Crítica.
Policía, adjetivo (Politist, adjectiv, 2009).
Dir.: Corneliu Porumboiu.
El género policial ya no existe.
Sólo perdura la huella de lo que ha sido, el residuo que la crítica
recicla en su constante reconstrucción de categorías sin razón de
ser. Es un holograma fragmentario: la luz impacta sobre objetos dispuestos en el espacio, proyectando imágenes
sobre cada superficie que no se reconstruyen por yuxtaposición, a la
manera del puzzle, sino que se resisten al encastre caprichoso de una
voluntad de otro tiempo, de un tiempo pretérito, y que hoy día ya
se ha hartado de conceptos monolíticos, celebrando los destinos
de la mutilación estética, de la irremediable aniquilación de toda
pulsión taxonómica.
La
declaración de guerra, ni tan funesta ni tan belicosa, proviene del
Este. La profusa materia crítica de una nación devastada como
Rumania, tan nombrada en este blog por las peculiaridades del
fenómeno cinematográfico que se ha dado en llamar, quizá con algo
de humor, la “Nueva Ola de Cine Rumano”, ha enriquecido una
manera de hacer films que sólo tiene su correlato en el país
helénico. La figura del oleaje ha servido para bautizar no pocas
coincidencias espaciotemporales que, en lo más hondo de sus
proyectos creadores, poco tenían de “ola”, o de “nuevos”. El
mote se impuso por la aberrante repetición que, vox populi,
consolidó algún que otro movimiento francófono en los sesenta. En
aquel entonces, había motivos políticos para defender ese
encabezado combativo. Las nuevas libertades (autogestionadas) de una
generación joven y enérgica de realizadores venía a confrontar con
el conservadurismo de la época, con la lucha de clases, con la
censura y con una pronunciada pacatería que ataba la noción de
“buen gusto” a los hábitos de una pujante burguesía.
El
fusilamiento público que puso punto final a la dictadura de
Ceausescu también coronó el Adviento del agitado año '89 y toda
una década de fuertes determinaciones políticas e ideológicas que
pulverizaron las esperanzas del comunismo. Lo que importa no es tanto
el hecho, aciago en todo sentido posible, sino sus consecuencias. El
empobrecimiento y la crisis moral fueron dos enormes obstáculos que
debió sortear este país para encaminarse a su tan deseada
recuperación. No obstante, años después de la caída del muro en
Berlín, e incluso de la efectiva disolusión de la URSS poco más
tarde, la nación quedó rezagada en comparación con otras del Viejo
Continente. Bucarest se convirtió en el epicentro de un estilo de
vida arcaizante, que devino estrepitosamente obsoleto. La pregunta
que suscita tan crítico estado de cosas es: ¿cómo sacar provecho
de una situación desfavorable como esta? El cine rumano ensayaba una
respuesta posible a través de las pocas voces jóvenes que se
iniciaban en la labor, y que convergieron en inusitada unisonancia.
Bastó tan sólo una manifestación estética para que otras fueran
gestándose en lo sucesivo. Uno siempre puede volver al tópico de la
piedra que dibuja círculos concéntricos en el agua,
regenerándose, confundiéndose, haciéndose olas capaces de
humedecer un poco más las orillas.
El
cine de Corneliu Porumboiu poco tuvo de inaugural en este fenómeno
sociológico y cinematográfico, pero indudablemente fue
significativo. Resulta imposible precisar sus contribuciones a la
Nueva Ola, pero ciertamente ha hecho bastante por no enmarcarla en
los vastos latifundios de la tragedia existencial, marcada a fuego
por el aura cenicienta que rodea a los seres errantes que cargan
sobre sus hombros el peso de un protagonismo que los excede. No hay
lugar para ripios ni margen para un lirismo vacuo y presuntuoso, sólo
se cultiva en su cine una expresión verbal prosaica, hecha de
retazos de vida que se interpretan a través de un humor
presuntamente ingenuo, bajo el cual se oculta, a menudo, la manía
subrepticia de la corrosión y la irreverencia. Desde luego, no
faltan motivos para creer en que la falta de organicidad puede
denotar algún tipo de inconsistencia discursiva, pero es la
naturaleza ambivalente de los rizos estrambóticos de su estructura
los que acaban sugiriendo lo contrario: que la retórica malsana, aun
cuando se ofrezca dispersa, mira siempre en una misma dirección, un
punto de fuga que es expresión incisiva, cuestionamiento permanente
al interior de las propias instituciones modernas.
