lunes, 31 de diciembre de 2018

Resumen del año cinematográfico (2018)


Hay años en los que la programación de los grandes festivales europeos parece dominarlo todo: incide de manera significativa en la temporada de premios, en los listados de la crítica especializada, y se vuelve, de alguna manera, tema de conversación entre cinéfilos. En este sentido, el 2018 no ha sido una excepción. De hecho, si se atiende a la preselección de títulos que compiten por el Oscar a la mejor película de habla no inglesa (por mencionar un caso), prácticamente la totalidad de las obras que siguen en carrera viene, o bien de Cannes, o bien de Venecia. En paralelo, plataformas digitales como Netflix también han albergado algunos de los productos más comentados de los últimos meses, como Roma, el nuevo trabajo del realizador mexicano Alfonso Cuarón, y que ha sido galardonada con el máximo reconocimiento del Festival de Venecia. Desconocer la influencia de estos dos grandes focos y de la distribución de títulos vía streaming sería algo ingenuo, y el listado que sigue, en cierto punto, alcanza para demostrarlo. No obstante, llama la atención que otro puñado de directores y películas se haya ganado un lugar en varios conteos, incluyendo este, sin ningún emblema o reputación precedente. Algo que siempre es digno de celebrar.
Como en todas las ediciones, se tienen en cuenta las películas proyectadas y/o vistas en la Argentina entre el 1º de enero y el 31 de diciembre del 2018. Al Top 10 se le suman, como siempre, aquellos trabajos notables que no han alcanzado un puesto pero que merecen, por lo menos, una mención, aunque solo sea para que los lectores se animen a darles play. Sin más preámbulo, va lo más destacado del año cinematográfico.



MENCIONES ESPECIALES.

Nocturama, de Bertrand Bonello (Francia / 2016)
Alanis, de Anahí Berneri (Argentina / 2017)
Geu- hu / The Day After / El día después, de Hong Sang-soo (Corea del Sur / 2017)
Krotkaya / A Gentle Creature, de Sergei Loznitsa (Ucrania - Francia / 2017)
Lady Bird, de Greta Gerwig (Estados Unidos / 2017)
Molly's Game / Apuesta maestra, de Aaron Sorkin (Estados Unidos / 2017)
Ahlat agaci / The Wild Pear Tree, de Nuri Bilge Ceylan (Turquía / 2018)
Belmonte, de Federico Veiroj (Uruguay, 2018)
Chuva é cantoria na aldeia dos mortos / The Dead and the Others, de Renée Nader Messora & João Salaviza (Brasil / 2018)
Doubles Vies / Non-Fiction, de Olivier Assayas (Francia / 2018)
Hereditary / El legado del diablo, de Ari Aster (Estados Unidos / 2018)
Manbiki kazoku / Shoplifters / Un asunto de familia, de Hirokazu Koreeda (Japón / 2018)
Netemo sametemo / Asako I & II, de Ryûsuke Hamaguchi (Japón / 2018)
Zimna Wojna / Cold War, de Paweł Pawlikowski (Polonia / 2018)



TOP 10.


(10) A Portuguesa / The Portuguese Woman.
Dir.: Rita Azevedo Gomes (Portugal / 2018)

Cuando el séptimo arte parece haberlo dicho todo, nunca faltan unos pocos artistas que se atreven a desafiar la percepción y abruman con nuevos escenarios y perspectivas. Con A Portuguesa, la realizadora consolida un proyecto que le demandó, aproximadamente, una década y media, con interrupciones varias y otros largometrajes presentados en este período. El resultado es una obra de invaluable belleza, con imágenes para el recuerdo y un increíble diseño sonoro. La adaptación del relato homónimo de Robert Musil se centra, como lo ha hecho Lucrecia Martel con Zama, en la espera, aunque Azevedo Gomes lo hace desde el punto de vista de la mujer que, tras haber sido desposada, aguarda el regreso de su esposo, von Ketten, quien se halla luchando en Italia. Las distancias no solamente se traducen en términos de espacio, sino también de costumbres: los roles que los hombres y las mujeres desempeñan en este entonces no son siquiera equiparables. La sensibilidad de la realizadora se sumerge en los pequeños rituales que marcan el pulso de esta espera prolongada e infinita.


