viernes, 13 de febrero de 2015

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia.




Crítica.

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (Birdman or the unexpected virtue of ignorance).
Dir.: Alejandro González Iñárritu.
Año: 2014.


Cuando Charlie Kaufman estrenó Todas las vidas mi vida, ópera prima protagonizada por Philip Seymour Hoffman, dio la impresión de que todo lo que podía decirse sobre el mundo del teatro estaba dicho. Fue una obra tan extraña, tan irónica, tan icónica, tan extraordinaria, que parecía la última que se haría con esa temática. Hasta que llegaron Alejandro González Iñárritu y sus amigos, los co-guionistas de sus últimas dos obras, Armando Bo (Nieto), Alexander Dinelaris y Nicolás Giacobone, que escribieron un libreto extraño, irónico, icónico y extraordinario sobre el mundo del teatro en Broadway, sobre el mundo del espectáculo en los Estados Unidos, y sobre el universo íntimo de esos "cadáveres artísticos" que de repente son traídos de nuevo a la vida. Pero no solamente se trataba de Riggan Thompson, un personaje fracasado y entrado en años que alguna vez fue Birdman, un superhéroe que quedó sepultado dos décadas atrás: también de Michael Keaton, el intérprete, que dio vida a Batman hace muchos años y que la fama y el éxito prefirieron olvidar... hasta hoy.

Siendo hoy Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia una de las candidatas al premio Oscar, triunfadora en numerosas entregas de premios, y Keaton reconocido por esa resurrección artística, podría decirse sin titubeos que la palabra de Charlie Kaufman no fue la última, aunque posiblemente haya sido el mejor manifiesto acerca del mundo de las tablas. Eso no debe quitarle méritos a Iñárritu, cuya película persigue y alcanza objetivos diferentes, y adquiere un tono mucho más optimista, a pesar de que el camino que recorre Riggan durante ese fin de semana de ensayos (y del ansiado estreno, adaptación de una obra de Raymond Carver) sea lo más parecido al via crucis. La ambición de Riggan de volver al ruedo no tiene límites: él ha escrito, dirigido y pretende interpretar ese libreto. Ha invertido todas sus energías en lo que reconoce como su última oportunidad de que el público lo tome en serio sin necesidad de calzarse un molesto traje. Aun así, Birdman es un ícono pop del pasado, y sus seguidores se lo hacen saber. 

Alejandro González Iñárritu es conocido por meterse de lleno en el universo de las miserias. Desde su primer trabajo, Amores perros, y de manera más que clara en la obra maestra del 2006, Babel, y en la inquietante Biutiful, ha dejado en claro cuáles son los personajes y los entornos que a él le interesan. Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia no dista mucho de eso, aunque los escenarios, las luminarias y los eternos pasillos den la apariencia de un sitio agradable. No lo es. Y como si eso fuera poco, Iñárritu, con la colaboración del eficiente director de fotografía Emmanuel Lubezki, se animan a montar un espectáculo de casi dos horas en una (falsa) sola toma, que en realidad es un puñado de planos secuencia, que pueden contarse con los dedos, y que están ensamblados estratégicamente para dar una apariencia de continuidad. La cámara ágil e incansable sigue a los personajes constantemente, luego persigue a otros, husmea sus conflictos personales, en la sangrienta batalla de egos, en la lucha por la perfección y el reconocimiento. Cada pieza de su elenco, compuesto por Edward Norton, Naomi Watts, Zack Galifianakis y otros notables actores (Amy Ryan, Emma Stone), tiene su momento, su drama, su escena. 

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia es una ingeniosa puesta en escena de una poco ingeniosa y errática puesta en escena, una sátira del mundo del espectáculo (la crítica a los estudios de producción que esclavizan a los héroes de las largas sagas cinematográficas, la crítica a la crítica, o la crítica a las cirugías estéticas, entre otras) que usa referencias directas muy actuales (hija salida de rehabilitación, el boom de las redes sociales) para hacer reír. Y lo hace, sin dudas. Los actores hacen lo suyo, pero el guión es la prima donna de esta ópera sobre el éxito y el fracaso. La voz ronca de un superhéroe lleno de polvo invita a Riggan, este actor caído con síntomas de demencia y depresión, a volver a calzarse el traje. Pero Riggan intenta demostrarle al hombre pájaro que realmente puede elevarse ante los ojos de sus seguidores y sus seres queridos, que puede triunfar huyendo de la cárcel de la popularidad, y que puede demostrar ser algo más que un actor de películas mediocres sobre superhéroes aun más mediocres. 

Mucho se ha hablado de los propósitos de esa (falsa) única toma, que abarca un 90% de la película (el último tramo está filmado y acabado con un montaje convencional). No es la primera vez que alguien lo hace ni será la última. Muy logrado y osado ha sido el experimento de Alexandr Sokurov en El arca rusa hace poco más de una década, e Iñárritu poco tiene que envidiarle. Su puesta en escena es armoniosa y muy bien confeccionada, todo está en su lugar. La cámara atravesando pasillos y casi topándose con el baterista que musicaliza (improvisadamente) el film logra meter al espectador de lleno en ese teatro, lo hace caminar en medio de estos personajes al límite de su paciencia. Sin lugar a dudas funciona, pero no es un logro en sí mismo, sino un logro que tiene valor gracias a un libreto filoso y a un cast admirable. El mexicano saca lo mejor de estos intérpretes. Tal vez no lo mejor de sí (Babel sigue pareciéndome su mejor película), pero por fortuna una de las mejores cosas que se verán este año en la gran pantalla. Para no perdérsela. 