Un
espectador poco avezado puede demorarse demasiado tiempo en hallar
explosiones humorísticas que reproduzcan, como un eco, las tantas
que presenta la ópera prima de Porumboiu, Bucarest 12:08 (2006).
Ocurre que las explosiones, en general, brillan por su ausencia en
una producción como Policía, adjetivo (2009). En cuanto al humor,
se cuela en el discurrir narrativo como una gotera, incómoda,
constante, persistente, originada por la fisura de lo que, se
suponía, fuera raso e impecable. Es una filtración incansable que
impone ritmos propios, articulándose con los ya parsimoniosos ritmos
de un policial anómalo. La solemnidad de este último pretende
suprimir o, mínimamente, disimular cualquier vestigio de humor
mordaz. Es un duelo armado entre dos modos de pensar (y encarar) el
discurso cinematográfico, en un caso desde las premisas que
consagraron a un género varias décadas atrás, y en otro caso desde
la actitud desenfadada y cínica, que jamás pierde su matriz
crítica. Como en un matrimonio contemporáneo, en el que quienes
firman el pacto se someten a una relación simbiótica (ya
desprovista de la entrega absoluta propia de un romanticismo añejo),
el humor y el policial estrechan manos tras complejas negociaciones
que, en última instancia, perjudican a ambos, pero benefician
enormemente a la película. Los dos conceptos se resemantizan a
partir de la falta de predisposición a un ensamble pacífico y de
mutuo acuerdo, y se supeditan a los avatares del dinamismo ficcional,
que los exprime hasta vaciarlos de contenido. Tal es así, que sólo
pueden explicarse tomándose en consideración el hondo vínculo que
sostienen.
Si
cabe pensar en el vaciamiento del género policial como una forma de
plantarse ante cierta sensibilidad posmoderna que rescata ese espacio
en blanco y lo convierte en un escenario de potenciales
transmutaciones de significado, del mismo modo puede afirmarse que
una de las grandes bazas de la Nueva Ola del Cine Rumano radica, ni
más ni menos, en su facultad para asimilar la esencia del vacío
actual. Al séptimo arte no siempre le ha sido fácil embeberse en
movimientos estéticos que, por lo general, han sido alumbrados más
allá de las fronteras de su territorio (el surrealismo, por
ejemplo). Todo parece indicar que el cine funciona autárquicamente,
sin conexiones con artes linderas (cada vez se defiende más la
adaptación libre de textos literarios) y prescindiendo de todo
aquello que trame formas de pensamiento coetáneas. No asume su
incompetencia y escoge evadir la urgencia sin culpa alguna. Que hayan
existido grandes películas capaces de interpretar un sentimiento
contemporáneo y capaces, además, de servir de mediadoras entre la
maquinaria cinematográfica y el público espectador, no implica
necesariamente que eso haya constituido una tendencia. Todo lo
contrario. Es posible que la Nouvelle Vague sea el paradigma de esta
mediación, rara vez vista en las décadas siguientes. Eso explicaría
que nadie ose poner en discusión su relevancia sociológica y
política (más que cinematográfica) y que nadie cuestione su
denominación: es una ola porque presenta magnitudes suficientes para
llegar a las costas que la vuelven visible y en cuya humedad se
pueden contemplar los rastros imperecederos que deja a su paso.