(9) Climax.
Dir.: Gaspar Noé (Francia / 2018)

Luego del gran tropezón que fue Love (2015) en su filmografía, el director francoargentino Gaspar Noé deslumbró con su obra más reciente (basada en hechos reales que han ocurrido en la década del noventa), sobre unos bailarines que, al parecer, han sido drogados en una fiesta, tras un ensayo, y que empiezan a mostrar un comportamiento extraño, paranoico, delirante, violento. Muchos dirán que Climax es pura forma (lo más justo sería darles la razón), pero esto no desmerece en lo absoluto la apuesta a un cine que adormece los sentidos y transporta al espectador a otro lugar. La musicalización permanente y a todo volumen, la oscuridad del espacio cerrado con luces intermitentes y la creciente sensación de ahogo y desesperación de los personajes pueden resultar agobiantes para la audiencia, pero ahí descansan algunos de los más grandes logros del cineasta. La destreza de los bailarines en sus esporádicas coreografías (incluyendo la del comienzo, al ritmo de Cerrone) está a la altura de la destreza de Noé en su manejo de las emociones, de los escenarios, de las actuaciones, alcanzando un grado de realismo que cautiva en todo momento.   


(8) El Ángel.
Dir.: Luis Ortega (Argentina / 2018)

La película de Luis Ortega fue un fenómeno a gran escala. En Argentina, por el guiño cómplice, ya que Robledo Puch es un emblema del crimen en serie, y representar su vida en la pantalla grande prometía no pocas controversias. Pero también en Francia, en el Festival de Cannes, donde levantó aplausos ya que, pese a su éxito de taquilla en las boleterías nacionales, tiene mucho del cine de autor o independiente que suele gustar en la Croisette: quizá menos complaciente, pero sin dudas más enriquecedor. El detalle más llamativo reside en la construcción del personaje principal, que toma al verdadero criminal solamente como punto de partida: todo lo demás se lo debemos a la rabiosa imaginación del realizador, que va mostrando sus distintos rasgos psicopáticos sin limitarse exclusivamente a los hechos. No puede dejar de mencionarse, tampoco, la manera en que se distancia del personaje sin emitir juicios morales, y dejándolo fluir con afable naturalidad. En suma, Ortega consigue un registro ideal, que viene siendo bastante característico de las obras argentinas más renombradas de estos últimos tiempos: irónico, cínico, salvaje.


(7) Three Billboards Outside Ebbing, Missouri / 3 anuncios por un crimen.
Dir.: Martin McDonagh (Estados Unidos / 2017)

El último trabajo de Martin McDonagh no es para tomárselo a la ligera. Luego de haber dejado pasmada a la crítica con In Bruges (2008), y de haber cumplido con las expectativas (que es la forma más sutil de decir que cumplió, sin mucho más) con Seven Psychopaths (2012), vuelve a recargar los cartuchos con una obra punzante sobre la batalla entre una madre, que busca desesperadamente al asesino de su hija, y la policía local, que al parecer ha abandonado el caso. Three Billboards Outside Ebbing, Missouri está permanentemente alterando su forma: puede ser dolorosa y trágica, puede ser un auténtico disparate, puede llegar a ser algo tonta, e incluso puede meter la pata a lo grande. Pero en sus errores y sus aciertos, en su mala leche, en su verborrea, en sus pequeños momentos de humanidad (el episodio del escarabajo o del jugo de naranja) y en sus costados más políticamente correctos, que amenazan con tirar todo por la borda, es una pieza estimulante, interpretada a la perfección por un elenco soñado, y con dos secuencias a la luz del fuego que, hay que decirlo, son una maravilla.


(6) Gräns / Border.
Dir.: Ali Abbasi (Suecia / 2018)

La situación de los refugiados en Europa motivó la proliferación de largometrajes, documentales o de ficción, que abordaron esta problemática social. Entre estas se halla Gräns, galardonada en la última edición del Festival de Cannes, dirigida por Ali Abbasi, realizador iraní que estudió en Suecia y se estableció en Dinamarca. Podría decirse que el director desconoce de fronteras o, mejor aun, que conoce lo suficiente sobre el tema como para creer verdaderamente en ellas, algo que puede verse reflejado en la obra. Sin embargo, el tratamiento no es explícito, y la cuestión de las barreras que separan a unos de otros (por sus orígenes, por su género, por la clase social a la que pertenecen, por su lengua, por su cultura, por su apariencia), es abordada a través de un relato con tintes sobrenaturales. El mayor logro, que muchos podrán leer como su mayor defecto, es cómo el director despliega un amplio abanico de géneros cinematográficos, desde la comedia absurda hasta el policial, pasando por el romance y el fantástico, en uno de los trabajos más originales que verán este año. Insólita e imperdible.


