Crítica.
Brooklyn (2015)
Dir.: John Crowley.
Desde los tiempos de la conquista, el
territorio americano ha sido considerado tierra de oportunidades. Es
una idea que aún persiste en el imaginario colectivo del Viejo
Continente y que el séptimo arte ha interpretado con mucho tino
durante su larga historia. En la actualidad, el viaje a la tierra de
los sueños aun constituye un tópico muy recurrente dentro del cine,
pero no hay que perder de vista que el foco ha ido desplazándose
hacia el norte. Si películas como El abrazo de la serpiente (C.
Guerra, 2015) nos muestran la fascinación por los misterios del
Amazonas, por los dones de la naturaleza y por la botánica en los albores del siglo XX, otras películas ambientadas en el siglo XX de la
posguerra hacen notar cómo el interés se ha desplazado de la
naturaleza a la ciudad, de lo tradicional a lo moderno y del sur al
norte. Los horrores de la guerra han convertido al confort urbano en
un ideal, mientras que la estabilidad laboral (y ya no la calidad del
empleo) se convierte en un privilegio para los inmigrantes europeos
en América. O mejor dicho, en Norteamérica.
No sería demasiado productivo hacer
mención de todas las películas recientes que han narrado estas
odiseas transatlánticas en busca de una vida mejor, porque son
muchas. Sí vale la pena hacer una breve alusión a las mejores. Una
de ellas es el musical A través del universo (J. Taymor, 2007), que
con música de The Beatles y ambientada en la década del sesenta,
muestra a un joven que viaja a los Estados Unidos para conocer a su
padre y en donde además se enamora de una bella muchacha. La otra es
Bailarina en la oscuridad (L. von Trier, 2000), un durísimo drama
sobre una inmigrante checa que trabaja a doble turno en una fábrica
en Estados Unidos. Aunque de todas, la más llamativa es Tierra de
sueños, conocida también como En América (J. Sheridan, 2002), que
se sitúa como antecedente inmediato de la obra que hoy nos convoca.
Son dos producciones irlandesas con
muchos puntos en común y personajes que comparten el sueño del
progreso. Algo que, aparentemente, solo puede conseguirse del otro
lado del océano.
En Brooklyn, un drama romántico
situado en la década de 1950, una veinteañera llamada Eilis, que
vive junto a su madre y a su hermana y que lleva una vida anodina,
tiene la posibilidad de viajar sola a los Estados Unidos: le han
conseguido un empleo, una universidad y una pensión. Pero al llegar,
sólo siente tristeza y un vacío imposible de llenar, un sentimiento
de nostalgia que la abruma. El desarrollo de este sentimiento es el
punto fuerte de esta nueva película de John Crowley: hablar de la
nostalgia no como un simple estado de ánimo, sino como una
enfermedad. El idioma inglés tiene una gran ventaja: cuenta con la
palabra perfecta para definirla. Ellos le llaman “homesickness” y
le dan una especificidad que nuestro término “nostalgia” no
tiene, remitiendo con ese término a la melancolía que genera estar
lejos de casa. Como toda enfermedad, tiene sus síntomas, lleva su
tiempo, tiene cura y en algún momento, como dice uno de los
personajes, se va y pasa a ocupar el cuerpo de otra persona. Brooklyn
puede definirse como un drama sobre las distintas fases de la
nostalgia en la vida de una joven en tierras extrañas cuyas promesas
no la satisfacen.
Luego está la porción de romance,
indispensable para reforzar las emociones. El rostro de Saoirse
Ronan, quien en Expiación (J. Wright, 2007) interpretó a una de las
niñas más diabólicas de la historia del cine, acá resulta
perfecto para transmitirlas, con una mirada que encandila, una gran
dulzura, aunque el personaje en ningún momento se prive de mostrar su carácter fuerte. En
su estadía americana conoce a un inmigrante italiano de baja
estatura de quien se enamora rápidamente. Pero un llamado inesperado
la obligará a retornar a Irlanda por un tiempo y, al volver,
comienza a entablar una relación con otro muchacho que la desea
sentimentalmente. En este punto Brooklyn decae, se vuelve mucho más
convencional, llevando ese “drama sobre la nostalgia” al “drama
de la mujer dividida en dos”, con dos hombres a ambos lados del
océano, e incurriendo en un melodrama tibio con una solución algo
forzada. A pesar de eso, el material de Colm Tóibin (autor del libro
del que ha sido adaptada la película) tiene cosas interesantes, ya
que no es el exclusivamente el amor lo que divide al personaje de Eilis, sino también
el dolor y, sobre todo, la comodidad tentadora en una Irlanda que va
dibujándose ante sus ojos con trazos diferentes a los que tenía
antes de partir. Ya no es un sitio gris y aburrido como solía serlo, ahora
es un amplio abanico de oportunidades. Eilis, entonces,
debe elegir en consecuencia.
Brooklyn es una película pequeña,
sencilla, inofensiva, destinada a pasar desapercibida por las salas
oscuras del cine. Es una verdadera lástima, porque la simpleza no
siempre es un defecto. Al contrario, y no hay que confundirse, esta
obra cuenta con un libreto que reflexiona sobre las costumbres
de la época, que habla con honestidad acerca de la nostalgia y que
sirve como un retrato fiel a la esencia de un viaje iniciático.
Pertenece a un estilo de películas que han dejado de hacerse hace
mucho tiempo y que, aun cuando ofrecen un placer incomparable, pueden
resultar anacrónicas. Es un viaje hacia la época dorada de
Hollywood, hacia los grandes melodramas de mitad del siglo, que
hallará un buen grupo de seguidores en aquellos que añoran un cine
atravesado por las emociones y no por la política. La elegancia de
la puesta en escena, su buen gusto y la química entre sus
protagonistas dignifican una obra interesante.
Puntuación: 6/10 (Buena)