Desmontar
un género tan consolidado como el policial resulta arduo, sobre todo
cuando han dejado un gusto tan amargo los infructuosos intentos del
cine americano por hacerlo, exceptuando el caso de Paul Thomas
Anderson, cuya brillante trasposición a la gran pantalla de la
novela de Thomas Pynchon, Vicio propio (2014), es todo un logro en sí
mismo. La estrategia de Porumboiu es simple en términos teóricos,
pero en la práctica puede traer aparejadas varias dificultades. Sí,
su obra en particular, y la Nueva Ola de Cine Rumano en un plano más
general, van directo al corazón del asunto con una actitud
confrontativa, buscando desarticular desde lo más profundo el
sistema de piezas encastradas que habitualmente hace a la narración
convencional. Un movimiento solo alcanza para poner en jaque al
género, para ridiculizarlo, para retorcerlo: la ausencia del delito.
Al margen de las graves consecuencias que esta ínfima operación
produce, no está de más señalar la forma en que el humor sale
reforzado de lo que, a priori, se servía a la audiencia como el
drama íntimo de un policía, de vida anodina y modestas
aspiraciones. La comicidad está en el absurdo de toda la situación:
un obediente policía estudiando un caso en el que no cree, amparado
por leyes que no son más que el reflejo del atraso del país, y lo
que ocurre cuando decide faltar al deber para desviarse, siguiendo
sus más enraizadas creencias en el progreso de la sociedad rumana.
La
apelación a la solemnidad narrativa para referirse a una situación
evidentemente absurda es, probablemente, el recurso humorístico más
sobresaliente. Corumboiu va desentrañando, con el pulso de los
grandes clásicos del género (desde la literatura al séptimo arte,
pasando por otros soportes culturales de difusión masiva), el dilema
moral del protagonista, Cristi. La investigación gira alrededor de
un grupo de jóvenes que consumen sustancias ilegales en la vía
pública. Esto ya ha sido legalizado en todo el continente europeo,
pero Rumania no lo ve con buenos ojos, persigue (con cierto disimulo)
a los muchachos que consumen en grupos, investiga a fondo a quienes
ofrecen drogas a los demás, que automáticamente pasan a ser
sospechados por tráfico. El protagonista considera que dichos
estatutos no hacen más que estancar al país en el pasado, y apuesta
a un futuro en el que estas leyes ya no tengan efecto. Esta
exhibición de confianza desmedida en el progreso es uno de los
rasgos de su innegable ingenuidad como funcionario del Estado, puesto
que los ideales que defiende distan bastante de su concreción. El
dilema que lo atraviesa tiene que ver con el modo en que su accionar
puede forzar el reclutamiento inmediato de un joven consumidor de
hachís que comparte con sus amigos en espacios públicos. Él teme
volverse responsable de una detención injusta, que siente un
precedente en su historial, que lo mantenga tras las rejas de alguna
institución durante un largo tiempo, cosa que no ocurriría en
países más progresistas, como República Checa u Holanda. Una
sentencia que carece totalmente de sentido, porque Cristi espera que
las leyes cambien, tarde o temprano. Cuando la culpa y las
convicciones propias entran en juego, ¿cuál es la Justicia que se
sigue?
El
chiste de la modernización es, simultáneamente, la eventual
tragedia de un menor de edad y el objeto de una persecución policial
con todas las instancias propias del género (y todas las instancias
de este tipo de causas en la vida misma). Cristi está siempre detrás
o a un costado, indagando desde las sombras, en piloto automático,
enajenado, haciendo algo en lo que no cree, pero llevando adelante la
tarea que le corresponde. El problema está en las desviaciones que
motiva la totalmente improductiva comparación con el resto de países
de Europa occidental. Cristi piensa en esos términos, tontamente
esperanzado, sin estar “verdaderamente ahí”. Las prácticas
situadas son imprescindibles para garantizar un ejercicio eficiente;
caso contrario, se corre el riesgo de juzgar con otras varas que no
alcancen a dar cuenta de las realidades adyacentes. Ese es el cuerpo
de la reprimenda, el desajuste entre un “deber hacer” que deriva
de las bases incuestionables del propio oficio (la Ley, muy a pesar
de lo absurda, primitiva y conservadora que pueda ser) y un “querer
hacer”, que no es otra cosa que un capricho fundamentado
ideológicamente y que está contenido en la subjetividad misma. La
dicotomía entre las funciones sustantivas y adjetivales mira en esta
dirección. Habría dos formas de conducta a la hora de desempeñar
esta labor. La primera es adjetival, ornamental, se basa en la
obediencia absoluta (aun cuando su sentido sea contrario al de sus
