sábado, 24 de enero de 2015

El francotirador.



Crítica.

El francotirador (American sniper).
Dir.: Clint Eastwood.
Año: 2014.


Clint Eastwood tiene 84 años de edad, un nombre, una carrera impresionante, varias estanterías repletas de estatuillas doradas y un buen puñado de títulos que quitan el aliento, como Bird, Río místico, Cartas desde Iwo Jima o Gran Torino. Uno de los maestros del cine estadounidense, con altibajos, naturalmente, pero que ha logrado ganarse un lugar en la memoria de todos. Dos de sus películas, Los imperdonables y Million dollar baby se llevaron el premio Oscar y se convirtieron en clásicos instantáneos. Eastwood decidió retirarse de la actuación tras la mejor interpretación de su carrera en Gran Torino, aunque al parecer se arrepintió y se puso bajo las órdenes de Robert Lorenz, habitual colaborador suyo, en un mediocre drama deportivo, Curvas de la vida. Luego del estreno de Invictus, otro drama deportivo que aprovechaba la oportunidad para hablar sobre Nelson Mandela, muchos críticos y parte de su público comenzaron a pensar que ya era hora del retiro. ¿Para qué más? El director ha probado suerte en casi todos los géneros cinematográficos posibles saliendo bien parado en todos y, a una cierta edad, el virtuosismo, la mirada precisa y otras virtudes pueden comenzar a desaparecer. 

Más allá de la vida, un drama sobrenatural con tsunami incluido que habla sobre las creencias en lo que hay del otro lado de la existencia humana, fue básicamente un desastre. J. Edgar, un biográfico político sobre J. Edgar Hoover, y que ponía un delicado énfasis en su homosexualidad, fue incluso peor. Las esperanzas de recuperar al gran maestro iban desvaneciéndose poco a poco. Tras casi tres años inactivo, reapareció en el 2014 con dos títulos a estrenarse. El primero de ellos, fuera de temporada, fue Jersey boys, una mezcla de biográfico, musical y cine de mafia traída de Broadway a la gran pantalla con una fuerza que se echaba de menos, sin lugar a dudas. Y sin ser una rotunda obra maestra, sirvió como prólogo de la reaparición definitiva del sucio Harry. En temporada de premios, con un estreno estratégico en los Estados Unidos, llegó El francotirador, una película bélica ambientada en la guerra con Iraq. Volvía Eastwood a ese género complicado y fascinante que tan bien comprendió, y que le ayudó a rodar, ocho años antes, ese enorme díptico conformado por La conquista del honor y Cartas desde Iwo Jima, que en conjunto podrían ser sin problemas su mejor trabajo en más de cuatro décadas. 

El mayor inconveniente del género bélico o político, como se ha dicho recientemente en este mismo sitio a propósito del estreno de Corazones de hierro, es que el tinte nacionalista o propagandista de muchas obras pueden opacar los logros artísticos. Ese es un problema grave. Más sabiendo que, cuando se habla de una guerra, es difícil no tomar una postura: anti-belicista o belicista, a favor o en contra de Oriente Medio, a favor o en contra de la fabricación de armas, etc, y mucho más difícil es filmar una película en Estados Unidos, sobre Estados Unidos, financiada por productoras de Estados Unidos, que no ofrezca un discurso a favor de los Estados Unidos. Lo más osado a lo que pueden aspirar las películas en esas condiciones son a una delicada ambigüedad, que le valió a Kathryn Bigelow con La noche más oscura una cómoda choza en el Olimpo del género. Y luego está Clint Eastwood, más allá del bien y del mal, habiendo recuperado las fuerzas y mostrándose eterno, recargado de energía y de buen pulso. Eastwood, el patriota, es uno de los cineastas que más ama a los Estados Unidos: esto excede cualquier rótulo ideológico, cualquier atracción por un partido político u otro, o cualquier simpatía (o antipatía) por la gestión que lleva adelante Obama actualmente, quien por supuesto eligió a Boyhood como su película favorita del 2014 (una obra cuya familia protagonista se declara patriota, clavando en el patio delantero de todas las casas un cartelito con la cara del actual presidente estadounidense antes de las elecciones) y no El francotirador, de Eastwood, una suerte de enemigo público. Pero el amor por la bandera está siempre, incluso en los posters. Y eso se nota. 

