sábado, 26 de septiembre de 2015

El clan





Crítica.
El clan (2015)
Dir.: Pablo Trapero.




El reciente estreno de El clan, la última obra del director argentino Pablo Trapero, ha confirmado muchas de las sospechas que circulaban, siempre bajo la forma sutil del murmullo, entre muchos críticos de cine: su sello característico ha dejado de existir. Muy atrás quedaron sus producciones más memorables, entre las cuales destaca Leonera, su última gran película. Las colaboraciones con Ricardo Darín en Carancho y Elefante blanco no hicieron más que dar indicios de un cambio que terminaría de efectuarse con El clan, la reconstrucción del caso Puccio, una familia de San Isidro (provincia de Buenos Aires, Argentina) dedicada a los secuestros extorsivos durante la década de 1980. En este nuevo cine de Trapero, las referencias políticas explícitas ocupan un lugar privilegiado, que no parece ser mero contexto histórico sino más bien una denuncia. Y sobre todo, la estética habitual de su cine se entrega a la armonía del espacio, a la pulcritud y al buen gusto. A pesar de todo lo monstruoso que ocurre en aquella casa, todo está calculado, todo dispuesto en su lugar, y genera un efecto paradójico en el espectador: uno se siente cómodo con lo que ve y con lo que oye (una banda sonora repleta de hits norteamericanos de la época y de las décadas anteriores), pero en la postrera reflexión aparece la incomodidad, la sensación de que la prolijidad de Arquímedes Puccio, el patriarca, y de que el cuadro perfecto que pinta la “familia modelo”, aspirante a un ascenso considerable en la escala social que le permita gozar de las mismas ventajas que la clase alta, hacen que la situación sea mucho más horrorosa.

Uno puede preguntarse si este giro es estratégico (que busca generar ese efecto antes mencionado) o si es, por el contrario, un intento de reconciliarse con un público que no siempre ha reconocido sus mejores películas. La respuesta quedará a criterio de cada espectador. Lo cierto es que sorprende, y en algún punto siembra un inesperado optimismo: quizá el director logre algo inédito en su respetable filmografía, que es unificar el buen cine con la buena recepción, el objetivo de cualquier cineasta. Y en ese sentido, una película como El clan, sin ser sobresaliente pero dando un salto de calidad respecto a las dos películas de Darín, es un primer intento más que decente: no solo por la lograda reconstrucción histórica de uno de los tantos casos avergonzantes que ha atravesado el país en sus años oscuros de dictadura y durante el gobierno radical, sino también por el éxito que ha cosechado en las salas de todo el país y del extranjero (en el Festival de Venecia recibió el León de Plata a la mejor dirección, un premio de un valor altísimo). La tendencia revisionista que la sociedad argentina de estos años tiene sobre el Proceso de Reorganización Nacional (PRN, 1976-1983) explica el fenómeno en que se ha convertido El clan en los cines nacionales, y que se articula con la miniserie televisiva Historia de un clan para realizar en conjunto un estudio pormenorizado no exclusivamente de los crímenes cometidos sino en particular de los móviles que podrían justificar lo injustificable.      

Para la sociedad de entonces, e incluso para la actual, lo más llamativo de su modus operandi era que asesinaran a las víctimas incluso luego de cobrada la recompensa solicitada telefónicamente a los familiares. Aparece en la audiencia cierto ideal de justicia totalmente atroz que se conformaría con ver al secuestrado vivo, porque su vida ha sido comprada. Es decir, por momentos da la impresión de que el acto más abominable para el espectador es el robo y no el secuestro. El pago de una suma convenida, si acaba con la recuperación del individuo que ha sido secuestrado, convierte al secuestro en general en un “acto afortunado”, al punto de que, en muchos casos, las familias se abstienen de llevar adelante un proceso judicial por temor a algún tipo de represalias. El intercambio económico, absolutamente institucionalizado, naturaliza y minimiza el delito de la privación ilegítima de la libertad. Trapero comprende la importancia de la transacción y la refiere con astucia. El patriarca, Arquímedes, realiza los llamados extorsivos en teléfonos públicos ubicados a la vista de todos. Se remarca la impunidad del acto, enfocando la cámara al teléfono y resaltando cómo los transeúntes caminan por al lado suyo sin inmutarse mientras él está pidiendo el “rescate”. Durante los años de coacción policial y terrorismo de estado, y aun en los agitados años de la transición democrática, la sociedad era ciega, sorda y muda. El individualismo radicalizado y el temor a la desaparición, la tortura o la muerte, contribuyeron a internalizar el secuestro como práctica usual en la comunidad, de la que era preferible estar alejado lo más posible.  

