Atención: esta crítica contiene spoilers.
Crítica.
The neon demon (2016)
Dir.: Nicolas Winding Refn.
Hacer una defensa de la nueva película
de Nicolas Winding Refn luego del desprecio casi unánime que ha
suscitado desde su proyección en el Festival de Cannes es, ni más
ni menos, que nadar a contracorriente. Sin embargo, a veces vale la
pena hacer el esfuerzo, mojarse un poco el traje de crítico, tan
cómodo en su posición marginal (entiéndase: en los márgenes de la
creación artística) y muchas veces tan virulento y tajante en sus
juicios de valor. La propuesta del realizador danés merece
discusiones, todas las que sean necesarias para no dejar ninguna duda
de su calidad. Tampoco está de más volver a revisar el material
antes de vomitar adjetivos, de esos que tanta risa generan en los
suplementos de espectáculos de los periódicos o sitios web, pero
que no son más que adornos sintácticos que ocultan el desprecio de
gran parte de la crítica a toda su producción artística posterior a
Drive (2011), es decir, a toda obra de arte críptica,
intrincada, compleja. Muchos de los que conocieron a Refn lo hicieron
gracias a Drive, una película sencilla que, si bien es excelente en
casi todos los sentidos posibles, no alcanza el grado de osadía de
otros títulos pertenecientes a una filmografía que no ha tenido
reparos en referir lo escabroso, lo monstruoso, lo animal que tiene
el hombre, y que nunca ha pretendido hacer concesiones. Mucho menos
ha procurado hacer amistades dentro de la crítica especializada. Por
el contrario, ha seguido su propio camino, absolutamente coherente y
rico en contenido. Cuenta ya con una legión de fanáticos, pero uno
siente que este tipo de directores merece un reconocimiento mayor: no
necesariamente multitudinario, pero ciertamente más justo.
La película parte del lugar común
para trastocarlo por completo mediante la manifestación gradual del
elemento extraño. Su protagonista es una joven soñadora que busca
triunfar en la gran ciudad de Los Ángeles y que está dispuesta a
todo para conseguirlo. No hay una gran distancia entre Jesse, el
personaje que tan bien encarna Elle Fanning en The Neon Demon, y los
que han interpretado Elizabeth Berkley en Showgirls (P. Verhoeven,
1995), Naomi Watts en El camino de los sueños (D. Lynch, 2001) o
incluso Christina Aguilera en Noches de encanto (S. Antin, 2010), entre otros
tantos casos que podrían mencionarse. Son arribistas, mujeres
tímidas, cándidas e inmaculadas, con una mentalidad pueblerina, que
llegan a Los Ángeles, Las Vegas o cualquier ciudad que concentre el
espíritu del espectáculo (teatral, cinematográfico, etc.) y que se
introducen poco a poco a ese universo que les es ajeno, pero que de a
poco van convirtiendo en propio hasta dominarlo por completo, aun
cuando cueste sangre, sudor y lágrimas. El sacrificio está en
entregarse a la metamorfosis, del mismo modo en que el cisne blanco
se vuelve paulatinamente cisne negro en la laureada obra de Darren
Aronofsky, o del mismo modo en que lo hacen tantos otros personajes
en películas no tan similares, pero que comparten una misma lógica:
hasta Lindsay Lohan en Chicas pesadas (M. Waters, 2004) debe volverse
una “plástica” para encajar en ese mundo de adolescentes
malvadas y envidiosas.
Es el deseo de pertenecer el que obliga
al sujeto a adaptarse a la fuerza, alterando su propia forma, sus
valores y principios. Es un ritual de iniciación que tiene su
primera fase durante la fiesta en la que se lleva a cabo una práctica
sadomasoquista conocida como Shibari, que tiene su origen en la
tradición japonesa y que constituye una de las varias influencias
orientales que usa Nicolas Winding Refn. Hay algo de esa puesta en
escena que la seduce de inmediato. Mucho tiene que ver la
iluminación, que fragmenta la percepción que tiene de la
performance convirtiéndola en una cascada de fotografías iluminadas
por unas luces de neón intermitentes rojas y blancas. Llama la
atención que el nombre de dos elementos de vital importancia en el
desarrollo de la película como lo son las luces estroboscópicas y
las cuerdas deriven de términos que, al menos en apariencia,
compartirían la misma raíz en griego antiguo: στρόβος y
στρόφος,
respectivamente (raíz στροφ-, que remite a lo que da vueltas) .