propias creencias) y en su prescindencia; es decir, los superiores
pueden disponer de él, sustituyéndolo por otros individuos que sean
más eficientes y que estén preparados para realizar el mismo tipo
de trabajo. La segunda es sustantiva, se basa en una suerte de
“legislación moral” puramente subjetiva, ceñida a los
principios que rigen la razón individual. En este caso, ofrece un
margen para defender argumentativamente las ideas propias,
irguiéndose como amenaza de un sistema que debe defenderse ante los
ataques permanentes. Estos ataques no apuntan solamente a modificar
aspectos superfluos, sino además (y con mayor frecuencia), a
reemplazar los axiomas que estructuran al sistema por otros más
apropiados o, en este caso, más aggiornados. Este dilema no se
limita al caso particular de Cristi, un personaje de ficción que
representa un colectivo de funcionarios públicos. Tampoco se limita
al tema del consumo de drogas; tal es así, que la obra discute poco
y nada este aspecto puntual. Su extensión es mucho más abarcativa:
discute los postulados jurídicos que constituyen un aspecto nuclear
de la organización política del Estado y propone, en el fondo,
nuevos ángulos para encarar la problemática del atraso de las
instituciones en pos de una rápida modernización que posibilite un
resurgimiento entre las demás naciones de Europa oriental, que se
han recuperado tan rápidamente tras la finalización de la Guerra
Fría que le han dado sombra durante más de una década.
Dicho
con otras palabras, la obra echa luz sobre un estado de cosas. En
ningún momento se cae en el vicio reduccionista, ni se piensa en la
Ley como un mero repertorio de enunciados, sino más bien como una
construcción enteramente funcional al Estado. El cuerpo policial
ocupa, según la incómoda y mordaz lectura que realiza Corneliu
Porumboiu, el foco de un espectáculo de marionetas desprovistas de
toda reflexión crítica (el requisito fundamental para conservar el
puesto asignado) puestas al servicio de algo mucho más grande, de
una Justicia humana que ha quedado atascada en el tiempo y que ya no
tiene motivos que fundamenten su existencia. No hay una dinámica que
oriente el ejercicio de la ley que pueda defenderse desde cierto
pragmatismo. Hay algo de inercia en ese transcurrir, una especie de
pinball humano que depende de rebotes y azares. El sistema acalla las
voces que puedan alterar el curso de estos movimientos. El hombre
aparece como un sujeto pensante y poseedor de cierta perspicacia,
demasiado ordinario para pasar por intelectual, pero impulsado por la
fuerza de sus convicciones. Esta puesta en jaque del sistema tiene su
correspondencia, también, en la guerra que este libra contra los
hombres que faltan a sus órdenes (la rápida desvinculación del
cuerpo de policía como consecuencia primera), ya que su pervivencia
sólo puede quedar garantizada si sus funcionarios no elevan ningún
tipo de reclamo que remueva sus principios rectores.
Es
un colosal sistema organizado en función de dos ejes:
estratificación y calificación para el desempeño de una tarea
determinada (entendida, cabe recordarlo, como servicio público). En
muchas oportunidades puede distinguirse una tensión que surge de la
conflictiva relación entre pares o entre superiores y subordinados.
Porumboiu se detiene en la esencia de estos vínculos: el nerviosismo
al hablar se contrasta con una actitud más prepotente y desatada.
Cristi es un personaje que se mueve de acuerdo a la conveniencia,
habla de tal o cual manera con las demás personas: con su jefe, con
su compañero de oficina, con su pareja, incluso con uno de los
jóvenes involucrados en la causa. Lo importante es cómo convertir
ese amplio espectro de socialización en un insumo para el ejercicio
de la ley. La crítica al verticalismo de la institución proyecta
una mirada sumamente incisiva sobre las funciones que se llevan a
cabo. El policía es útil en tanto es obediente, pero el hecho de
moverse dentro de una zona de acción tan limitada reduce el margen
para cualquier tipo de queja o reclamo. Se integra a un sistema de
estratificación jerárquica deshumanizado e inamovible. Los rangos
son indicadores muy relevantes a la hora de definir la calificación
para desarrollar determinada actividad. La distribución de recursos
humanos por área es siempre económica y se maneja por
compartimentos claramente delimitados. Está en uno mismo dar pruebas
suficientes de su aptitud para cumplir con las obligaciones; de lo
contrario, si se comprueba que no se está calificado para una tarea,
uno puede ser castigado con una degradación de su cargo o, lo que es
más grave, con un despido inmediato.