Pablo Trapero logra realizar una representación inteligente de un pedazo de historia reciente, a pesar de algunas fallas que aun siendo mínimas se hacen notar (cierto vocabulario empleado anacrónicamente, el uso abusivo y exasperante de flashforwards, y sobre todo una escena sumamente problemática, como la que transcurre en Tribunales en el tramo final, que se deja llevar por el sensacionalismo y traiciona el tono verosímil que venía sosteniéndose de manera apropiada). El director se sirve de un gran elenco que incluye al actor cómico Guillermo Francella, mostrando su faceta seria como lo hiciera ya en la película ganadora del Oscar El secreto de sus ojos. Una sobria caracterización que le permite imponerse en muchas escenas, sobre todo en las de mayor intensidad dramática. Cada tanto lo eclipsa el joven Juan Pedro Lanzani, que debuta en la gran pantalla convirtiéndose inmediatamente en una promesa del cine nacional. El actor interpreta a Alejandro Puccio, uno de los hijos, que participa activamente en los secuestros y que en muchos momentos va a cuestionar la empresa de su padre. Una actuación mucho más contenida y con varias escenas de lucimiento. Cuando comparten pantalla, hacen que El clan tenga mucho a su favor. Por ellos y por la relevancia de un caso todavía misterioso pero que merece ser conocido, la película funciona. El beneplácito de la crítica internacional y el público es un privilegio que no pocos directores pueden darse. Y que sea Pablo Trapero quien goce de este privilegio, un gran director a pesar de algunos traspiés, es razón para contentarse. Después de todo, es una buena película.

Puntuación: 6/10 (Buena) 

domingo, 13 de septiembre de 2015

Sr. Nadie.



Crítica.
Sr. Nadie (Mr. Nobody, 2009)
Dir.: Jaco Van Dormael.


No quedan ya sombras de lo que fue. Si el séptimo arte alguna vez se consolidó como institución (cultural, más que artística), sin dudas fue el cine posmoderno el encargado de burlar su fragilidad intrínseca para arrasar de manera definitiva con ella. Pervivió, sí, la huella del chiste, y la reproducción llegó a hacer del cine posmoderno un mercado de pulgas. Una de las atracciones de dicho mercado fue la ciencia ficción de ideas, bautizada así por un puñado de críticos profesionales que detectaron una serie reciente de producciones en las que el futurismo, los nuevos dispositivos, la tecnología, no eran elementos arbitrarios sino más bien necesarios para que el resto de la obra funcionara correctamente. O podría decirse de una manera un tanto menos elegante: se trata de esa serie de películas de ciencia ficción que, a pesar del sonido y la furia, significan algo. Algunos críticos se empeñan en incluir en esa serie a una de las últimas películas del cineasta belga Jaco Van Dormael, Mr. Nobody, que se extendió entre cinéfilos con resultados bastante positivos. Lo que implicaría partir de la creencia, en mi opinión equívoca de raíz, en que el belga maneja ideas; o dicho de esa forma menos elegante: la creencia en que Mr. Nobody signifique algo.

