sábado, 16 de agosto de 2014

Se levanta el viento.



Crítica.
Se levanta el viento, H. Miyazaki (2013).


Un verso de Valéry perdido en la genialidad de su cementerio marino es el preludio de un viaje a través de la historia japonesa durante las décadas anteriores a la segunda guerra mundial: se levanta el viento, hay que tratar de vivir, palabras siempre alentadoras en tiempos difíciles. En ellas se oculta el secreto de esta gran obra de Miyazaki; para muchos, la última de una filmografía monumental, que incluye tesoros invaluables como El viaje de Chihiro (Sen to Chihiro no kamikakushi, 2001) y Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro, 1988). Si se retira este gran maestro, comparado por algunos críticos con Walt Disney (totalmente discutible), ya es otro tema: más de un artista se ha retirado antes de volver al ruedo. Y al margen de los deseos de que su cine se perpetúe, o de que las noticias del cierre del Estudio Ghibli sean solo rumores, no cabe duda alguna de que El viento se levanta es, como culminación de una era cinematográfica, una obra necesaria.

Jiro Horikoshi es uno de los grandes demonios para la cultura estadounidense, por haber sido responsable del diseño del avión que bombardeó Pearl Harbor en 1941. Este episodio bélico, cargado de un nacionalismo que trasciende la gran pantalla, puede herir algunas susceptibilidades occidentales. Muchos culpan al epílogo por la derrota contra la obra de Disney Frozen (2013) en la última edición de los premios Oscar. Sea como sea, es este cierre una referencia histórica más de las tantas que utiliza El viento se levanta para su trama, mucho más profunda que una lucha entre los aviones con los soles nacientes adornando sus alas y los enemigos. Tomando la gran frase que Lancaster Dodd, el personaje de El maestro (The master, 2012) que interpreta el inmortal Philip Seymour Hoffman, Jiro Horikoshi es un ingeniero, diseñador de aviones, soñador, enamoradizo, pero sobre todo es un hombre. Y su condición humana, su voluntad de vivir, sus determinaciones, hallan en el verso de Valéry un eco ensordecedor.

Esta gran producción animada se balancea entre la realidad y la fantasía. Desde pequeño, Jiro Horikoshi aspira a volar bien alto; sin embargo, sus problemas en la vista se lo impiden. Sin dejar que esto lo desanime, intenta encontrar en los sueños un camino alternativo. Y los sueños, como buenos amigos del hombre, se lo revelan. Es así, que lo guían hacia la consagración. Caproni, su mentor, su ídolo, se expresa desde aquellas distracciones y siestas, se comunica con él. Y el brioso joven, ferozmente predispuesto a alcanzar sus metas, no hace más que dejarse conducir por su energía interior, por su ambición de grandeza. El despertar muchas veces no ofrece los mejores paisajes, pero sin lugar a dudas ofrece oportunidades para dibujarlos sobre la llanura de un papel en blanco. El resto, es historia: acontecimientos traumáticos que agitaron a la sociedad japonesa, como la desesperación que generó una economía estancada, o un intenso sismo, luego la guerra chino-japonesa y la entrada de Japón en la segunda guerra mundial, son, pues, ni más ni menos que eso: pequeños trazos de historia. Y Jiro Horikoshi, otro personaje digno de destacar.


La animación de Miyazaki es, como de costumbre, maravillosa. En este caso, se distancia de la mitología que caracteriza algunos de sus más laureados trabajos en el cine, y presta particular atención a sus seres humanos, a los que respeta más que nunca. Ya no son las imágenes, solamente, las que hipnotizan a la audiencia: ahora están aquellos ojos bañados en lágrimas, que no exigen ser comprendidos y solo anhelan lo mejor a lo que pueden llegar en la vida. El amor, en su forma más pura, aun cuando en apariencia sea egoísta: ¿lo es, acaso, cuando un doloroso acuerdo entre dos los estrecha de las manos durante una larga noche de pasión, sin un solo roce más que el de las palmas húmedas? La enfermedad, enemiga de la felicidad, no es un obstáculo para vivir. Y es llamativo que una frase que encabeza una obra, ya sea literaria o cinematográfica, tenga tanto sentido para desentrañar un mensaje que, a pesar de todo, es mucho más sencillo de lo que aparenta. El carpe diem en clave valeriana, puede decirse. Luego, una audiencia dividida entre los que no entienden nada, entre los que comprenden la frase pero no la entienden realmente, o entre los que han entendido a Valéry, a Miyazaki, y han dejado que sus ojos también se contagien de las lágrimas de una mujer dispuesta a vivir cuando el viento de la enfermedad la arrastra por los sinuosos senderos de la agonía. Por lo general, esas frases que encabezan son puro capricho, pero este indudablemente no es el caso. Entre las limitaciones de la tierra y la grandeza del cielo, los aviones son como los amores: atraviesan el cielo un rato, luego se marchan a alguna parte, pero eternamente queda la estela del recuerdo. La melancolía hecha cine, hecha ensoñación y pura elegancia: cuesta pensar en un Miyazaki más sólido que este, atreviéndose a hablar sobre las pasiones con un lenguaje técnico, y a hablar de los aviones con el romanticismo que exuda un joven soñador. 

Puntuación: 8/10 (Muy buena)