La
captación de ese escenario performativo en que la palabra se
convierte en herramienta de poder es uno de los cuadros de situación
más controvertidos de una obra atenta casi compulsivamente al
lenguaje. Ciertamente hay un logro notable en el ritmo, como ya se ha
mencionado con anterioridad, en el lenguaje cinematográfico, en los
extensos planos secuencia que capturan el hastío de una tarea sin
sentido y que especulan siempre con el vaciamiento del policial (se
abandona el curso vertiginoso de las series televisivas, en las que
el montaje apresura la resolución de tan inextricables enigmas,
sintetizados en cincuenta minutos reloj). No obstante, hay asimismo
otra dimensión sumamente importante que, del mismo modo, contribuye
con el vaciamiento del policial y con la faceta humorística: la
metalingüística. El realizador, que firma asimismo el libreto,
tiene sus reservas a la hora de usar en exceso el “lenguaje
hablado”. Esto ha quedado demostrado, sobre todo, en sus tres
últimos trabajos (Policía, adjetivo, 2009; Cae la noche en
Bucarest, 2013; El tesoro, 2015). El “lenguaje cinematográfico”,
que vendría a formar parte de otra esfera (aunque puede discutirse
el carácter imbricado de ambas), prefiere que las imágenes hablen
por sí solas. En este caso, hay un equilibrio entre ambas formas
discursivas, pues hay un espacio amplio para la contemplación pero,
al mismo tiempo, también los diálogos, cuantitativamente escasos,
adquieren una enorme densidad y una gran velocidad en la enunciación
(materia hablada por segundo). En muchos casos, estas conversaciones
son disputas en torno a la lengua, a ciertos modismos o expresiones
que responden (o no) a los preceptos de la Academia Rumana de Letras,
a las maneras de redactar un informe, a las significaciones de
algunas canciones populares y, en último término, al Diccionario de
dicha institución como instancia legítima de la enunciación
lingüística.
Más
allá del trabajo de orfebrería que el guionista realiza con los
diálogos, o la meticulosa construcción de dos escenarios apartados
(el protocolo puesto en juego en el ámbito laboral; los rituales
íntimos y domésticos en el ámbito familiar, que alternan en el
seguimiento de la vida del personaje protagónico generando cierta
recursividad), el secreto de la grandeza de esta obra se halla en la
estrecha ligazón entre la ley y la lengua. El momento cúlmine de la
película, en el que se resuelve el dilema ético y moral de Cristi
(a su pesar, tal vez), deja entrever el carácter estático de ambas
en el contexto de un estancamiento a gran escala. Se sentencia al
país a la perpetuidad de sus costumbres arcaizantes, a la
inmutabilidad de su configuración social, cultural y política, al
círculo vicioso que traza la retroalimentación entre una y otra: la
fe ciega en la etimología como aval de la corrección política, la
búsqueda de los fundamentos de la ley en el Diccionario de la
Academia Rumana de Letras. Ahí se desliza la última risa, fruto de
la última operación crítica que realiza Porumboiu, que termina por
causar la estrepitosa desaparición del policial y genera un brote de
humor cínico incontrolable. Como toda gran broma, no puede estar
desprovista de un buen remate: la conclusión agrava los síntomas de
una patología cultural y deja en evidencia que la conducta humana es
preceptiva. Corneliu Porumboiu no necesita ser demasiado explícito
para expresar su desesperanza respecto del futuro del país, sobre
todo teniendo en cuenta el comportamiento semejante de la ley y la
lengua en su presunta propensión evolutiva.
Calificación: 8/10 (Muy buena)

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