(5) The Favourite / La Favorita.
Dir.: Giorgos Lanthimos (Reino Unido / 2018)

Desde su reconocimiento en el Festival de Venecia, las expectativas de la audiencia estaban bastante altas, como es habitual cada vez que el director griego estrena una nueva película, tanto dentro como fuera de su país. Apostando una vez más por la lengua inglesa, tras el éxito cosechado con The Lobster (2015) y The Killing of a Sacred Deer (2017), vuelve a estar a la altura de las circunstancias, noqueando a los espectadores con una producción de época impresionante. Lo más destacable está en su dolorosa comicidad: este film sabe ser brusco y salvaje, apelando a veces al humor físico y a la bestialidad, pero de manera simultánea recurre a la ironía sutil, incisiva, retorcida, para ofrecer una lectura política sumamente interesante, y que no se queda estancada en lo lúdico, sino que además muestra, como lo ha hecho anteriormente con Kynodontas (2009), que sus juegos psicológicos pueden ser puestos al servicio de un discurso reflexivo sobre un estado de cosas. Atención a los conejos y a ese trío de intérpretes, que son una maravilla. Y sí. Esto incluye a Emma Stone.


(4) Îmi este indiferent dacă în istorie vom intra ca barbari / I do not care if we go down in history as barbarians.
Dir.: Radu Jude (Rumania / 2018)

La Nueva Ola del cine rumano ha ofrecido, en los últimos años, novedosos enfoques sobre el pasado reciente. En esta oportunidad, el realizador retrocede algunas décadas y, escudándose tras el formato presuntamente inofensivo del falso documental, reflexiona sobre la masacre de Odessa, bajo el régimen de Antonescu durante la Segunda Guerra Mundial. Este acontecimiento no ha tenido la resonancia, a nivel global, que tuvo el genocidio perpetrado por los jerarcas de la Alemania nazi, o por el régimen de Stalin en la URSS. Sin embargo, en términos cuantitativos, ha sido un exterminio considerable. Empleando un tono satírico y ponzoñoso, y apoyándose en el duro semblante de Ioana Iacob (quien interpreta a la directora artística responsable de la reconstrucción de este episodio, en el marco de un desfile cívico militar), es consistente en sus aspiraciones y devastadora cuando consigue resultados concretos. El tramo final roza lo terrorífico: expresa la pervivencia del fascismo en nuestro tiempo a través de la exhibición y respuesta inmediata del público presente.


(3) Lazzaro felice / Happy as Lazzaro.
Dir.: Alice Rohrwacher (Italia / 2018)

El tercer largometraje de ficción de Alice Rohrwacher habla, esencialmente, de la bondad. Lo hace empleando numerosos intertextos, que van desde el libro de Juan en el Nuevo Testamento hasta la Alegoría de la Caverna, presente en la República de Platón. Con estilo de fábula y un libreto de admirable densidad y complejidad, Lazzaro felice muestra la dinámica laboral en una plantación de tabaco, las diferencias de clase y la vigencia de ciertas formas de esclavitud, tal como lo hizo Emir Kusturica con Podzemlje (1995); en suma, el costado más salvaje del capitalismo, donde rige la ley del más fuerte. La imagen del lobo tiene un significado mucho más profundo que la simple reminiscencia a un relato folclórico: interviene con espíritu crítico en un esquema que es, por sí solo, desolador. Pero hay belleza más allá de las incisivas observaciones de Rohrwacher sobre la situación socioeconómica europea actual: los vínculos humanos que se construyen, los inesperados reencuentros que tienen lugar, la honestidad de las miradas, la cercanía del paisaje y el inexorable paso del tiempo demuestran que el mejor cine es aquel que se hace desde la verdad.


(2) Phantom Thread / El hilo fantasma.
Dir.: Paul Thomas Anderson (Estados Unidos / 2017)

Encontrarse a Anderson entre los lugares más privilegiados del conteo no debería sorprender a nadie a estas alturas: con una escueta pero excelsa filmografía, se ha ganado el reconocimiento como uno de los mejores directores de cine a nivel mundial. La apuesta no era sencilla, pero los resultados hablan por sí solos: lo que aparenta ser un romance algo naïve rápidamente se convierte en un complejo entramado de relaciones perversas, enfermizas, aunque no muy distantes de las que puede entablar cualquier individuo con otros de su entorno. Ahí está el mayor acierto de este libreto: escapar a toda definición apresurada y a toda etiqueta, para mostrar un universo cuya dinámica no dista ni un poco de la del nuestro. En otras palabras, las comidas y los vestidos son una excusa para hablar sobre formas de vincularse con los demás. Con algunas de las mejores interpretaciones del año, Phantom thread es un ejemplo maravilloso de cómo hacer un cine clásico en nuestro tiempo sin quedar desactualizado. En tiempos de forzados trabajos en blanco y negro, que haya producciones con la elegancia de otra época pero con el espíritu desafiante de hoy merece toda nuestra atención.