Puntuación: 8/10 (Muy buena)

Inquebrantable.




Crítica.

Inquebrantable (Unbroken)
Dir.: Angelina Jolie.
Año: 2014.



Una de las escenas clave del segundo largometraje rodado por Angelina Jolie tiene al protagonista, un Jack O'Connell en perfecta forma, sosteniendo una pesadísima barra con los brazos, por encima de su cabeza, bajo la amenaza de ser ejecutado si la deja caer. Con la piel sucia, cubierta del carbón que trasladaba en un campo de trabajo (con las mismas amenazas, desde luego), sostiene esa barra. El sol va moviéndose, alumbra de distinto modo, pero él, inquebrantable, no se deja tumbar. Roger Deakins, director de fotografía, capta la crudeza de ese momento y el paso del tiempo solar, mientras las miradas de sus compañeros, que pararon de trabajar para observar al invencible muchacho, aportan todo el drama necesario. Más allá de la profundidad que alcanza esta escena, una de las dos únicas verdaderamente buenas de la película (la otra es la secuencia inicial, prometedora), esa barra esa una metáfora de lo que es la película para el espectador. Ver Inquebrantable es como sostener una barra por encima de la cabeza durante horas. El tiempo pasa, la vida pasa, y uno está ahí, sosteniéndola, casi sin soportar el peso. Es una tortura y, además, una pérdida de tiempo. Porque esos americanos pudieron seguir moviendo carbón de un lado a otro y no lo hicieron. Un día de trabajo tirado (y casi dos horas y media de película) a la basura. 

Es difícil precisar dónde quedó el virtuosismo que mostrara Jolie en su ópera prima, una decente (aunque tampoco excepcional) representación de la guerra de Bosnia. Mucho más difícil es decir dónde quedó el ingenio o la chispa de los hermanos Coen para adaptar el libro de Laura Hillenbrand, hoy disponible en todas las librerías comerciales. Algo ocurrió en el cine. Tal vez es el género biográfico que ha crecido y ha eclipsado otros trabajos que, en otros tiempos, hubieran sido mejor valorados. Inquebrantable, hoy, vale poco y nada. Habla sobre Louis Zamperini, atleta olímpico italoamericano, cuya juventud estuvo plagada de momentos extraordinarios. Una vida de aventuras que, por desgracia, no se plasman en la gran pantalla con el mismo entusiasmo. Poco ayuda un montaje confuso, que alterna competencias de atletismo con bombardeos. Una narración torpe que se extiende más allá de las dos horas y que, en definitiva, no tiene mucho para decir.

Hay películas cuyo mayor mérito es el ser obras en las que "no pasa nada pero en realidad pasa de todo". Inquebrantable lo invierte, pues es una obra en la que "pasa de todo pero en realidad no pasa nada". Es un esquema rígido que toma secuencias trascendentes y las ordena en un relato intrascendente. Primero un bombardeo, luego la niñez, luego la juventud, luego otro bombardeo interrumpido, una carrera ganada, bombardeo, naufragio, y la prometida captura de los japoneses. ¿Por qué prometida? Porque la película ha sido promocionada así: como la vida del atleta que fue capturado por el ejército nipón durante la Segunda Guerra Mundial, en el marco de los enfrentamientos del Pacífico. Cuando la aparición del músico Miyavi toma lugar, transcurrida ya media película, los deseos cambian rotundamente: lo que había esperado con ansias ahora se convierte en el horror mismo. Este cantante, puro villano, pura chatura, actúa tan mal como canta. Es una completa decepción. 

La obra avanza una hora más, a puro golpe, repitiendo algunas veces esa frase alentadora presente en todos los biográficos de superación personal: "si puedo soportarlo, puedo lograrlo". Luego está esa escena en que una hilera interminable de soldados americanos golpea en el rostro al protagonista, Zamperini, bajo la amenaza de ejecutar a un malherido compañero, desde que el sol arde en lo alto hasta el atardecer. Otro día perdido. Luego está el final, el oasis de la salvación al son de Coldplay, un canto al milagro de que por fin haya acabado. Y no hay mucho más. Solo una sensación amarga. Angelina Jolie intenta montar una épica sobre la supervivencia, como lo vienen haciendo todos los cineastas nominados al Oscar desde hace años. El año pasado eran McQueen, Cuarón y Greengrass hablando del tema. Y a pesar de sus grandes diferencias, todos ellos lo hicieron mejor. Jolie desaprovecha un equipo de producción maravilloso, un montón de buenos actores en ascenso, y los convierte en un montón de ruido que irrita hasta a los más fanáticos del género bélico, o del subgénero de supervivencia. Lo que más me entristece es que Roger Deakins perderá otro Oscar, esta vez por un trabajo notable que se diluye en una producción olvidable.

Puntuación: 2/10 (Muy mala)