El francotirador narra los logros de Chris Kyle, el hombre más letal de los Estados Unidos, un texano que se sintió invadido tras los atentados del 11 de septiembre y que se sintió convocado. Con esa fuerza interior controlando sus movimientos, dejó a su mujer embarazada en casa, preocupada pero dispuesta a esperarlo, y se embarcó en una serie de misiones en Iraq, enfocadas en perseguir y matar a uno de sus líderes. Dos francotiradores enfrentados, un duelo, una venganza personal y todos los cuerpos, asesinos, héroes, mártires, que quedaron arrojados en el medio de la nada. La película tiene objetivos políticos claros y una valentía impresionante. Si hoy hablábamos de las ambigüedades, acá son pocas. No opera tanto la ambigüedad como, en definitiva, la posibilidad de que los espectadores la sientan y la vean de distintas formas. ¿Héroe o asesino? ¿Hombre o máquina? ¿Guerra absurda o necesaria? Eastwood grita todas las respuestas con una convicción feroz, con los pies sobre la tierra, a conciencia, sin temblores ni grandes agitaciones. Servida la controversia (¡y qué controversia!), El francotirador abre discusiones políticas en todos lados. Yo no creo en Clint Eastwood como un propagandista, sino como un hombre ocupado y preocupado, que dirige y opina. Es una obra muy personal y se nota. La adoración hacia Kyle es evidente hasta en sus créditos finales. Su creencia en la guerra como un mal necesario es notoria: los sangrientos combates en Oriente Medio no son buenos para nadie pero, si se trata de defender al pueblo, se defiende sin titubeos. Eso convierte a Kyle en un héroe bajo los ojos de Eastwood, bañados en lágrimas, respeto y admiración. 

En cuanto al trabajo estrictamente cinematográfico, El francotirador puede verse altamente perjudicada por el síndrome comparatista, algo que los críticos no podemos evitar, pero que intentamos a diario. Ya sea con aquella sombría obra de Cimino, que en Argentina se llamó exactamente igual, o con Cartas desde Iwo Jima, o con el cine de Bigelow (Vivir al límite es sobre un hombre que desactiva bombas en Oriente Medio, que ha batido un récord haciéndolo, y que ama la guerra por sobre todas las cosas; La noche más oscura describe el operativo que dio muerte a Bin Laden), desgraciadamente Eastwood pierde en todos estos frentes. Como cine bélico es bastante convencional, no tiene grandes momentos de tensión, se extiende en exceso, a veces se vuelve redundante. Técnicamente es avasallante. Por primera vez desaparece ese tono sentimental (al ritmo de un piano que marca el nombre de Eastwood a fuego como sobre ganado), es mucho más fría y violenta. Y está Bradley Cooper, esa estrella en ascenso que acá está simplemente sensacional: una personificación altamente creíble en casi todos los sentidos. Tiene cierta complejidad emocional, sobre todo en los rasgos de paranoia, de violencia repentina o en esos momentos en que está presente pero, a la vez, parece ausente: pero una complejidad leve, ya que su venganza y sus reacciones son más o menos comprensibles. 

Lo que deja El francotirador es una extraña sensación de que pudo ser una obra mucho mejor. Supone un regreso de Clint al panorama cinematográfico. La Academia de Hollywood recompensó sus esfuerzos con seis nominaciones al Oscar que incluyen una candidatura a la mejor película del año. No es poca cosa. Cuando un cineasta es capaz de dominar la técnica (eso nadie lo duda, a pesar de las falencias de la obra), de sorprender (la escena de la tormenta de arena) y de gritar (una opinión, un sentimiento guardado de furia e impotencia), películas así se agradecen. Porque se necesitan directores así, que se arriesguen a ofrecer un gran discurso, pero siempre recordando que ningún discurso vale nada si no forma parte de un proyecto más grande, como claramente lo es este retorno del enorme Clint Eastwood. 

Puntuación: 6/10 (Buena)

1 comentario:

Esteban dijo...

Como fan del cine me declaro decepcionado, como fanático de Eastwood más aún. Para mi esta película es una tomadura de pelo, indigna de cualquier tipo de nominación.

Ambigua hasta llegar a ser molesta. Pinta en un inicio de crítica y acaba siendo un panfleto nacionalista. Destacable sin duda el aspecto técnico y todas las escenas en terreno pero en lo referido al argumento, ni pies ni cabeza. Eastwood no está fino, no queda en ningún momento claro hacia donde quiere ir y la guinda del pastel es Bradley Cooper, un tipo que no es capaz de darle el giro dramático que el personaje requería.

Malísima, 4 para mi.

Saludos!
Esteban
http://politocine.blogspot.com