
Crítica.
Sr. Nadie (Mr. Nobody, 2009)
Dir.: Jaco van Dormael.
No quedan
ya sombras de lo que fue. Si el séptimo arte alguna vez se consolidó como
institución (cultural, más que artística), sin dudas fue el cine posmoderno el
encargado de burlar su fragilidad intrínseca para arrasar de manera definitiva
con ella. Pervivió, sí, la huella del chiste, y la reproducción llegó a hacer
del cine posmoderno un mercado de pulgas. Una de las atracciones de dicho
mercado fue la ciencia ficción de ideas, bautizada así por un puñado de
críticos profesionales que detectaron una serie reciente de producciones en las
que el futurismo, los nuevos dispositivos, la tecnología, no eran elementos
arbitrarios sino más bien necesarios para que el resto de la obra funcionara
correctamente. O podría decirse de una manera un tanto menos elegante: se trata
de esa serie de películas de ciencia ficción que, a pesar del sonido y la
furia, significan algo. Algunos críticos se empeñan en incluir en esa serie a una
de las últimas películas del cineasta belga Jaco Van Dormael, Mr. Nobody, que
se extendió entre cinéfilos con resultados bastante positivos. Lo que
implicaría partir de la creencia, en mi opinión equívoca de raíz, en que el
belga maneja ideas; o dicho de esa forma menos elegante: la creencia en que Mr.
Nobody signifique algo.
¿Es
posible crear algo sobre la nada? El director y guionista apuesta a una
respuesta positiva y construye una maraña de vidas posibles, de recuerdos
improbables, de dimensiones que se (con)funden, de imágenes borrosas y
sentimientos más o menos intensos. El protagonista es Nemo Nobody, el último
mortal sobre un planeta cuyos avances en el territorio de la medicina durante
la segunda mitad del siglo XXI han permitido a la población alcanzar el
beneficio (o el martirio) de la inmortalidad. Este hombre longevo, cuyo nombre
presenta un juego de palabras no particularmente inteligente pero sí en cierto
modo interesante (podría traducirse “Nadie Nadie”: el primer término desde el
latín, y el segundo término del inglés), es sometido al aun más viejo
tratamiento de la hipnosis para que, en los días previos a su inminente deceso,
su memoria fluya. Sin embargo, las aguas de ese río comienzan a desbordarse,
los recuerdos, las huellas mnémicas, los deseos frustrados y las viejas culpas
se despliegan en poco más de dos horas de metraje. La hipnosis fuerza un vómito
incontenible, la fusión biliar entre lo que fue y lo que no pudo ser: todo es
mezcla, desaparece cualquier forma de definición, mientras ese montaje huidizo
y juguetón se mueve pendularmente entre las vidas posibles.
Dejando al
margen el chistoso guiño a la canción “Mr. Sandman” de The Chordettes, o ese
desafortunado homenaje a Charles Foster Kane que se ve sobre todo en la
expectativa (transmitida a la comunidad entera a la manera de un reality
televisivo, como el Truman Show de Peter Weir) por las últimas palabras del
último mortal sobre la tierra, Mr. Nobody es extremadamente hermética y para
nada referencial. Su compleja estructura impone sus propias reglas de juego,
obligando al espectador a adaptarse a ella, algo que ni debería darse por
imposición, ni debería ser unidireccional. El cine puede proponer estructuras
originales pero bajo ningún punto de vista puede forzarlas, ni mucho menos
imponerlas. La adaptación debe darse de manera natural y tiene que ser
recíproca: no sólo el espectador se acomoda a partir de los esquemas propuestos
por el séptimo arte, sino que además estos esquemas deben pensarse en función
de la audiencia. Basta solo un puñado de razones para que la audaz propuesta de
Jaco Van Dormael tenga sentido. No obstante, uno puede cuestionarla desde su
dimensión más elemental, que es la de los objetivos: ¿cuál es la finalidad de
narrar las vidas posibles de un don nadie?
Es ahí
donde surgen las discusiones, que cada tanto la crítica de cine agradece. ¿No
es acaso superflua una obra tan centrada en lo estético, pero que en los
esquemas argumentales incurre en un relativismo extremo cuya baza es un
conjunto de realidades hipotéticas que apenas pueden sostenerse? En mi opinión
es aun menos que superflua: es inútil, como pretender construir pirámides en
los aires o muñecos de nieve en pleno verano tropical. Uno no puede condenar
una obra por ser abstracta, pero de seguro puede condenarla por resultar
abstracta cuando se empeña tan notablemente en ser significativa. ¿Ciencia
ficción de ideas? Expediciones al Planeta Rojo pueden ser un motivo más que
suficiente para hablar de ciencia ficción, pero el resto del término queda
desprovisto de toda explicación. La película es eso, es un holograma, una
ilusión de pórticos bellos y lujosos, de ojos azules, de jardines verdosos, de
amores adolescentes y vanos arrepentimientos, pero que al más mínimo manotazo
se deforman y disuelven, hasta que la mano permanece quieta y la imagen intenta
proyectarse sobre ella, con su macabra intención (la de todo director de cine)
de dejar su marca. Pero la mano no puede quedar ahí todo el tiempo, porque es
inútil buscar lo sólido en una farsa evanescente, ni buscar el significado de
lo abstracto. No hay objeto en demostrar, a través de la obra de Jaco van
Dormael, si la metafísica es nihilista o si el nihilismo es metafísico, porque
en ella todo, aun lo irreconciliable, va de la mano: la razón y el sentimiento,
la vehemencia y la calma, la realidad y el sueño, el pasado y el futuro, el
tiempo y el espacio. Todo es uno, y la unidad lo es todo, pero no es nada. No hay
límite ni definición. No hay concepto.
Puntuación: 3/10 (Mala)
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