Crítica.
Stratos (Το μικρό ψάρι, 2014)
Dir.: Yannis Economides.
Cuando uno
se propone estudiar la crisis económica reciente, que devastó los mercados
europeos hace cosa de cinco años, no puede dejar de atender a sus consecuencias
morales. La coraza que protegía el espíritu colectivo del pueblo griego fue
descascarándose como resultado inevitable de la crisis, que generó
incertidumbre y desesperanza, que obligó a reformularse aquellos axiomas, que
eran redondos hasta que un día dejaron de serlo. Pero no es la economía el área
donde se perciben mayormente los síntomas del deterioro, sino en la inversión
(y a veces en la perversión) de los valores. Quizá por eso Stratos sea una
película oportuna: porque se inscribe en un proceso de transición mucho más
amplio y complejo, pero permite entenderlo en una dimensión clave como la
moral, que es la dimensión que los estadistas pasan normalmente por alto.
El chiste
con el título también es bastante explicativo. El personaje protagónico no es
un asesino de élite, ni mucho menos ocupa una posición de jerarquía en el
universo del crimen. No es lo que llamaríamos un pez gordo sino,
contrariamente, uno de los pequeños (el título se traduce literalmente como “el
pez pequeño” y puede interpretarse desde la oposición con los peces gordos de
la nueva sociedad griega), de esos que podrían ser ejecutados en la vía pública
sin que nadie se dé cuenta. La delgadez extrema imprime al personaje una
sensación de imperceptibilidad, de escasa importancia. Y el mismo curso de los
acontecimientos hace el resto: Stratos claramente es un don nadie, se mueve
entre una panadería nocturna en la que gana un salario miserable y una cacería
diurna que le permite matar gente y cobrar por ello, pero no para guardarse el
dinero, sino para saldar una especie de deuda con un colega que ha quedado
preso; saldo que, por otra parte, se invertirá en preparar la fuga de la
prisión. El protagonista es eso, un hombre de servicios, un subordinado que
obedece todo tipo de exigencia deontológica. Y es el deber el que lo guiará a
tomar una serie de decisiones que lo pondrán en riesgo. O tal vez no. Después
de todo, ¿qué riesgos puede correr una persona que brilla por su ausencia?
Por
supuesto, a veces Giannis Oikonomides (o Yannis Economides, según la
transliteración), director de la cinta, cruza la delgada línea que divide el
cine moral y el cine moralista. Eso está claro en su relación con una familia
vecina, que también ha contraído una cuantiosa deuda y que al parecer solo
puede saldarse a través de los servicios
sexuales de la madre de familia (y, como se sugiere, a través de los servicios
de una preadolescente). En este punto Stratos debe elegir entre una vana
existencia o una determinación que lo convierta, o bien en hombre moralmente
distinguido, o bien en hombre muerto. En cualquier caso, se trata de un hombre
que todavía puede tomar decisiones, y que hace uso de su libertad en términos
kantianos, orientada al devoir faire.
Stratos
ofrece una mirada inquietante y molesta sobre el estado de la sociedad griega
en nuestros días. El director renuncia a la sutileza y se entrega a una
reflexión tan ácida como incómoda, en la que la furia lo abarca todo. Una
crítica furiosa al sistema de valores y a la condición humana, filmada desde lo
bajo, desde lo desagradable (personajes con rasgos antiestéticos, otros con
defectos físicos), con un uso extremadamente vulgar del lenguaje y una
fotografía cenicienta que advierte de entrada la falta de color y alegría en
una radiografía de la miseria. Por supuesto, Stratos no sería lo que es si no
fuera por su comodín: me refiero al juego entre el día y la noche, lo moral y
lo amoral: en este universo “ficcional pero no tan ficcional”, los crímenes, la
prostitución y la corrupción de menores tiene lugar en plena luz del día,
mostrando la naturalización de lo bajo como estrategia para sobrevivir al
naufragio económico; el trabajo digno, como la panadería, aparece planteado por
la noche, y es constantemente menospreciado por sus personajes. ¿Para qué
perder tiempo trabajando ahí, rodeado de brutos y ganando poco si se puede
hacer mucho más dinero vendiendo el cuerpo? Y es ahí, en el establecimiento de
una relación estrecha entre la economía y la moral, donde Stratos cobra vida,
se re-semantiza y se convierte en otro de los grandes exponentes del nuevo cine
griego: mordaz, despiadado, cínico y necesario.
Puntuación: 7/10 (Notable)

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