegancia y frescura permanecerán intactas por unos cuantos años. Su talento, quién sabe. Lo cierto es que en Under the skin, Glazer y Johansson parecen entenderse muy bien. Y por la soltura con que se maneja la joven, es posible que sólo ella haya entendido en su totalidad de qué se trata el filme. En cuanto a la evanescencia del recuerdo que la audiencia pueda llegar a conservar durante algún tiempo, eso no se puede asegurar de ningún modo.


Uno puede dividir la película en dos partes, escindidas por un episodio llamativo: la aparición de un sujeto que padece una enfermedad que le ha deformado el rostro, una suerte de hombre elefante pero a color. La primera deja que las imágenes se impongan a los diálogos, que la música haga de la atmósfera algo más o menos irrespirable, y que la redundancia de la secuencia camioneta-cuestionario-atracción-absorción sea más o menos soportable. Cuando la repetición de esta secuencia comienza a volverse inquietante, aparece este sujeto, que derrumba todos los peones del tablero de un puñetazo. Sólo Dios sabe qué puede extraerse de su participación en el filme; por el momento, preferiría pensar en que el mundo de los humanos lo ha excluido, pero los extraterrestres, a pesar de todo, no tendrían problemas en devorárselo. Después de todo, a ellos solamente les importa “lo de adentro” (la piel y la belleza son accesorios no comestibles) y en la religiosidad de este enorme cliché, la crítica a nuestra civilización resulta evidente. Aun así, en Under the skin, es mejor evitar dar por segura cualquier hipótesis. Por otro lado, la segunda parte hace lo suyo para dinamitar la originalidad de la construcción que la precede. Ya no hay fórmulas, sino insospechadas presencias, por demás desasosegantes, que van debilitando a la gélida protagonista, una Johansson a la que poco le importaba excitar a un treintañero sabiendo que lo iba a destruir en cuestión de minutos. El bosque, como espacio simbólico, no tiene demasiado para decir en este filme. O sí, pero en una lengua foránea. Solo si toda esta reproducción semi-experimental de una tragedia interplanetaria pretende transmitir, como mensaje, que los hombres le dan excesiva importancia al exterior sin atender a que detrás de esa piel se esconde un interior calcinado y negruzco, Under the skin entonces puede ser considerada una obra más o menos respetable. Al menos, por sobreponerse a sus propias falencias y por lograr que un puñado de espectadores sean atraídos por el cuerpo de la irresistible femme fatale Scarlett Johansson y acaben viendo una película (que surgiría de la combinación de 2001: odisea del espacio (1968) y Jennifer’s body (2009)) por la que jamás habrían pagado un centavo.

1 comentario:

Esteban dijo...

A mi me pareció una buena idea mal desarrollada. Durante la primera parte de la película el asunto se da demasiadas vueltas en la "captación" de hombres pero no se centra en lo que, según mi parecer, era lo realmente interesante : el proceso interno que vive la protagonista. Eso queda cojo.

Me gustó pero solo eso, mal logrados los objetivos.

Saludos!
Esteban
http://politocine.blogspot.com