lunes, 30 de marzo de 2015

Attila Marcel.




Crítica.

Attila Marcel.
Dir.: Sylvain Chomet.
Año: 2013.


Sylvain Chomet es uno de esos representantes del séptimo arte que se toman su tiempo para rodar y, cuando lo hacen, inundan el cine de una magia pocas veces vista. Este gran director lleva dirigiendo casi dos décadas, pero cuenta con tan solo tres largometrajes. Los dos primeros trabajos son sin dificultad dos de las mejores películas animadas de la historia del cine: Las trillizas de Belleville y El ilusionista. El tercero es Attila Marcel, con el que se desplaza a la acción real, pero preservando intactos tanto sus excesos habituales como su indiscutible frescura como contador de historias. Además, insiste en seguir explorando los conflictos intergeneracionales, un motivo que viene repitiéndose desde su ópera prima, en la que una abuela intenta descubrir cuál es la pasión de su nieto. Attila Marcel promete un desarrollo similar, fundamentalmente centrado en la relación entre un joven músico y sus tías; no obstante, estas mujeres no pretenden descubrir la pasión del sobrino, sino más bien imponerle la suya: el piano. Su título es la primera de las tantas referencias artísticas, puesto que toma el nombre de una de las canciones que el mismo Chomet compuso para la banda sonora de Las trillizas de Belleville. Las razones de la elección son misteriosas, pero constituyen el primer síntoma de un libreto repleto de detalles deliberadamente dispuestos para ampliar las lecturas sobre la obra. 

La trama es relativamente sencilla: se centra en la cansina rutina diaria de un joven soltero de treinta y tantos, abandonado al mutismo y a la insoportable convivencia con dos tías que dictan cursos de danza y lo usan como musicalizador. El muchacho, al igual que su familia entera, tiene un talento natural para la música y para el piano, instrumento que toca anualmente en concursos de la juventud. Sin embargo, comprende que no es su pasión, y que está viviendo la vida de alguien más: guiado desde pequeño a convertirse en otro individuo por su entorno familiar, ha terminado delante de un desafinado piano de cola. Sus tías ganaron la pugna por el niño prodigio, mientras que este padece la infelicidad de una vida de alquiler (hay un oportuno número musical, "Ni l'un ni l'autre", de una belleza salvaje). Todo cambia cuando conoce a Madame Proust, una suerte de hippie decadente, de ambientalista desatada, de desequilibrada mental o de psicoanalista budista que le ofrece un servicio muy particular, que bien podría llamarse "servicio proustiano". Es una terapia que mezcla la hipnosis con el fenómeno de la memoria involuntaria, que quedó inmortalizado en alguno de los tomos de la extensa novela de Marcel Proust En busca del tiempo perdido. Este mecanismo busca rastrear recuerdos ocultos en el inconsciente y se activa con tres elementos: la música, el té de hierbas y una madeleine. Este último objeto, de tradición simbólica en la literatura, luego se desplazó a otras artes y, alterando su forma, ablandó en la gran pantalla del cine el alma de Anton Ego, crítico culinario de Ratatouille, víctima del efecto Proust que araña involuntariamente las rústicas paredes de su infranqueable memoria. El uso de la madeleine y el nombre del personaje, Mme. Proust, forman un par ordenado demasiado icónico como para ser simplemente una casualidad. 

Pero hay vida más allá de los flashbacks proustianos y de las referencias artísticas. También es mucho más que pura estética, ya que el uso de colores vivos, que amenaza con emparentarlo a las peores producciones de Jean-Pierre Jeunet (básicamente las que no hizo con Marc Caro), tiene propósitos mucho más nobles que la mera decoración, como puede verse en el uso de colores opuestos (azul/naranja) en la vestimenta del protagonista y sus tías para marcar un contraste. Todo esto está, y puede llegar a desviar la vista, pero hay mucho más. Sustancia emocional a raudales, grandes interpretaciones del cuarteto protagónico (el joven, la vecina y las tías), que son algo nuevo en la carrera de un director que siempre ha extraído de los actores sus voces y nunca sus gestos, sus movimientos, sus transformaciones (principalmente esa gran revelación del cine francés, Guillaume Gouix, con poca trayectoria en la actuación y la dirección, pero con una enorme fuerza que lo convierte en una promesa del cine francófono, tal como lo demostró en el notable drama de temática gay Hors les murs). También está la historia de fondo, que se mueve entre la comedia y el drama con mucha delicadeza, sin dejar que una eclipse a la otra. Este movimiento pendular la hace sorprendente y mucho más emocionante hacia el acto final, que gana en intensidad. Esa mezcla de patetismo, ridículo y fantasía se vuelve sobre el espectador haciéndolo vibrar emocionalmente, y sembrando en él algunos momentos inolvidables, números musicales insólitos, ocurrencias desopilantes, personajes brillantemente diseñados (atención a la tríada del sordo-mudo-ciego); recuerdos que, en definitiva, tardarán mucho tiempo en ser enterrados bajo la conciencia o la lucidez, como las grandes piezas artísticas que de vez en cuando el cine regala a su audiencia. Y si el tiempo o el deterioro los sepultaran, siempre quedarán las madeleines. 

Puntuación: 8/10 (Muy buena)