Crítica.
El renacido (The revenant, 2015)
Dir.: Alejandro G. Iñárritu.
“Todos somos salvajes” (On est
tous des sauvages) es una aserción valiente y distintiva dentro
del cine sobre la conquista y que, del mismo modo que Lars von Trier
lo hacía con el “Werwolf” de Europa (1991), agudiza la mirada
sobre la crueldad humana. Las circunstancias son las mismas tanto en
la película de von Trier como en El renacido, la más reciente
producción del realizador mexicano Alejandro G. Iñárritu: en el
marco de un conflicto étnico, el terror se expande y la sociedad
busca depurarse. La distancia entre el antisemitismo del Werwolf y el
genocidio de las comunidades nativas en el continente americano es
mínima y apenas perceptible. No es casual que los cadáveres que
cuelgan en ambas producciones sostengan un cartel cuyas leyendas
exhiben una de las cualidades más extraordinarias del ser humano: el
arte de devorar al prójimo.
El discurso progresista de nuestros
días ha hecho estragos en la representación del genocidio contra las poblaciones amerindias,
llevándolo en muchos casos al más nocivo de los reduccionismos: un
maniqueísmo que se empeña en dividir a los hombres entre buenos y
malos. El renacido evita caer en la tentación y realiza una
operación fundamental que sirve como punto de partida: igualar a los
mortales (franceses, americanos blancos, americanos nativos) y
rebajarlos al infierno de la crueldad. Abordar el conflicto
intercultural con un tratamiento parejo (ya sea para defender lo
propio o para tomar lo ajeno, todos somos caníbales por naturaleza)
permite superarlo sin dificultad, dejar atrás el enfrentamiento
entre blancos y nativos para centrarse en la tragedia particular de
Hugh Glass, un expedicionario dedicado a la caza de animales y al
comercio de pieles que fue traicionado por algunos de sus compañeros
y enterrado vivo tras el brutal ataque de una osa que lo dejó
gravemente herido. Una traición que, a la manera del Conde de
Montecristo, solo puede resolverse con una venganza.
La gran protagonista de El renacido es
la naturaleza, voraz e imprevisible, tan atractiva en la superficie y
tan peligrosa cuando se la observa con mayor detenimiento. Es una
belleza cautivante pero quimérica, la versión más perfecta del
sueño americano que un prófugo como Glass podía concederse y el
manantial más prometedor para un ambicioso Fitzgerald, antagonista y
traidor. Luego está la decepción: la mansedumbre del pueblo nativo
es una anécdota mal contada o un chiste de mal gusto, y la
fraternidad de los hombres blancos es mucho más frágil de lo que
cualquier misántropo pudo imaginar alguna vez. El primer acto
introduce a la naturaleza vertiginosamente, con acción trepidante y
momentos que rozan el gore, para desencadenar en un tramo intermedio
donde reina la contemplación. Para ello, nadie mejor que Emmanuel
Lubezki, director de fotografía, captando con luz natural esos
escenarios paradisíacos manchados por la inmundicia de los hombres.
Una naturaleza desnuda, desprovista de Dios, que hiere y que sana,
que da y que quita, y que es capaz de transformar a los hombres que
son capaces de verla y oírla en su máximo esplendor, no solo en su
belleza, sino también en el dolor que puede infligir su
magnificencia.
Alejandro G. Iñárritu logra
transformar el libreto más sencillo con el que ha trabajado durante
su carrera en un agobiante ejercicio de estilo, de a ratos violento y
difícil de soportar, pero siempre consciente de las enormes
posibilidades de la representación. Definitivamente es una de las
obras más redondas desde el punto de vista técnico y las
condiciones en que fue rodada no hacen más que asignarle un valor
extra a la arriesgada labor del realizador. El renacido apela directo
a las entrañas del espectador, al sentimiento. Es por eso que su
apatía resulta tan llamativa: hay una tragedia terrible en esa
paternidad que se desgrana, pero la belleza de la naturaleza abruma,
es la que transmite emoción y sobre la que recae el interés del
drama. El acto final puede llegar a resultar más intrigante por el
“cómo se cuenta” y no tanto por el “qué sucede”: el
perfeccionismo arrasa con todo y, para fortuna de la audiencia, el
clímax final tiene una ejecución impecable. Si esperaba un final
épico a la altura de todo lo demás, El renacido no haría sino
colmar sus expectativas y aun más. Un punto de intersección
curioso entre dos grandes maestros de la dirección, el escenario
blanco y rojo en el que Alejandro G. Iñárritu y Quentin Tarantino
estrechan manos, en una remembranza alucinante de la pelea final en
La casa de las hojas azules.
“Todos somos salvajes” es una
verdad irrevocable hasta que la naturaleza ejerce su influencia sobre
los hombres, permitiéndose alterar su esencia. O, al menos, eso deja
ver el personaje de Hugh Glass, para quien “la venganza está en
las manos de Dios, no en sus manos” (ese Dios que estuvo ausente
durante la masacre, pero que está en algún lugar). El personaje
pasa de ser un renacido a un redentor, que en cierta medida libera al
traidor dejando su pecado en manos de la justicia suprema. Ahí es
donde el “Todos somos salvajes” empieza a tambalearse, porque
brota la piedad en el lugar menos esperado. Algunos podrán pensar
que es inverosímil, pero si se detienen a pensar en cómo ha
circulado la noticia del feroz ataque sufrido por el verdadero
expedicionario hace dos siglos, quizá concluyan en que esto no
necesariamente haya sido así. Es muy posible que todos seamos
salvajes después de todo y que en su momento no hubiera sitio para
la piedad. Pero también es posible lo contrario. Hugh Glass es
quien mantiene viva la anécdota y es la causa de que la conozcamos
de esta manera: ofrece una versión o interpretación de la realidad.
Y El renacido es una interpretación de esa interpretación. Eso la
hace fascinante: la evidente mediación de Hugh Glass en la
pervivencia de la historia, y la también evidente mediación de
Alejandro G. Iñárritu, uno de los pocos artesanos extranjeros que ha adoptado
Hollywood sin arrebatarle su enorme personalidad como realizador.
Puntuación: 7/10 (Notable)
