jueves, 25 de febrero de 2016

Brooklyn.



Crítica.
Brooklyn (2015)
Dir.: John Crowley.



Desde los tiempos de la conquista, el territorio americano ha sido considerado tierra de oportunidades. Es una idea que aún persiste en el imaginario colectivo del Viejo Continente y que el séptimo arte ha interpretado con mucho tino durante su larga historia. En la actualidad, el viaje a la tierra de los sueños aun constituye un tópico muy recurrente dentro del cine, pero no hay que perder de vista que el foco ha ido desplazándose hacia el norte. Si películas como El abrazo de la serpiente (C. Guerra, 2015) nos muestran la fascinación por los misterios del Amazonas, por los dones de la naturaleza y por la botánica en los albores del siglo XX, otras películas ambientadas en el siglo XX de la posguerra hacen notar cómo el interés se ha desplazado de la naturaleza a la ciudad, de lo tradicional a lo moderno y del sur al norte. Los horrores de la guerra han convertido al confort urbano en un ideal, mientras que la estabilidad laboral (y ya no la calidad del empleo) se convierte en un privilegio para los inmigrantes europeos en América. O mejor dicho, en Norteamérica.

No sería demasiado productivo hacer mención de todas las películas recientes que han narrado estas odiseas transatlánticas en busca de una vida mejor, porque son muchas. Sí vale la pena hacer una breve alusión a las mejores. Una de ellas es el musical A través del universo (J. Taymor, 2007), que con música de The Beatles y ambientada en la década del sesenta, muestra a un joven que viaja a los Estados Unidos para conocer a su padre y en donde además se enamora de una bella muchacha. La otra es Bailarina en la oscuridad (L. von Trier, 2000), un durísimo drama sobre una inmigrante checa que trabaja a doble turno en una fábrica en Estados Unidos. Aunque de todas, la más llamativa es Tierra de sueños, conocida también como En América (J. Sheridan, 2002), que se sitúa como antecedente inmediato de la obra que hoy nos convoca. Son dos producciones irlandesas con muchos puntos en común y personajes que comparten el sueño del progreso. Algo que, aparentemente, solo puede conseguirse del otro lado del océano.

En Brooklyn, un drama romántico situado en la década de 1950, una veinteañera llamada Eilis, que vive junto a su madre y a su hermana y que lleva una vida anodina, tiene la posibilidad de viajar sola a los Estados Unidos: le han conseguido un empleo, una universidad y una pensión. Pero al llegar, sólo siente tristeza y un vacío imposible de llenar, un sentimiento de nostalgia que la abruma. El desarrollo de este sentimiento es el punto fuerte de esta nueva película de John Crowley: hablar de la nostalgia no como un simple estado de ánimo, sino como una enfermedad. El idioma inglés tiene una gran ventaja: cuenta con la palabra perfecta para definirla. Ellos le llaman “homesickness” y le dan una especificidad que nuestro término “nostalgia” no tiene, remitiendo con ese término a la melancolía que genera estar lejos de casa. Como toda enfermedad, tiene sus síntomas, lleva su tiempo, tiene cura y en algún momento, como dice uno de los personajes, se va y pasa a ocupar el cuerpo de otra persona. Brooklyn puede definirse como un drama sobre las distintas fases de la nostalgia en la vida de una joven en tierras extrañas cuyas promesas no la satisfacen.

Luego está la porción de romance, indispensable para reforzar las emociones. El rostro de Saoirse Ronan, quien en Expiación (J. Wright, 2007) interpretó a una de las niñas más diabólicas de la historia del cine, acá resulta perfecto para transmitirlas, con una mirada que encandila, una gran dulzura, aunque el personaje en ningún momento se prive de mostrar su carácter fuerte. En su estadía americana conoce a un inmigrante italiano de baja estatura de quien se enamora rápidamente. Pero un llamado inesperado la obligará a retornar a Irlanda por un tiempo y, al volver, comienza a entablar una relación con otro muchacho que la desea sentimentalmente. En este punto Brooklyn decae, se vuelve mucho más convencional, llevando ese “drama sobre la nostalgia” al “drama de la mujer dividida en dos”, con dos hombres a ambos lados del océano, e incurriendo en un melodrama tibio con una solución algo forzada. A pesar de eso, el material de Colm Tóibin (autor del libro del que ha sido adaptada la película) tiene cosas interesantes, ya que no es el exclusivamente el amor lo que divide al personaje de Eilis, sino también el dolor y, sobre todo, la comodidad tentadora en una Irlanda que va dibujándose ante sus ojos con trazos diferentes a los que tenía antes de partir. Ya no es un sitio gris y aburrido como solía serlo, ahora es un amplio abanico de oportunidades. Eilis, entonces, debe elegir en consecuencia.

Brooklyn es una película pequeña, sencilla, inofensiva, destinada a pasar desapercibida por las salas oscuras del cine. Es una verdadera lástima, porque la simpleza no siempre es un defecto. Al contrario, y no hay que confundirse, esta obra cuenta con un libreto jugoso que reflexiona sobre las costumbres de la época, que habla con honestidad acerca de la nostalgia y que sirve como un retrato fiel a la esencia de un viaje iniciático. Pertenece a un estilo de películas que han dejado de hacerse hace mucho tiempo y que, aun cuando ofrecen un placer incomparable, pueden resultar anacrónicas. Es un viaje hacia la época dorada de Hollywood, hacia los grandes melodramas de mitad del siglo, que hallará un buen grupo de seguidores en aquellos que añoran un cine atravesado por las emociones y no por la política. La elegancia de la puesta en escena, su buen gusto y la química entre sus protagonistas dignifican una obra interesante.


Puntuación: 6/10 (Buena)