Crítica.
Fehér isten (2014)
Dir.: Kornél Mundruczó.
Las odiseas de los animales que se pierden en los
laberínticos núcleos urbanos no son para nada novedosas dentro de la historia
reciente del séptimo arte. De hecho, el género familiar, por demás cuestionado,
ha usado este tópico para numerosas producciones. La idea es más o menos
simple: animales domésticos que por alguna extraña razón se pierden en la
ciudad luchan por sobrevivir en un mundo hostil mientras sus familiares van
paseando por la ciudad, pegando afiches en los postes y preguntando en algún centro
comercial si han visto a una mascota de ciertas características. A veces ni
siquiera son mascotas, pero sí animales que son adoptados como tales: roedores,
por ejemplo, con la simpatía del ratoncito protagonista de Stuart Little (1999) que enseguida se gana el
corazón de la audiencia. Estas eran algunas de las ideas que me vinieron a la
cabeza mientras miraba Fehér isten, la nueva película del húngaro Kornél
Mundruczó, galardonada en la sección Un certain regard del Festival de Cannes
en la edición del 2014. La primera mitad de la película ayuda bastante a
alimentar estas ideas: perros que temen al cruzar la calle, personajes
villanescos (muchos de ellos sacados del género picaresco, como el vagabundo o
la encargada del centro canino) y vertiginosas persecuciones en las que los
empleados de una perrera tratan de cazar a los perros y recluirlos. Todo con la
elasticidad del género familiar, a veces infantil (con antecedentes en el cine
animado, inclusive), y girando alrededor de la humanidad de una niña que quiere
conservar a su mascota contra la voluntad de un padre tiránico y
extremadamente poco amable. Por supuesto, no habría trama si el perro no fuera
arrojado a la calle por este adorable padre divorciado, a pesar de los gritos y
las lágrimas de una niña pre-adolescente, trompetista, la hija que cualquier
padre quisiera tener excepto él. El perro mestizo, Hagen, deberá atravesar
numerosos obstáculos, algunos muy peligrosos, para volver a reencontrarse con
su dueña.
El montaje de Fehér isten va haciendo explícita la
bifurcación de la trama: por un lado, la historia de la niña sacrificada que se
empapa bajo la lluvia, que corre por los oscuros callejones gritando el nombre
de su mascota y que se rebela contra la insensibilidad de esta sociedad centroeuropea grisácea y desalmada; por el otro, la
historia del perro que escapa y es capturado, una y otra vez, por macabros
hombres que lo usan para beneficio económico propio. Así se descubre una
especie de red de tráfico de perros mestizos que son entrenados violentamente
para participar en riñas clandestinas y mortales. Por supuesto, acá Mundruczó
se separa del cine familiar y reafirma lo que ya se sospechaba desde ese inicio en el matadero: que su película en realidad va
a tomar rumbos diferentes. Puede decirse en realidad que hay dos elementos que
divorcian su cine del género familiar. Por un lado, que estos perros no hablan,
oponiéndose a los parlanchines animales del cine infantil, que habitualmente se
comunican entre ellos en inglés, pero de ningún modo intercambian diálogo con sus dueños. Esto
acentúa el realismo de Fehér isten pues, a pesar de tener algunas escenas que
puedan ser consideradas exageradas, narra sucesos que son absolutamente
posibles y, en algún punto, actuales. Por otro lado, hay un nivel de crueldad
altísimo, que excluye desde las primeras escenas al sector más sensible de la
audiencia, principalmente mujeres y niños. La violencia ejercida por la
humanidad sobre los animales es crudelísima, explícita y muy poco placentera.
Alguno podría decir “si dejamos al margen lo cruel que puede llegar a ser
Fehér isten, tranquilamente podría tratarse de una película familiar”, pero no
tendría demasiado sentido dejar eso al margen, ya que no hay mucho más metraje
más allá (o más acá) de lo cruel, lo siniestro, lo sangriento. Y el director,
además guionista e intérprete, sabe perfectamente en qué parte del estómago del espectador
debe patear para generar el efecto deseado. Los ojos tristes de perros
moribundos, la sangre brotando del pescuezo y sus ladridos ahogados por el
dolor hacen el resto. ¿Golpes bajos? A raudales. Todo en esta película es
provocación, pero hay indudablemente una firme conciencia de ello.
Dicho esto, hay dos cosas que quedan
claras. En primer lugar, que Fehér isten es la síntesis perfecta de lo
monstruoso y lo humano (que usualmente son la misma cosa), demostrando que la
cursilería y la inusitada violencia canina (tanto la ejercida sobre ellos como
la que ellos pueden ejercer sobre su entorno) pueden aparecer simultáneamente.
De hecho, a pesar de todo, en el fondo es una película enormemente sentimental,
e incluso puede llegar a resultar particularmente conmovedora. En segundo lugar,
que a pesar de cualquier reproche que pueda hacérsele en términos de
provocación, o de los efectos producidos sobre el espectador, es innegable su
calidad como producto artístico, con una ejecución perfecta, un ritmo que rara
vez decae, y con un montón de escenas que dejan sin aliento. Fehér isten es una
experiencia intensa, dolorosa, pero en ningún momento deja de ser
impresionante. Mundruczó se supera a sí mismo y entrega una obra perfectamente
dirigida, distinta, bastante complicada de procesar y de analizar: es difícil
apelar a una objetividad pura cuando se trata de una película empeñada en tocar
la fibra sensible de su audiencia, e incluso de su crítica (cosa que
evidentemente funcionó en Cannes, pese a estar bastante lejos de ser, a mi
juicio, la mejor película del certamen). Hay mucho de desgarro emocional y la
obra se mueve en esos términos, en la irracionalidad animal (humana y canina) y
en la construcción bipartita, tanto de un infierno terrenal despiadado como de un paraíso celestial
para animales en el que no hay enemistades ni hostilidades, solo un descanso
eterno y pacífico. Por supuesto, la audacia de Mundruczó en la ejecución no supone, por desgracia, una audacia discursiva: al final del día, el hombre es el animal más
peligroso, y no hay grandes descubrimientos con eso. El resto es pura fórmula:
el fragmento de la ópera Tannhäuser (1845), que habla del amor, acallando los gritos
y apaciguando las aguas. Sí, es absolutamente pretenciosa y cuestionable, débil
en lo discursivo, difusa en términos genéricos, pero logra más que cualquier
otra película: dejar atónito al espectador. Tan sólo por ello vale la pena la experiencia, con la advertencia, absolutamente necesaria, de que no es una película para cualquiera.
Puntuación: 6/10 (Buena)

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