Crítica.
Ida.
Dir.: Pawel Pawlikowski.
Año: 2013.
El fanatismo religioso no es ninguna novedad en el cine de Pawel Pawlikowski. Quien recuerde aquella sombría obra británica Mi verano de amor, con una joven Emily Blunt entregada a la pasión por otra mujer, seguramente tenga en la memoria a aquel hermano ultracatólico que predicaba y paseaba una cruz gigante por la región, seguido por un montón de fieles. Ida retoma algunas de esas preocupaciones, puntualmente la del fanatismo por la religión, contextualizándola en Polonia durante la década de 1960. Un país que, como casi el resto de Europa, todavía no podía levantarse del todo. El comunismo había desplazado al nazismo, siendo Polonia el primer país ocupado por la Alemania Nazi en el marco de la Segunda Guerra Mundial. Pero de algún modo, fascismo y comunismo no habían podido solucionar los grandes problemas del país.
En el medio de los escombros está Anna, una joven pelirroja a punto de convertirse en monja. Antes de hacerlo, la Madre Superiora la envía a conocer a su tía, Wanda, una mujer completamente distinta a Anna, más inclinada hacia los vicios y los placeres de la carne. El encuentro de Anna y Wanda desentierra un secreto familiar que las reúne en un viaje para conocerse entre ellas y, sobre todo, conocerse a sí mismas. Un secreto que lleva enterrado más de dos décadas, el tiempo que pasó desde la ocupación del país. Esta obra sencilla escapa a la fórmula clásica de personajes antagónicos, más propia de la comedia. Eso no quita que en medio de tanto drama, Ida tenga algún destello de humor inesperado.
Es digna de destacar la fotografía en blanco y negro que opta por un formato de pantalla visto varias veces ya en el año (4:3) y unos estupendos planos que, en su mayoría, enfocan a sus personajes por sobre sus hombros, ubicándolos sobre el margen inferior de la imagen. Los seres de mundo, ínfimos, perdidos en la inmensidad del espacio que la cámara capta, atenta a su belleza intrínseca. Luego están las dos actrices, Agata Trzebuchowska, una muchacha adorable, bellísima, y su tía, interpretada por Agata Kulesza, personaje cargado de intensidad, la voz cantante de una obra plagada de silencios. Si bien uno puede reprochar la celeridad con que se resuelve un conflicto que demandaba mayor detenimiento, lo compensa la labor de las intérpretes, que consigue llegar emocionalmente al espectador.
Una obra inteligente que se propone abordar la religión, pero también sobre la represión del régimen y cómo impacta en el estilo de vida de las mujeres, reflexionando sobre la conducta pecaminosa que le fue vedada a Anna desde su más tierna edad. Luego de un tiempo presa en el convento, y sin haber podido conocer demasiado, cede -por curiosidad o por furia- a las tentaciones mundanas. Indudablemente se trata de una fase importante en un largo proceso que comienza con la búsqueda de la verdad y que culmina con la toma de una decisión.
Puntuación: 7/10 (Notable)

No hay comentarios:
Publicar un comentario