jueves, 22 de enero de 2015

Whiplash: música y obsesión.




Crítica.

Whiplash.
Dir.: Damien Chazelle.
Año: 2014.



Uno de los grandes acontecimientos cinematográficos de esta temporada fue el estreno en los Estados Unidos y en numerosos países hispanohablantes a los que hoy se suma la Argentina de la película Whiplash: música y obsesión, escrita y dirigida por un joven y novato cineasta, Damien Chazelle. Desde su estreno en el Festival de Sundance a inicios del 2014, en el que conquistó tanto al jurado como al público (llevándose los dos premios más importantes otorgados), la obra no ha dejado de generar altas expectativas, de cosechar encantadoras reseñas y de ser comentada entre los pequeños círculos de cinéfilos que hoy pueden contentarse con su nominación al Oscar en la categoría de mejor película, o con cualquiera de las otras nominaciones que ha recibido. Es llamativo lo que ha generado porque, año tras año, son muy pocas las obras que concilian jurado, crítica y público. Probablemente Slumdog millionaire sea el ejemplo paradigmático de un drama triunfal y arrasador, el último que ha parido el cine internacional, con un pie en Bollywood y un pie en Hollywood. Dicho esto, cuando se estrena una obra de estas características, hay que estar atento y tratar de comprender a fondo por qué el público reacciona casi unánimemente. ¿A qué se debe su éxito? Y luego de ver Whiplash: música y obsesión, uno puede tomar el tintero y redactar numerosas teorías que se aproximen a una comprensión del fenómeno que, por lo general, peca de superficial. Porque las mejores teorías se hacen pedazos en la sala oscura, donde cualquier cosa puede ocurrir, hasta lo más improbable. Sin intentar hallar una respuesta unívoca al interrogante antes planteado, nunca está de más reflexionar acerca de las virtudes y los defectos de una obra que, a pesar de todos los pomposos adjetivos que ha recibido por parte de la crítica, no es perfecta. 

En primer lugar, está la casi violenta relación entre un maestro y un estudiante. En Whiplash... esta relación se teje en un entorno mucho más formal, como lo es un prestigioso conservatorio de música. Pero siendo honestos, ¿este vínculo no se ha visto millones de veces en el cine bélico? Muchos admiran los primeros cuarenta minutos de la obra de Stanley Kubrick titulada Nacido para matar, que narra en líneas generales cómo un sargento quiere formar un ejército lo suficientemente sólido como para no ser humillado en Vietnam. Una enorme mayoría de los que adoran esta gran obra defienden, sobre todo, ese gran prefacio de la guerra: o sea, cómo un sargento insulta, degrada física y psíquicamente a los reclutas hasta el cansancio, o hasta hacerlos estallar. Y no es para culparlos, porque realmente es lo más interesante de la película. Están los hombres que quieren la perfección a toda costa, y los jóvenes aprendices que, quizá, no estén preparados para la gloria ni para ese tipo de exigencia. Whiplash: música y obsesión es similar, y la originalidad que la crítica le atribuye consiste en convertir una guerra real en una guerra de egos, y transformar el entorno bélico en otro mucho menos sucio y más refinado.

Hay algo que se le ha destacado al filme, y es precisamente su libreto, que es una reformulación in extenso del cortometraje homónimo que aborda las mismas cuestiones pero de manera sintética. ¿Qué tiene de novedoso su libreto? Absolutamente nada, en verdad. Quizá la brillante idea de mezclar la guerra y el jazz. O de hacer que no solo el protagonista, Andrew Neyman, entre en tensión con su profesor, sino también con otros miembros del conjunto musical al que pertenece (o con su entorno más íntimo, como esa novia que entra y sale de escena sin sumar ni restar, amenazando convertir a Whiplash: música y obsesión en un drama excelente como Red social, cosa que finalmente no ocurre). En Cisne negro veíamos como una mujer estaba desesperada por la perfección, hasta sufrir un trastorno que le arrebata de plano sus facultades mentales. En ese sinuoso camino a la perfección ansiada, está dispuesta a todo, a besar al director de la adaptación de El lago de los cisnes, a sufrir y destrozarse las uñas de los pies, e incluso a volverse ese cisne negro, perverso y retorcido, en una extraña metamorfosis psicofísica de la que ya se ha hablado en su momento. Pero a lo que se quiere apuntar en estas líneas es que históricamente la guerra de egos en el mundo de la fama o el arte ha sido casi un subgénero del drama: desde All about Eve hasta Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar, en la que Cecilia Roth, asistente de Marisa Paredes, aprovecha la desgracia de una actriz en escena para tomar su lugar, ya que conoce los parlamentos a la perfección. Cualquier similitud con la escena en que Neyman extravía las partituras del baterista principal, tras lo que lo suplanta ya que dice conocerlas de memoria, es pura coincidencia. Nada que agregar en este sentido. Casi todo el segundo acto de la película es convencional y previsible, cuando no hiperbólico.

