domingo, 13 de septiembre de 2015

Sr. Nadie.



Crítica.
Sr. Nadie (Mr. Nobody, 2009)
Dir.: Jaco Van Dormael.


No quedan ya sombras de lo que fue. Si el séptimo arte alguna vez se consolidó como institución (cultural, más que artística), sin dudas fue el cine posmoderno el encargado de burlar su fragilidad intrínseca para arrasar de manera definitiva con ella. Pervivió, sí, la huella del chiste, y la reproducción llegó a hacer del cine posmoderno un mercado de pulgas. Una de las atracciones de dicho mercado fue la ciencia ficción de ideas, bautizada así por un puñado de críticos profesionales que detectaron una serie reciente de producciones en las que el futurismo, los nuevos dispositivos, la tecnología, no eran elementos arbitrarios sino más bien necesarios para que el resto de la obra funcionara correctamente. O podría decirse de una manera un tanto menos elegante: se trata de esa serie de películas de ciencia ficción que, a pesar del sonido y la furia, significan algo. Algunos críticos se empeñan en incluir en esa serie a una de las últimas películas del cineasta belga Jaco Van Dormael, Mr. Nobody, que se extendió entre cinéfilos con resultados bastante positivos. Lo que implicaría partir de la creencia, en mi opinión equívoca de raíz, en que el belga maneja ideas; o dicho de esa forma menos elegante: la creencia en que Mr. Nobody signifique algo.

¿Es posible crear algo sobre la nada? El director y guionista apuesta a una respuesta positiva y construye una maraña de vidas posibles, de recuerdos improbables, de dimensiones que se (con)funden, de imágenes borrosas y sentimientos más o menos intensos. El protagonista es Nemo Nobody, el último mortal sobre un planeta cuyos avances en el territorio de la medicina durante la segunda mitad del siglo XXI han permitido a la población alcanzar el beneficio (o el martirio) de la inmortalidad. Este hombre longevo, cuyo nombre presenta un juego de palabras no particularmente inteligente pero sí en cierto modo interesante (podría traducirse “Nadie Nadie”: el primer término desde el latín, y el segundo término del inglés), es sometido al aun más viejo tratamiento de la hipnosis para que, en los días previos a su inminente deceso, su memoria fluya. Sin embargo, las aguas de ese río comienzan a desbordarse, los recuerdos, las huellas mnémicas, los deseos frustrados y las viejas culpas se despliegan en poco más de dos horas de metraje. La hipnosis fuerza un vómito incontenible, la fusión biliar entre lo que fue y lo que no pudo ser: todo es mezcla, desaparece cualquier forma de definición, mientras ese montaje huidizo y juguetón se mueve pendularmente entre las vidas posibles.

Dejando al margen el chistoso guiño a la canción “Mr. Sandman” de The Chordettes, o ese desafortunado homenaje a Charles Foster Kane que se ve sobre todo en la expectativa (transmitida a la comunidad entera a la manera de un reality televisivo, como el Truman Show de Peter Weir) por las últimas palabras del último mortal sobre la tierra, Mr. Nobody es extremadamente hermética y para nada referencial. Su compleja estructura impone sus propias reglas de juego, obligando al espectador a adaptarse a ella, algo que ni debería darse por imposición, ni debería ser unidireccional. El cine puede proponer estructuras originales pero bajo ningún punto de vista puede forzarlas, ni mucho menos imponerlas. La adaptación debe darse de manera natural y tiene que ser recíproca: no sólo el espectador se acomoda a partir de los esquemas propuestos por el séptimo arte, sino que además estos esquemas deben pensarse en función de la audiencia. Basta solo un puñado de razones para que la audaz propuesta de Jaco Van Dormael tenga sentido. No obstante, uno puede cuestionarla desde su dimensión más elemental, que es la de los objetivos: ¿cuál es la finalidad de narrar las vidas posibles de un don nadie?

Es ahí donde surgen las discusiones, que cada tanto la crítica de cine agradece. ¿No es acaso superflua una obra tan centrada en lo estético, pero que en los esquemas argumentales incurre en un relativismo extremo cuya baza es un conjunto de realidades hipotéticas que apenas pueden sostenerse? En mi opinión es aun menos que superflua: es inútil, como pretender construir pirámides en los aires o muñecos de nieve en pleno verano tropical. Uno no puede condenar una obra por ser abstracta, pero de seguro puede condenarla por resultar abstracta cuando se empeña tan notablemente en ser significativa. ¿Ciencia ficción de ideas? Expediciones al Planeta Rojo pueden ser un motivo más que suficiente para hablar de ciencia ficción, pero el resto del sintagma queda desprovisto de toda explicación. La película es eso, es un holograma, una ilusión de pórticos bellos y lujosos, de ojos azules, de jardines verdosos, de amores adolescentes y vanos arrepentimientos, pero que al más mínimo manotazo se deforman y disuelven, hasta que la mano permanece quieta y la imagen intenta proyectarse sobre ella, con su macabra intención (la de todo director de cine) de dejar su marca. Pero la mano no puede quedar ahí todo el tiempo, porque es inútil buscar lo sólido en una farsa evanescente, ni buscar el significado de lo abstracto. No hay objeto en demostrar, a través de la obra de Jaco Van Dormael, si la metafísica es nihilista o si el nihilismo es metafísico, porque en ella todo, aun lo irreconciliable, va de la mano: la razón y el sentimiento, la vehemencia y la calma, la realidad y el sueño, el pasado y el futuro, el tiempo y el espacio. Todo es uno, y la unidad lo es todo, pero no es nada. No hay límite ni definición. No hay concepto.

Puntuación: 3/10 (Mala)