jueves, 5 de febrero de 2015

El código Enigma.




Crítica.

El código Enigma (The imitation game)
Dir.: Morten Tyldum.
Año: 2014.



El cine del nuevo milenio nos ha regalado numerosas películas biográficas, algunas mucho más convencionales y ortodoxas que otras, con personajes fríos, en cierto punto antisociales, y que en su autismo o en su entorno íntimo logran rozar con sus uñas la genialidad. El primero fue John Nash, al que dio vida Russell Crowe en la gran película de Ron Howard Una mente brillante. Luego fue Howard Hughes, magnífica creación de Leonardo DiCaprio en El aviador de Martin Scorsese, un sujeto que entre su trastorno obsesivo compulsivo, su apático carácter y su gran visión pudo convertirse en alguien, a pesar de los obstáculos. Otro caso es el de Mark Zuckerberg, el joven creador de Facebook que en la película Red social deja en claro su mirada acerca de la amistad: sin embargo, la conflictiva relación con los cofundadores no le impidió ser hoy uno de los grandes millonarios del universo. Alan Turing se suma sin problemas a este listado que no se extiende para no agotar al lector, pero podrán hallarse otros cuantos ejemplos si se revisa de manera fugaz el cine reciente. 

Es nuevamente un matemático con problemas, según el planteo de esta película, para interactuar con los demás. Se concentra en sus obligaciones y en ese gran juego de ingenio de cuya resolución depende el destino de la humanidad y por la que él ha sido contratado: se trata de descifrar una máquina compleja, que a diario modifica su configuración, y que codifica los mensajes que emiten los nazis durante la segunda guerra mundial. Para explicarlo de una manera más o menos sencilla, Enigma (nombre del dispositivo) transcribe los mensajes con una notación distinta que nadie puede entender excepto ellos, un criptograma que los ingleses (Turing y los demás convocados) deben descifrar día tras día para poder alertar de posibles ataques sorpresa. El matemático, con el apoyo del mismísimo Winston Churchill, por demás conocido hombre de las máquinas, comprende de inmediato que perder los días intentando decodificar algún mensaje es un esfuerzo inútil y poco significativo. Su idea es crear una máquina inteligente que permita, con una velocidad mayor a la del hombre, y obedeciendo a la idea de que una máquina solo puede ser vencida por otra máquina, probar distintas combinaciones entre caracteres y que funcione en cualquier momento. El problema, es que todos los días los nazis reconfiguraban esta equivalencia entre caracteres, de modo que la máquina tenía menos de un día para revisar un número extremadamente alto de probabilidades. 

El noruego Morten Tyldum toma la responsabilidad de dirigir este biopic inglés de tipo tradicional (más si se lo compara con la mencionada cinta de David Fincher, Red social), con ecos de la muy exitosa El discurso del rey, aunque no tan atenta al valor de la imagen en relación a lo discursivo como sí lo era la gran película de Tom Hooper. Realiza un trabajo excepcional detrás de las cámaras, con el temple necesario, una gran firmeza y una elegancia que también comparten otros dos títulos biográficos británicos de esta temporada, Mr. Turner de Mike Leigh y La teoría del todo de James Marsh (aunque por numerosos motivos que no vienen al caso, ya que no tiene mucho sentido compararlas, Tyldum se acerca más al modelo de película ideal, prolija, bien hecha, bien narrada y bien actuada). También se sirve de un estupendo libreto adaptado por Graham Moore, enfocado en la conocida (y topicalizada) frialdad de las matemáticas en consonancia con la frialdad del matemático, los rasgos de su personalidad, sus pequeñas obsesiones. 

La narración está hecha en tres tiempos, fragmentada y alternadamente: primero, algunos episodios en la vida de Turing durante su paso por el colegio; en segundo lugar, la lucha contra Enigma; en tercer lugar, a comienzos de la década de 1950, el relato de una investigación que busca descubrir qué es lo que esconde el matemático. ¿Y qué es lo que esconde? Es verdad que la primera regla para descifrar el código Enigma es no hablar del código Enigma con nadie. Caso contrario, la persona que lo hiciera sería ejecutada por alta traición al rey y a la patria. Pero esconde algo más, una elección sexual que en aquellos tiempos era considerada indecencia y/o enfermedad (y que todavía sigue siéndolo en varios lugares). El cine suele caer en el error de poner la sexualidad en el centro de la escena. De esa forma, se le concede una importancia al hecho de que existan minorías sexuales que perpetúa la estigmatización de las mismas. El hecho de que el cine siga montando una tragedia alrededor de personajes homosexuales (en lugar de montar una tragedia sobre cualquier otra cosa, mencionando al pasar que un personaje es homosexual, casi de modo anecdótico) hará que las generaciones venideras sigan viendo la homosexualidad como algo anormal y equivocado. Dicho esto, no está de más destacar que, si bien la película habla de la sexualidad (y la condena que recibe por parte de una sociedad conservadora), no la toma como el principal tema de la obra. 

Nadie duda que El código Enigma busca poner en paralelo el secreto de Enigma y el secreto de la sexualidad, que ambas cosas son análogas y que esa es la gracia. La quema de archivos, al igual que la represión de la perversión sexual, funcionan del mismo modo. Y la propuesta es más que interesante. La inmersión de la cámara en el pasado de Turing, en su adolescencia, en su amistad con un joven, encuentra su justificación quince años más tarde en Enigma (o en el nombre de la máquina Turing que busca vencer a la de los alemanes). Ese pasado que en un principio parece un mero excedente, en realidad tiene una conexión profunda con el corazón de la película. Lo más descolocado parece ser ese tercer tiempo, que sí revuelve las conciencias de un conservadurismo aun vigente en los sobrevivientes de la Gran Bretaña de Thatcher y generaciones previas. Y por supuesto, esa última escena que con inscripciones en color blanco nos repite incesantemente que condenar la homosexualidad está mal, ya que en esa época, la primera regla de la homosexualidad era no hablar de la homosexualidad (con la misma discreción y el mismo silencio se comportaban los grandes criminales, desde un homicida hasta un espía soviético). 