También se le ha destacado el montaje, el acabado final, que es por cierto muy bueno. Logra una narración fluida con un estupendo manejo de los tiempos, una brillante combinación de sonido e imagen y una notable secuenciación. Extraño es que en la primera escena haya un grave error de continuidad sobre un objeto explícitamente referido por los personajes, como lo es la chaqueta del profesor, que olvida colgada. No se trata de cualquier objeto sin importancia, sino de uno muy importante, que explica el reingreso de Fletcher, el cínico profesor y director de orquesta, al sitio donde Newman practica con tanto esfuerzo. Y por supuesto, está el gran trabajo de dirección de Chazelle, que se esforzó al máximo en menos de veinte días de rodaje para sacarles el jugo a los dos actores protagonistas. Primero está J. K. Simmons, el hombre que busca la perfección de sus alumnos a costa de volverlos locos, depresivos o suicidas, cuyos métodos son tan cuestionables como, en última instancia, efectivos. Ese hombre que grita como cualquier actor de Hollywood podría hacerlo hoy en día, pero con una sensibilidad y una credibilidad que pocos tienen. Algunos dirán que Simmons da miedo, cosa que se deduce de las dos escenas en que los alumnos se ponen inmediatamente de pie cuando él entra al salón. Pero es un personaje respetable, intenso y bastante comprensible. Luego está Miles Teller, un joven que se ha hecho famoso por Divergente y que ha probado suerte en el mundo agrio del cine independiente, con algunos reconocimientos, pero muchos menos de los que en definitiva merece por esta película. El joven es el alma de Whiplash: música y obsesión, un carismático baterista que se desangra por esa perfección que todos quieren alcanzar, que interpreta lo que toca y que se entrega en pantalla. Un dúo impresionante que realza la labor de Chazelle como director de actores. Hay un respetable manejo de las cámaras, a pesar del abuso de primeros planos del platillo ensangrentado o de las orejas, el mentón, la espalda o el rostro de Andrew Neyman goteando sudor y lágrimas. Hace que uno exclame: "está bien, ya entendimos que la sangre, el sudor y las lágrimas son el costo de la perfección en la batería, es suficiente".

¿Entonces cómo explicar semejante fenómeno? Es algo extremadamente complejo. Pero como se ha dicho, se trata de cosas que se resuelven entre las butacas del cine. Es cierto que una película como Whiplash... es bastante fácil, en el sentido de que tiene todo lo que al público le apasiona (gritos, sangre, música). Uno podría escuchar durante tres horas a J. K. Simmons inventando nuevos insultos para sus alumnos, abofeteándolos y denigrándolos hasta el fondo, porque es ciertamente apasionante y Chazelle lo entiende a la perfección: de ahí que haya creado alguna de las formas más originales de insultar. Tiene una estructura in crescendo que le juega a favor y un acto final que parece salido de otra película. Ni un error de montaje, ni una sola nota en falso, ni un solo convencionalismo, ni una gota de sensiblería: es el monstruo ya desatado, imposible de manipular, absolutamente imprevisible, sorprendente plano tras plano, que deja una impresión deliciosa e irresistible. Cierto es que una película no es solo un buen final, pero igual de cierto es que un mal final puede destruir una buena película, y del mismo modo ocurre con un gran final. A puro ruido, adrenalínico y apabullante, es un final excelente para una película no tan excelente, pero a pesar de todo bastante accesible y respetable en más de un sentido (principalmente por el lugar que le otorga a la música en la obra), que consigue lo que pretende desde un principio: complacer.

Puntuación: 6/10 (Buena)