(1) Burning.
Dir.: Lee Chang-dong (Corea del Sur / 2018)

Hay una diferencia significativa entre las películas de misterio y aquellas que son un misterio en sí mismas. Las primeras apenas precisan, o de un buen texto fuente (en el caso de las adaptaciones), o de un director que esté al tanto de las convenciones del género (repetidas hasta el hartazgo). Las segundas, en cambio, requieren de un profesional capaz de ofrecer el nivel justo de información, sin hacer trampa, pero manteniendo el suspenso en todo momento, sin subrayados y con apertura a múltiples conclusiones. Lee Chang-dong brinda todos los elementos necesarios para llegar a algunas interpretaciones más o menos tranquilizadoras de su obra, pero jugando permanentemente con la ambigüedad, con la repetición de patrones, incluso integrando elementos o personajes que no parecen tener una función real en el relato (ni tienen por qué tenerla). Aunque todo queda en el terreno de la especulación: es difícil tener por verdadera una lectura que está lindando siempre con el terreno de la metaficción. Si el truco no consiste en aparentar que las cosas sí están presentes, sino en hacer que uno olvide que en verdad no están ahí, entonces el viaje a los infiernos del personaje principal queda justificado. Todo lo demás es simplemente un juego.   

martes, 13 de febrero de 2018

El hilo invisible (Phantom thread), de Paul Thomas Anderson


Atención: el comentario contiene spoilers.

CRITICA
El hilo invisible (Phantom thread, 2017)
Dir.: Paul Thomas Anderson.


Una de las discusiones recurrentes dentro del séptimo arte está estrechamente ligada a la cuestión de los límites del acontecimiento cinematográfico. ¿Cómo enmarcar una obra? ¿Cuándo comienza y/o cuándo culmina? ¿Realmente culmina, o las películas siguen rodándose dentro de nuestras mentes? Son preguntas que uno nunca deja de plantearse y que, a pesar de no contar con una respuesta unívoca, funcionan como disparadores más que interesantes para analizar cuanto ocurre dentro de ellas desde el acto primigenio, el momento en que comienza a gestarse. En el proceso, la publicidad y los nuevos medios de difusión van preparando la pista de aterrizaje de un film aún por hacerse. Y las expectativas de la audiencia van modificándose conforme a los diversos modos en que una obra es presentada antes de su estreno definitivo. En ese sentido, Paul Thomas Anderson nunca ha dado demasiados detalles y, por tratarse de un libreto original (es decir, que no toma como base un material que haya sido publicado con anterioridad), apenas ha ofrecido algunas pistas para que sus fanáticos lidien con el misterio de un proyecto en ciernes. Es probable que ni el propio autor supiera con exactitud en qué acabaría todo aquello, de modo que los ávidos cinéfilos debimos conformarnos con dos o tres imágenes que sugerían más bien poco, y unos comentarios que apuntaban a un drama de época sobre un reconocido diseñador de indumentaria.

Este párrafo introductorio no tiene mayor finalidad que la de dejar en claro que Phantom Thread, su octavo largometraje, es tanto una obra sobre moda como lo es sobre gastronomía, del mismo modo que The Master no era exactamente una reflexión sobre la cienciología, que There will be blood no era un relato sobre el petróleo, o que Boogie Nights no era una breve historia del cine pornográfico. En cualquier caso, y revisando la filmografía del director, no cabe duda de que el núcleo dramático está puesto en el modo en que los personajes se relacionan entre sí, y más puntualmente en las distintas formas a través de las cuales estos individuos se sirven de sus herramientas, de su arte o de sus conocimientos para manipular a los otros a su antojo y así alcanzar una finalidad específica, que al parecer está vinculada con el amor, aunque resulta un tanto arduo afirmarlo con absoluta seguridad. No son demasiados los personajes relevantes en esta película; tan sólo son cuatro: el modisto, Reynolds Woodcock; Cyril, su hermana; Alma, una joven a la que acaba de conocer; y su difunta madre, cuyas esporádicas manifestaciones resultan sumamente reveladoras, aun cuando sean mediante anécdotas, fotografías o alucinaciones. Ambos hermanos conducen la Casa Woodcock, de enorme prestigio dentro de la sociedad británica, y que demanda, desde luego, una dedicación que no da lugar a distracciones. De ahí que la vida personal de los hermanos, solteros y de avanzada edad, quede eclipsada frente a la agitada vida profesional, tal como lo demuestra la primera cita entre Reynolds y Alma, que sin previo aviso pasa de ser una tierna velada a una jornada laboral.