¿Es posible crear algo sobre la nada? El director y guionista apuesta a una respuesta positiva y construye una maraña de vidas posibles, de recuerdos improbables, de dimensiones que se (con)funden, de imágenes borrosas y sentimientos más o menos intensos. El protagonista es Nemo Nobody, el último mortal sobre un planeta cuyos avances en el territorio de la medicina durante la segunda mitad del siglo XXI han permitido a la población alcanzar el beneficio (o el martirio) de la inmortalidad. Este hombre longevo, cuyo nombre presenta un juego de palabras no particularmente inteligente pero sí en cierto modo interesante (podría traducirse “Nadie Nadie”: el primer término desde el latín, y el segundo término del inglés), es sometido al aun más viejo tratamiento de la hipnosis para que, en los días previos a su inminente deceso, su memoria fluya. Sin embargo, las aguas de ese río comienzan a desbordarse, los recuerdos, las huellas mnémicas, los deseos frustrados y las viejas culpas se despliegan en poco más de dos horas de metraje. La hipnosis fuerza un vómito incontenible, la fusión biliar entre lo que fue y lo que no pudo ser: todo es mezcla, desaparece cualquier forma de definición, mientras ese montaje huidizo y juguetón se mueve pendularmente entre las vidas posibles.

Dejando al margen el chistoso guiño a la canción “Mr. Sandman” de The Chordettes, o ese desafortunado homenaje a Charles Foster Kane que se ve sobre todo en la expectativa (transmitida a la comunidad entera a la manera de un reality televisivo, como el Truman Show de Peter Weir) por las últimas palabras del último mortal sobre la tierra, Mr. Nobody es extremadamente hermética y para nada referencial. Su compleja estructura impone sus propias reglas de juego, obligando al espectador a adaptarse a ella, algo que ni debería darse por imposición, ni debería ser unidireccional. El cine puede proponer estructuras originales pero bajo ningún punto de vista puede forzarlas, ni mucho menos imponerlas. La adaptación debe darse de manera natural y tiene que ser recíproca: no sólo el espectador se acomoda a partir de los esquemas propuestos por el séptimo arte, sino que además estos esquemas deben pensarse en función de la audiencia. Basta solo un puñado de razones para que la audaz propuesta de Jaco Van Dormael tenga sentido. No obstante, uno puede cuestionarla desde su dimensión más elemental, que es la de los objetivos: ¿cuál es la finalidad de narrar las vidas posibles de un don nadie?

Es ahí donde surgen las discusiones, que cada tanto la crítica de cine agradece. ¿No es acaso superflua una obra tan centrada en lo estético, pero que en los esquemas argumentales incurre en un relativismo extremo cuya baza es un conjunto de realidades hipotéticas que apenas pueden sostenerse? En mi opinión es aun menos que superflua: es inútil, como pretender construir pirámides en los aires o muñecos de nieve en pleno verano tropical. Uno no puede condenar una obra por ser abstracta, pero de seguro puede condenarla por resultar abstracta cuando se empeña tan notablemente en ser significativa. ¿Ciencia ficción de ideas? Expediciones al Planeta Rojo pueden ser un motivo más que suficiente para hablar de ciencia ficción, pero el resto del sintagma queda desprovisto de toda explicación. La película es eso, es un holograma, una ilusión de pórticos bellos y lujosos, de ojos azules, de jardines verdosos, de amores adolescentes y vanos arrepentimientos, pero que al más mínimo manotazo se deforman y disuelven, hasta que la mano permanece quieta y la imagen intenta proyectarse sobre ella, con su macabra intención (la de todo director de cine) de dejar su marca. Pero la mano no puede quedar ahí todo el tiempo, porque es inútil buscar lo sólido en una farsa evanescente, ni buscar el significado de lo abstracto. No hay objeto en demostrar, a través de la obra de Jaco Van Dormael, si la metafísica es nihilista o si el nihilismo es metafísico, porque en ella todo, aun lo irreconciliable, va de la mano: la razón y el sentimiento, la vehemencia y la calma, la realidad y el sueño, el pasado y el futuro, el tiempo y el espacio. Todo es uno, y la unidad lo es todo, pero no es nada. No hay límite ni definición. No hay concepto.

Puntuación: 3/10 (Mala)