El balance general de la obra es más que positivo. El código Enigma es un thriller sumamente inteligente, sostenido no solo por una versión mejorada de Benedict Cumberbatch (mesurado y correcto como Turing), sino también por una notable reconstrucción de la época, por una apasionante intriga, por un montaje que va y viene, pero que es muy claro y, entre otras tantas cosas, por una brillante banda sonora de Alexandre Desplat. Sofisticada como las grandes obras biográficas britanicas, particularmente emocionante (como notarán los espectadores en dos o tres escenas), que se deja ver sin ninguna dificultad y además se disfruta. No hay mucho que reprocharle a un film que desde un primer momento sabe lo que quiere y lo persigue con facilidad, sin esfuerzo. Si no, vean tan solo esa fascinante última conversación entre Benedict Cumberbatch y Keira Knightley, la cereza del pastel. 

Puntuación: 8/10 (Muy buena) 

En el bosque.




Crítica.

En el bosque (Into the woods)
Dir.: Rob Marshall.
Año: 2014.


Una porción bastante grande de la población cinéfila recuerda a Rob Marshall como el director de Chicago, triunfador musical que no podría estar más sobrevalorado. Un grupo menor lo recuerda por Nine, otro musical fallido que lo convirtió en el primer cineasta que no supo dirigir a Daniel Day-Lewis. Esa adaptación de otra adaptación teatral de Otto è mezzo, clásico imperecedero de Fellini, fue aproximadamente una catástrofe. Reunía a ocho de los mejores actores vivos, seis de ellos ganadores del Oscar, y los desperdició a todos. En el camino había hecho Memorias de una Geisha, una más que notable película no-musical. Y muchos creyeron que Marshall se daría cuenta más rápido que su punto fuerte no es precisamente el género musical, que muy pocos dominan sin la necesidad de creerse herederos de Bob Fosse. Por desgracia, los cines argentinos reciben En el bosque, otro musical más de Marshall, nuevamente fallido, incluso más aburrido que los anteriores, y probablemente el peor de su carrera.

No toda la culpa es del director. Está la obra de teatro, a la que en primera instancia le sobra un acto entero. Luego sí está James Lapine, que adaptó su propia obra a la gran pantalla. Y en tercer lugar está Rob Marshall que, como es habitual, no supo demasiado bien qué hacer con ella. No es el propósito de esta breve reseña cuestionar la dinámica de las adaptaciones, pero creo que es hora de abandonar ese tradicional pensamiento de que una adaptación es buena cuanto más se parece a la original. Nadie quiere ver una fotocopia de algo que ya se ha hecho antes, y menos con una economía que hace cada vez más difícil pagar por ver. La magia de la adaptación está en la capacidad de transformar el material original, de usar todos los recursos que ofrece el séptimo arte para darle una vuelta de tuerca a lo que ya se ha hecho en un libro, en un teatro o en otro formato. 

En la película En el bosque se entrecruzan cinco relatos: "Caperucita roja", "Las habichuelas mágicas", "Cenicienta", "Rapunzel" y una quinta historia original, columna vertebral de la obra teatral y, por consiguiente, de la adaptación, sobre una pareja de panaderos cuyos antepasados han sido víctimas de una maldición por la que no pueden engendrar descendientes. Cada uno tiene su estilo propio y es más o menos interesante. El modo de ensamblarlos a través del personaje de la Bruja, una Meryl Streep entre Mamma mia! y La muerte le sienta bien que, en esta ocasión, ofrece otra gran actuación (la mejor de la película, tal vez la única aceptable junto a la de James Corden). Pero el conflicto central, desde el primer "I wish", se resuelve a los ochenta minutos de película. Sobran cuarenta. Y realmente sobran. Son los más oscuros, trágicos, desafortunados y, en algún punto, los más prometedores. Sin embargo no aterrizan en ningún lugar. Lo único que resta es un deseo ferviente de que la película acabe cuanto antes. 

Dicho todo esto, uno puede problematizar lo siguiente: si Marshall es talentoso para el cine hablado / no-musical, ¿qué hubiera sido En el bosque sin las canciones de Stephen Sondheim? Bueno, nadie puede saberlo, pero se puede intuir que tampoco hubiera sido mucho mejor. Es cierto que, al margen de una o dos canciones, en ningún momento funciona como musical. Porque muchos todavía recuerdan las canciones de Cabaret, de Moulin Rouge!, o de cualquier otro musical pequeño que sea mejor que este, como Les chansons d'amour. Estas canciones son fáciles de olvidar, al igual que la película. La teatral puesta en escena y los deliberadamente rudimentarios efectos no ayudan demasiado. Sus plantaciones artificiales no hacen más que vaciar la carga simbólica del bosque, de larga tradición. Dicen que hay que tener cuidado con lo que se desea, porque puede volverse realidad. Así lo entendió Coraline tras cruzar la puerta secreta, y así se dedujo de casi todos los relatos recopilados por el romanticismo alemán. Rob Marshall no insiste demasiado con eso, algo que la podría haber salvado del naufragio. Pero yo sí insisto con que no deseen verla, porque puede volverse realidad, y no hay forma de recuperar el tiempo perdido. 

Puntuación: 3/10 (Mala)