jueves, 15 de enero de 2015

Corazones de hierro.




Crítica.

Corazones de hierro (Fury).
Dir.: David Ayer.
Año: 2014.



Las películas americanas que tratan temas políticos suelen ser criticadas por la imagen que ofrecen de los Estados Unidos. Por eso siempre se dice que el cine bélico estadounidense es, ante todo, estadounidense. Y eso implica muchas cosas, fundamentalmente que su discurso está atado a la imagen de potencia mundial, de nación heroica, de ejército cuyos crímenes se justifican por la eterna farsa de la defensa propia. Esta crítica es habitual y, en muchos casos, injusta. Lo que debe criticárseles no es su nacionalismo: después de todo, una de las funciones del cine es enteramente política (recordemos la propaganda nazi por un momento). Lo que debe criticárseles, en realidad, es el nacionalismo solo cuando sirve como pantalla para ocultar otras cosas. Lo nacionalista debe ser solo una intención discursiva, pero la película tiene que funcionar por sí sola, independientemente de lo político.

Y Corazones de hierro es una de esas películas que recuerda al espectador por qué Estados Unidos está en el lugar privilegiado en el que está a nivel mundial. Ambientada en el final de la segunda guerra mundial, se aproxima con su cámara nerviosa al Fury, un tanque de guerra del que es responsable un grupo de soldados, que incluye a Brad Pitt en su papel de líder indiscutido con su peculiar tono de voz, a Shia LaBeouf como un creyente que cada tanto recita un versículo de la Biblia, y a Logan Lerman, un joven que no quiere estar allí, que mucho menos quiere apretar el gatillo y que, sin embargo, se convierte en algo similar a una máquina de matar. Todos ellos y algunos otros son las manos que manejan el Fury, con el que ejecutan nazis. 

Cualquier similitud con Bastardos sin gloria es pura coincidencia. Lo cierto es que el ejército alemán estaba muerto en vida y, en ese hilo de vitalidad, todavía daba algo de batalla. Corazones de hierro es eso: la lucha entre un triunfal ejército americano ya convertido en la primera potencia mundial y un derrotado ejército nazi que, acabado el Führer, no tiene demasiado que hacer. De cualquier modo, no todo es pan comido como puede parecer a primera vista: la película, luego de insistir en la miseria, la desesperación (la muerte, el horror y el suicidio) y luego de dejar en claro cuál es el puesto que le corresponde a cada personaje en la narración (el cobarde, el padre, el virtuoso, el violento), se embarca en una odisea impresionante de casi cuarenta minutos, donde el infortunio pone en jaque al Fury, varado en medio de la nada, averiado, mientras se oyen a lo lejos los rumores de un ejército alemán tan vencido como furioso. Quizá por ese maravilloso acto final, o quizá por comprender tan bien cómo funcionan las guerras (y cómo funciona el cine bélico), es que la brillante dirección de David Ayer, el trabajo en la fotografía y con el sonido, así como la performance arrolladora de un elenco admirable, se ponen al servicio de un guión con grietas que, al final de día, poco perjudican el trabajo final de Corazones de hierro, una notable película americana de guerra con todas las letras que no se deja eclipsar por su propio nacionalismo. 

Puntuación: 7/10 (Notable)