La joven se confunde con el resto de las modelos y, si bien goza de una posición privilegiada dentro de ese microcosmos convulsionado, constantemente queda relegada en la esfera íntima del hombre, cuya actitud quisquillosa, mal humor y modo de imponerse, ya sea como mecanismo de defensa o como parte esencial de su ser, siempre la ridiculizan o la muestran incapaz de estar a la altura, de marcar una diferencia, volviéndose así una más de la interminable serie de musas inspiradoras. Ella es perfectamente consciente de lo que pretende: está enamorada y está dispuesta a todo para conquistar al hombre (ya no al modisto). Su mayor dificultad es que, tal como exhibe su acento, es extranjera; no solamente en el país, sino también en aquella casa, y debe ingeniárselas para pertenecer allí. Pero en la vereda de enfrente está Cyril, la hermana, de mirada extraviada y rostro impasible, cuya omnipresencia en la vida de Reynolds da a entender que es ella quien maneja los piolines de su existencia. La orfandad y la falta siempre exige amores sustitutos, y no es difícil de pensar que la hermana fuera la persona más cercana a la que aferrarse tras la muerte de su madre. Sus inquietantes apariciones en cenas románticas y encuentros íntimos dejan entrever los hilos que la atan a su hermano, al punto que su ausencia lo desestabiliza por completo.

Dicho esquema de relaciones humanas desviadas y sometimiento deliberado no dista mucho de la ya mencionada obra del cineasta The Master, contemporánea (transcurre en la década de 1950), aunque no coterránea. En aquella, la vida de Freddie, un veterano de guerra errante y enfermo cambia por completo luego de conocer a Lancaster, un guía espiritual e intelectual que lo convoca, y con quien forja un nexo inquebrantable. Ahora bien, cualquiera intuiría que estas relaciones (entre un guía y un hombre confundido) son unidireccionales; sin embargo, todos tienen sus puntos más débiles, y está en la astucia de los hombres encontrarlos. El pacto que establecen ambos consiste en una suerte de amaestramiento espiritual, a cambio de unos misteriosos tragos que se encarga de preparar el propio Freddie. Es parte de sus conocimientos y talentos, y que ha puesto en práctica cuando mató a un hombre, antes de llegar al barco. El contenido de estas bebidas es desconocido, pero se subraya su carácter adictivo y, tal vez por su graduación alcohólica, permite que quien los prepare también los utilice como un mecanismo para ejercer un tipo de poder. De manera que, al menos entre ellos dos, puede hablarse de un sometimiento recíproco y consensuado; ambos, por supuesto, bajo la estela de Peggy, la esposa de Lancaster, el personaje que más desafía la credibilidad del espectador y que, asimismo, despliega un efecto hipnótico sobre su propio marido. Tal es así, que su omnipresencia enigmática y su monstruosidad parece obedecer más que ningún otro personaje al título de la obra. Ella es quien permanentemente se impone. Ella es el maestro.

Esta comparación, que puede parecer forzada, adquiere mucho más sentido si uno estudia a fondo Phantom Thread a partir de la conducta de Alma, y el modo en que logra hacerse visible en la intimidad de Reynolds. Durante la primera mitad de la película, es él quien da las órdenes, y que usa su técnica como diseñador para atraer a las féminas (sus clientes, sus empleados y sus amores son mujeres). No obstante, Alma recurre a lo que mejor conoce para intentar invertir los roles y así tener control sobre él. No hay que olvidar que ella se desempeñaba como camarera en un hotel, y tenía una particular afición por lo gastronómico. De hecho, el primer encuentro que tienen se da en el marco de un desayuno, en una zona más retirada y campestre. Y hay diversas referencias a lo alimenticio desde esta secuencia en adelante: la cena que ella desea prepararle como obsequio, la nota que le deja en la primera escena que comparten (“For the hungry boy: my name is Alma”), una cena en un restaurante, en que ella aparece con un vestido especialmente confeccionado para la ocasión y ante lo que él responde con un: “Very beautiful. You're making me extremely hungry”; en fin, una sucesión de pequeños indicios que van preparando el clima para que ella haga uso de su talento y, a través de unos hongos venenosos, someta (o infantilice) a Reynolds, desempeñando, de alguna forma, el rol de madre que él necesita. Esta vulnerabilidad en el cuerpo, que debilita además el espíritu y lo llena de miedo, es el que le da a Alma una ventaja sobre él, y que intenta mantener aun contra las indicaciones de un doctor y las persistentes apariciones de su hermana Cyril. El dominio de la gastronomía le permite imponerse por vez primera cuando vierte las toxinas en la taza de té. Luego de unos días de recuperación, él besa sus pies y le propone matrimonio. La institucionalización del vínculo amoroso es un primer canto de victoria, no sólo sobre el hermetismo de él, sino también sobre su cuñada.

