viernes, 6 de febrero de 2015

La teoría del todo.




Crítica.

La teoría del todo (The theory of everything)
Dir.: James Marsh.
Año: 2014.



Antes de tropezar con ese bodrio religioso llamado Noé, a Darren Aronofsky le fascinaba la degeneración del cuerpo y de la mente. Así, todos sus personajes iban dejándose arrastrar hacia un final trágico e inevitable, y el camino era verdaderamente tortuoso. Desde un matemático que se vuelve loco, pasando por drogadictos que pierden control de sus acciones (y mucho más que eso), bailarinas esquizofrénicas, enfermas terminales que inspiran a sus hombres a buscar la eternidad, hasta luchadores que envejecen ferozmente al tiempo que no pueden admitir su decadencia. Hay una extraña fascinación de los hombres por la violenta caída de otros hombres, lo que explica por qué, pese a que nadie está exento de problemas graves de salud, existe un cine de enfermedades que cada vez alcanza cuotas más altas de realismo y, aunque sea difícil de creer, un mayor éxito. Pueden mencionarse fenómenos juveniles como Bajo la misma estrella, o un cine más maduro como Mi pie izquierdo, Cosas que importan, El club de los desahuciados, La escafandra y la mariposa o Seis sesiones de sexo. Todas distan varias decenas de kilómetros entre sí, por su tono, su temática y sus logros, pero pueden asociarse en un subgénero, el drama de enfermedades. 

Los intérpretes cumplen un rol fundamental en la reconstrucción de estos seres, reales o de ficción, completamente a la deriva. La actuación es de por sí una labor difícil, y este tipo de papeles suelen ser definitivos en una carrera. Primero, porque se requiere de osadía para interpretarlos; segundo, porque se requiere de talento. Daniel Day-Lewis, Meryl Streep, Matthew McConaughey, Mathieu Amalric, John Hawkes conforman un cuerpo de actuaciones inolvidables y al límite, en extremo verosímiles y aterradoras. Julianne Moore, interpretando a una profesora de lingüística que desarrolla prematuramente un tipo particular de Alzheimer en Still Alice, y el joven Eddie Redmayne, protagonista de La teoría del todo, son candidatos a sumarse a este listado. Interesa este último, ya que en los cines argentinos se estrena su película, un biográfico sobre Stephen Hawking dirigido por James Marsh. 

La adaptación cinematográfica de la historia de Stephen, escrita por su mujer, narra los años de juventud del cosmólogo, desde los inicios de su doctorado en física en Cambridge hasta que la detección de una enfermedad degenerativa, que eventualmente le impediría tener control sobre los movimientos de sus músculos, lo une durante largos años de matrimonio a Jane, esta esposa sacrificada que se hace cargo de él. La historia es sin dudas prometedora: introduce un melodrama con mayúsculas, de esos que normalmente punzan ese músculo oculto en algún lugar del torso femenino o de la vanidad masculina. Pero aunque las promesas estén hechas para cumplirse, la realidad es diferente, y La teoría del todo es un buen ejemplo.

El problema más grave de la película tiene que ver con qué es lo que se quiere contar. En este caso es difícil de definirlo. El punto de vista femenino del relato (se insiste en esto: la obra fue escrita por Jane Hawking) amaga con patear el balón hacia la portería del romance. Así se ve en las primeras escenas, que son las mejores en todo sentido: no se ha detectado ninguna enfermedad, hay un amor genuino, sin ataduras ni compromisos morales, y los escenarios brillantes, coloridos, esas ruinas circulares revestidas de un encanto magnético, son el telón de fondo de una historia de amor en sus fases iniciales. Luego llega el drama, y ese punto de vista romántico, deliberadamente dulzón, se pierde en las reiterativas disertaciones sobre el tiempo, en la tragedia sobre la inmovilidad y las dificultades para comunicarse con el entorno, y apenas se recupera, aunque no con la misma fuerza, en esos triángulos/cuadrángulos amorosos de infidelidad casi aprobada por ambas partes. 

El discurso, entre la medicina, la física y el amor, se queda atascado en las espirales de la confusión. Nadie sabe muy bien a qué apunta La teoría del todo, qué es lo que quiere decirle a la audiencia, hacia dónde se dirige el relato. La narración está puesta en piloto automático, no hay un discurso elaborado o estratégico, sino un despliegue de sucesos reales que se filman porque no queda otra opción. Lo único que amenaza con convertir la obra en algo realmente interesante es la dicotomía entre religión y ciencia, a veces con tintes humorísticos, a veces mucho más seria de lo que parece, pero por lo general dispersa: la conversión de Hawking hacia la fe en un posible dictador celestial (o cualquier eufemismo que pueda ocurrírsele al lector) está muy poco desarrollada, y la sugerencia más obvia, la de creer en dios porque sobrevivir es un milagro, ni siquiera aparece con la fuerza que debiera.

La magia de la música, de la colorida ambientación, intentan disimular algunas falencias graves, como la incapacidad absoluta de Felicity Jones para interpretar a Jane, los insoportables y repetidos acercamientos de la cámara a las manos temblorosas, a los pies torcidos o a la cabeza inclinada hacia los lados de Eddie Redmayne, o los errores de continuidad (la escena del dígalo con mímica, o la caminata en el baile del principio). Pero lo peor, además de sus problemas discursivos, está en su falta de pasión en todo lo que plantea. En definitiva, no es ni un apasionado romance, ni un apasionado drama de enfermedades, ni una apasionada anécdota sobre el tiempo y el espacio. Solo está ahí, en el horizonte de la sencillez, vencida por la desgana, aunque constantemente tratando de ser rescatada por el héroe de todo esto: ese extraordinario joven actor británico llamado Eddie Redmayne, que se carga la película sobre sus hombros, se apropia de ella y la maneja a gusto y placer. Con sus defectos y virtudes, aun siendo una película muy cuestionable, me resulta imposible no añadir a este muchacho a ese listado de grandes estrellas esbozado anteriormente. Una metamorfosis visceral, un ejercicio mimético gigantesco que clava una interpretación para la posteridad. Por desgracia, merecía una película que le hiciera justicia a su talento. 

Puntuación: 4/10 (Regular)