Esto no quiere decir que exista necesariamente un parentesco entre
ambas, pero no puede dejarse pasar de ningún modo una curiosidad
semejante, menos aun teniendo en cuenta su articulación en una
escena como esta.
El
símbolo de la Trifuerza es otro de los elementos que también tiene
su origen en la cultura japonesa y que hace su aparición, junto a
las luces de neón, de una manera bastante curiosa: el triángulo
mayor está invertido, apunta hacia abajo. Las lecturas que pueden
hacerse de este episodio son innumerables, pero las más convincentes
parecen ser dos. Una sugiere que la inversión del triángulo mayor
supone una transformación radical de las tres fuerzas que encarna:
valor, sabiduría y poder. La otra posibilidad ubica a la
protagonista en una zona oscura, un “cuarto triángulo” que se
forma a partir de la unión de los otros tres, que lo rodean y que
amenazan con fagocitarlo. El diseño geométrico de ciertas escenas
(cuando los personajes interpretados por Jena Malone, Abbey Lee y
Bella Heathcote rodean a Jesse cerca de la piscina formando un
triángulo) no solo constituye un argumento en favor de la segunda
hipótesis, sino que además demuestra que la disposición de los
cuerpos no es arbitraria. Queda claro que el cine de Nicolas Winding
Refn, cuyo anterior largometraje, Sólo dios perdona (2013), estuvo
ambientado en Tailandia, tiene una fuerte influencia de lo oriental
que debe ser tenida en cuenta a la hora de emitir un juicio crítico,
ya que parte de la iconografía desplegada por el autor no pretende,
como sostienen algunos, satisfacer un capricho fundado en el deseo de
provocar al otro gratuitamente, sino que cobra sentidos diversos si
se la analiza como un entramado orgánico que halla su basamento en
cierta tradición cultural.
La
constelación simbólica es mucho más amplia y, en muchos casos,
bastante evidente como para reclamar algún tipo de explicación (por
ejemplo, el ritual de Jena Malone a la luz de la luna llena). Sí ha
dado mucho que hablar la súbita aparición de un peligroso felino en
la habitación de la protagonista y cabe detenerse en este aspecto,
pues se lo ha vinculado a una crítica fuerte al machismo de la
industria. Siempre está disponible la posibilidad de que Refn se
oponga al binarismo sexo-genérico, tan en boga por estos tiempos, y
que en algún punto ha venido trabajando en otras de sus películas:
el rol pasivo de las mujeres en Drive o la explotación y
prostitución de niñas por parte de sus propios familiares en Sólo
dios perdona. Está claro que un enunciado de este tipo no
escandalizaría a nadie. De hecho, no se está descubriendo nada
nuevo. La industria cinematográfica es machista y siempre lo ha sido
(aunque, por supuesto, Patricia Arquette y Meryl Streep pueden seguir
exigiendo más y mejores derechos). El universo del modelaje, en todo
caso, es diez veces más machista. El felino podría ser, entonces,
la alegoría de un machismo depredador. Pero no hay que perder de
vista que quienes terminan devorando la carne humana no son los
hombres, aunque les pese a las feministas. Esto tiene su eco en una
de las frases aparentemente más tontas de la película. Cuando las
cuatro muchachas tienen una conversación en el toilette sobre los
nombres de los tonos de lápiz labial, advirtiendo que muchos hacen
referencia a comida y otros a sexo, el personaje de Jena Malone le
pregunta a Jesse: are you food or are you sex? (“¿Eres
comida o eres sexo?”), algo que cualquier espectador, en un primer
visionado, pasa rápidamente por alto, dejándolo al margen y
restándole importancia. De alguna manera esto sirve para expresar
cómo un género y otro ve a Jesse, una muchacha de dieciséis años
que dice ser mayor de edad cuando todo el mundo sabe perfectamente
que es mentira: los hombres la ven a ella como a un objeto sexual
(cabe mencionar al personaje de Keanu Reeves y el ultraje que
presuntamente sufre otra de las jóvenes muchachas) y las mujeres la
ven a ella como alimento (antropofagia). Es una división que confina
al personaje de Jena Malone al terreno del hermafroditismo: se
abalanza sobre Jesse con la virilidad del felino que quiere poseerla
y, paralelamente, con la admiración y la envidia femenina de quien
quiere devorársela y regenerarse desde lo más hondo de sus
entrañas.