En la citada The Master, Lancaster hacía una comparación entre el matrimonio y la domesticación de un dragón, al que se ata con un lazo, se lo saca a pasear, se lo sienta, y hasta puede enseñársele a rodar y a hacerse el muerto. Que el comentario del personaje en el contexto de una boda sea cómico no lo hace para nada inocente. Por el contrario. Y si se piensa la función del lazo y de los hilos en uno y otro largometraje, es evidente que la imagen es la misma: la dependencia. Alma entiende y anhela hacerse con los hilos y las agujas para forjar un vínculo entrañable y duradero con Reynolds. Esto la lleva a redoblar la apuesta en la icónica (porque es, desde ya, una de las grandes escenas de la filmografía de Anderson) cena final, en que ella prepara un omelette con hongos venenosos que apuntan, una vez más, a doblegar el espíritu de Reynolds. Él parece aceptar su destino, firmando ese pacto secreto mediante el que ofrece su estómago y su espíritu a cambio del cuerpo de Alma (“every piece of me”). El nacimiento de un niño es el segundo canto de victoria, que desplaza de modo definitivo a la hermana y la corona como madre y esposa. Así, todas las supersticiones sobre la soltería quedan anuladas, y Alma consigue liberar a Reynolds, con su propio consentimiento (pese al juego de tiempos, miradas y silencios de la escena, está clara la disposición de él a dejarse llevar, y su frase "kiss me, my girl, before i'm sick" no deja margen de duda), del fantasma de su madre, rompiendo así los hilos más íntimos de una relación tortuosa (cualquiera que se detenga a comparar la iluminación del cuarto de Reynolds en la escena de la alucinación con aquella en la que Alma le lleva un té a la cama tras el fracaso del desfile, o con el plano final, notará una gran similitud que difícilmente sea casual). Pero la ruptura de estos hilos trae aparejada una nueva unión sentimental que lo reduce y lo hace dependiente de ella.

En definitiva, no interesan tanto las posibles reminiscencias del mito de Edipo (por la ausencia/muerte del padre en el recuerdo y el estrecho lazo sentimental con la madre) como la reflexión sobre la vulnerabilidad y la infancia. El tópico de la indefensión del niño reaparece en el tramo final, aunque ya venía anticipándose (con los berrinches en la escena de los espárragos y la pueril querella entre los amantes), y adquiere la forma de una nueva maternidad. Reynolds goza al ocupar este nuevo lugar y se abraza a la presencia resignificada de Alma en su vida. La escena en el cuarto de baño rompe con el tono, tal vez porque nadie imaginaría que una película tan centrada en la alta costura acabe en un sitio tan mundano y tan corriente; pero una vez más, en un desarrollo que concede a lo gastronómico tanto peso, no debería desconcertar que la obra siga el curso natural de la digestión, desde la abundancia del primer plato hacia la excreción y depuración del organismo. Paul Thomas Anderson es experto en descolocar al espectador, y lo desafía permanentemente. Este escatológico epílogo es una de las tantas muestras de uno de sus rasgos más característicos: el golpe final, un llamado de atención, un recordatorio de que no hay que tomarse demasiado a la ligera su trabajo, pero tampoco hay que tomárselo tan en serio. El resto está en la audiencia: en tratar de buscar en lo profundo y descubrir que ni la moda ni la comida son tan importantes como los hilos invisibles que nos atan a los otros, a los mechones de cabello, a las fotografías, a los muertos, a los recuerdos imborrables, a las cosas buenas, a las maldiciones, a los grandes amores...

Calificación: 9/10 (Excelente)