jueves, 24 de julio de 2014

El pianista.



Crítica.
El pianista (The pianist, 2002).


Una de las grandes anécdotas del cine tiene poco más de una década de historia: se trata del premio Oscar que la Academia de Hollywood le dio a Roman Polanski, prófugo de la justicia estadounidense, por su trabajo en el filme El pianista. Ausente en la ceremonia, el anuncio del ganador del premio al mejor director generó tantas adhesiones como rechazos en la audiencia del Teatro Kodak, donde habitualmente se desarrolla la premiación. El delito que se le atribuye es, como ya se ha comentado a propósito del filme de Thomas Vinterberg La cacería (Jagten, 2012), uno de los que mayores emociones genera en el pueblo: el abuso sexual de una menor. Esta breve introducción resulta necesaria para entender la importancia de que una institución como la AMPAS (academia de artes y ciencias cinematográficas) premie a una figura tan controversial, poniendo en juego su prestigio. Pero todo el debate se reduce abruptamente cuando cualquiera ve su película. En ese punto uno piensa en cuán positivo es que una institución dedicada a reconocer lo mejor de las artes audiovisuales efectivamente lo haga. La Justicia, por su parte, tiene su función; la Academia, la suya. Probablemente se trate de uno de los reconocimientos más oportunos y justos: a dos décadas y media del abuso, con más de cuatro décadas de trayectoria y, sobre todo, con uno de los mejores trabajos de dirección en la historia del cine.

Las artes europeas han hecho lo suyo para identificar un piano de cola con la burguesía. De hecho, un año antes, Michael Haneke triunfaba en el Festival de Cannes con su fabulosa película La profesora de piano (La pianiste, 2001), aunque toda su filmografía parece estar dedicada a la crítica de la clase burguesa, en cuyas casas nunca falta este instrumento musical, ni los libros, ni el cinismo. Pero Wladyslaw Szpilman, el músico alrededor del que gira la producción dirigida por Polanski, poco tenía que ver con la burguesía polaca. Así, en ese piano, las imágenes que se condensaban eran otras: no las de un poder social incuestionable, sino más bien todo lo contrario. Imágenes asociadas con el horror de la ocupación nazi de Polonia, episodio que da origen a la segunda guerra mundial, y la humillación, persecución, coerción y asesinato de la comunidad judía. Ese piano significa ser libre, y en tiempos oscuros, también ser esclavos: es tocarlo para olvidar que afuera del salón hay gente que muere en las calles, pero también es no poder tocarlo para que los vecinos no sepan que hay un judío escondiéndose de los alemanes. Ese piano es Chopin, otro polaco que no suena en ninguna parte, que la sociedad no escucha porque lo tiene prohibido; también es Szpilman, trabajador de una radio cuyas instalaciones permanecieron largos años bajo los escombros de la destrucción total de Varsovia, y de la degradación tanto material como humana de la comunidad polaca.

Existen aquellos que dicen que la Academia reconoce a Polanski porque ama las historias de supervivencia. La última parte de esta aseveración es una gran verdad, y puede verificarse en antecedentes para nada remotos. Sin ir más lejos, la última triunfadora, 12 años de esclavitud (Twelve years a slave, 2013) es un retrato de un músico negro libre que es tomado por esclavo y maltratado de una manera atroz, y que, durante este tiempo, debe sobrevivir a la violencia que se yergue a su alrededor. El pianista es, en líneas generales, lo mismo: una historia de superación, de supervivencia, de una angustia contagiosa, de un alma benévola. Szpilman ve morir todo a su alrededor, y camina a través de un cementerio de cadáveres insepultos y putrefactos, aniquilados de formas tan crueles que cualquier otra cámara hubiera optado por no registrar. En los costados de aquellas caminatas, mientras la nieve hace más difícil permanecer de pie, están los edificios antes bombardeados, ahora de fachadas irreconocibles. La desesperanza hecha cine: una fotografía cenicienta y el rostro derrotado de Adrien Brody en la mejor actuación de su carrera hacen el resto.

Seccionada en tres partes, la primera hora es brutal: la explosión en la estación radiofónica irrumpe en la sospechosa tranquilidad del lugar, y en la paz que el espectador puede llegar a mantener durante los primeros minutos de cualquier película. Le siguen episodios donde la masacre es explícita, muchos increíbles, que sirven como breves testimonios de otras realidades circundantes al pianista. La segunda hora, que corresponde al progresivo debilitamiento de las fuerzas alemanas, se enfoca en algunas revueltas de la resistencia judía, en la soledad de Szpilman tras la desaparición física de sus conocidos, y en el juego de gato y ratón que establece con los alemanes. El resto, es un epílogo inolvidable, uno de los momentos más discutidos y recordados de la cultura cinematográfica. Sin ahondar en detalles, en este punto la magia del piano hace estremecer hasta los cuerpos que la nieve impía se encargó de cubrir. Lo demás, es un conjunto de sensaciones que generan Brody, Polanski, Chopin, esos dedos anónimos que ejecutan algunas piezas, y que hablan por sí solas. Uno de los grandes chistes del cine tiene varios años de edad: se trata de lo difícil que resulta definir qué es o qué hace un director. Si en el Kodak Theatre todavía conservan esa duda, que le pregunten a Polanski.