sábado, 31 de enero de 2015

El gran hotel Budapest.




Crítica.


El gran hotel Budapest (The grand Budapest hotel)
Dir.: Wes Anderson.
Año: 2014.


Hace aproximadamente cinco años, algunos cines (desgraciadamente no todos) estrenaron la que sin ninguna duda es la mejor película de Wes Anderson: Fantástico Sr. Zorro. Cuando eso ocurrió, pensé que tal vez era hora de dar vuelta esas páginas oscuras que figurativamente he escrito en contra de un director cuyo cine siempre ha sido poco más que una gran estupidez. Pero llegó Un reino bajo la luna, una especie de comedia romántica sobre niños que se fugan y que no vale ni un centavo. La hipótesis que estaba más a mi alcance era, finalmente, que esa joya de la animación fue un golpe de suerte. Lo que hacía falta era un guión con una madurez suficiente que estuviera a la altura de sus (innegables) capacidades como director. 

Tal vez no fuera un golpe de suerte después de todo. El gran hotel Budapest, su siguiente y más reciente film, es todo lo que Anderson siempre quiso ser y todo lo que quiso alcanzar desde sus primeros trabajos. Se trata de un guión que tiene ingenio a toneladas, una gran trama central de aventuras, una brillante galería de personajes y narraciones incrustadas que, como las muñecas rusas, parecen no acabarse nunca. Los formatos de la pantalla van variando conforme se abandona una narración por otra, pequeña sutileza que se convierte en una expresión magnífica de originalidad, mucho más radical que en Jauja (4:3 sostenido). Esta montaña rusa de colores pastel es un sueño hecho realidad, una delicia en el sentido más literal que el cine permite rozar. A diferencia de sus obras anteriores, no es una película tonta que finge ser seria, sino una película verdaderamente seria que constantemente finge ser algo mucho más ligero (o tonto, en algunas ocasiones). 

Luego está la cuestión de la época: su narración más profunda (el relato dentro del relato dentro del relato) transcurre en la década de 1930 en una república inventada que podría ser cualquiera de las que fueron ocupadas por gobiernos totalitarios. Pero difícilmente pueda afirmarse con absoluta seguridad que El gran hotel Budapest sea estrictamente una película de época; es, en todo caso, una especie de fantasía completamente atemporal y universal sobre las posibilidades del relato y, ante todo, sobre el amor. Sea como sea, una puesta en escena impresionante, cuidada hasta el más mínimo detalle, es la primera de las tantísimas cosas que hace de la película una cita obligada para los espectadores que aman el buen cine. 

Mención aparte merece el elenco, de un sinnúmero de grandes figuras de Hollywood (e incluso del más prestigioso cine europeo actual), que incluye a Ralph Fiennes, Tilda Swinton, Bill Murray, Edward Norton, Owen Wilson, Saoirse Ronan, Mathieu Amalric, Lea Seydoux, F. Murray Abraham, Jude Law, Tom Wilkinson, Harvey Keitel, Karl Markovics, Jeff Goldblum, Willem Dafoe, Adrien Brody y Jason Schwartzmann, sumándose a ellos un debutante Tony Revolori en una actuación lo suficientemente buena como para merecer que se lo nombre. Todos, desde los más a los menos importantes personajes, inundan la pantalla con la fuerza de las grandes estrellas. Muchos de ellos son habituales colaboradores de Anderson, y se agradece que sean tenidos en cuenta. A Fiennes, que es de los no-habituales colaboradores, le ha dado su mejor personaje desde El paciente inglés, una película de Anthony Minghella que tiene casi dos décadas de antigüedad. Él encarna al conserje de un pintoresco hotel en Europa del Este, con un estilo caballeresco, sumamente atento (incluso a las necesidades sexuales de sus clientas más veteranas), que hereda una pintura invaluable de una de estas, con quien había entablado una amistad con derecho a roce. Este misterioso asesinato, sumado al cuestionado testamento que le ha legado semejante obra de arte al conserje, desata la ira de sus familiares. Entonces decide, junto al botones del hotel, robar ese cuadro (que aparentemente le pertenece, según la última voluntad de la difunta, aunque todavía está en fase de investigación y discusión dadas las circunstancias), convirtiéndose en prófugo de la justicia y de un investigador particular poco ortodoxo contratado por los familiares, un espectacular Willem Dafoe. 

Este relato narrado por F. Murray Abraham, que encarna al compañero de aventuras del conserje (cuando ya ha llegado a anciano) es además una lección de historia de la Europa de entreguerras. A pesar de los rumores de conflictos bélicos, o de las referencias al nazismo (el hotel adornado de banderitas coloridas con la inscripción ZZ en ellas), la obra nunca pierde el tono ácido y humorístico que caracteriza a Wes Anderson, conservando como contraparte un tono nostálgico que recuperan el narrador y Jude Law acerca de un tiempo que ya fue, y que no solo tuvo bombardeos sino amor. Todos estos relatos encerrados unos en otros con un ritmo vertiginoso que no ofrece respiro, ni un solo minuto de silencio, ni una sola pausa. Pocas películas están tan obsesionadas por el movimiento (de la cámara, de los personajes, de los acontecimientos), y esta es una de ellas, que sabe de antemano que la audiencia se aburre fácil hoy día, y que si el ritmo apenas decae, puede ser fatal para la imagen que esta se haga del producto cinematográfico global. El trabajo de montaje es de otro mundo, de excelencia total, con una velocidad que recuerda a La guerre est déclarée o Slumdog millionaire, pero mucho más extremo. 

Una película imperfecta y absolutamente desmesurada, donde reinan la hipérbole y el absurdo, donde priman los aciertos, y casi se olvidan los pequeños errores o momentos sospechosos (el cierre del relato de F. Murray Abraham y la justificación de por qué conserva el hotel, con un tono trágico que no es demasiado compatible con el resto; las insoportables interrupciones del niño a Tom Wilkinson). La belleza del cine de Wes Anderson a veces puede disimular grandes errores, como ocurre en tres cuartos de su filmografía, comenzando por la espantosa Viaje a Darjeeling, pero acá no hay nada que camuflar: aun así, su belleza todavía deja ciego y sordo a más de uno, y cuando se la ve por primera vez, uno se deja llevar por ese viaje a lo más profundo del género de aventuras, hoy en extinción. Aplaudo una osadía de estas características y deseo fervientemente que el próximo trabajo de Wes Anderson sea la mitad de bueno de lo que fue la inolvidable El gran hotel Budapest

Puntuación: 8/10 (Muy buena)