Ahí
radica, según lo dicho hasta el momento, la verdadera orientación
crítica de una “película satánica” como esta. Está hablando
claramente de la pederastia, sobre el deseo irrefrenable que, en
ocasiones, sienten hombres y mujeres por la carne fresca, que seduce
por su condición virginal e intacta. La belleza y la delgadez dejan
de ser los únicos parámetros que inciden en la selección de los
cuerpos y pasan a un segundo plano. La juventud, por su parte, se
convierte en el tesoro más preciado para los demás (modelos,
fotógrafos, agentes), puesto que es algo que, una vez que se pierde,
no se vuelve a recuperar. Al menos, no naturalmente. Las escenas que
remiten al canibalismo, que son completamente metafóricas, o a la
necrofilia, en el marco de una sesión de tanatoestética, no son las
que más ofenden, a pesar de su tratamiento no tan extendido dentro
del séptimo arte. La pedofilia sigue siendo el tema tabú por
excelencia y la gravedad del asunto radica en la trasposición de lo
ficcional (porque la película de Nicolas Winding Refn es, en
definitiva, ficción) a la realidad de la industria del espectáculo,
que fomenta (y ha fomentado históricamente) de diversas maneras la
explotación de menores de edad. Eso puede explicar, por ejemplo, el
cuidado que tiene el realizador a la hora de representar el culto al
cuerpo, sobre todo considerando que la intérprete protagonista era
menor de edad durante el rodaje del filme.
En
resumen, las formas de abordar una película como The neon demon son
variadas. En este caso se ha procurado priorizar un abordaje
simbólico como punto de partida para hallar explicaciones, al menos
tentativas, de todo aquello que la crítica considera una mera
sucesión de cosas sin sentido. El tono polémico de la obra llama a
la división de públicos tal como lo ha hecho con su anterior
película, que ha recibido aplausos y abucheos en partes iguales. El
gusto define el marcador en estos casos y, hay que decirlo, el nuevo
trabajo del director posiblemente sea el más desagradable
hasta la fecha. A pesar de esto, ha optado por una forma particular
de presentarlo, a través de una estética que ha sabido dominar
con comodidad y que lo vuelve paradójicamente atractivo. Hay
pulseadas constantes entre la fascinación y la repulsión, la
belleza y el asco, lo elevado y lo vulgar, lo realista y lo
surrealista. La técnica del contraste lo convierte en una rara avis,
porque explora las posibilidades de sumergirse a un terreno de una
oscuridad sofocante y encararlo desde la luz. Son estos pequeños
recursos, tan magníficamente utilizados, los que vuelven a The neon demon una
experiencia imperdible para cualquier cinéfilo. El debate está
servido y no estará exento de controversias. Pero el debate debe
tener lugar y debe ser intenso (tanto como la película en discusión
o más aun). De lo contrario, se corre el riesgo de sugerir cosas que claramente no son ciertas, tal como lo ha hecho parte de la crítica afirmando que Nicolas Winding Refn está
perdido y que no tiene idea de lo que hace. Si la labor
interpretativa del crítico sirve para demostrar lo contrario, o al
menos para proponer otras lecturas posibles que ratifican el empleo
deliberado de ciertos símbolos, entonces es una labor noble, y sólo
por eso vale la pena hacer el intento de explicar aquello que se
cuela: el elemento extraño.
Puntuación:
8/10 (Muy buena)



