viernes, 23 de enero de 2015

Momentos de una vida.



Crítica.

Momentos de una vida (Boyhood).
Dir.: Richard Linklater.
Año: 2014.


El poder del cine es, hoy por hoy, prácticamente ilimitado. Permite que uno viaje a lo largo del espacio y del tiempo, se desplace en estos ejes en cuestión de uno o dos planos, se sumerja en la acción tanto mediante el magnetismo de una historia bien narrada como mediante la tecnología en tres dimensiones. Pero ante la pregunta '¿cómo se conserva la imagen del mundo?', la respuesta es bastante decepcionante: el espectador se lleva una sola impresión. Es que el rodaje de una película es cuestión de meses, a veces semanas, y el mundo no cambia demasiado, las personas mucho menos. A veces el maquillaje, los efectos especiales, hacen que el entorno se transforme, que esos hombres y mujeres envejezcan, pero uno puede ver debajo de las máscaras, de las extravagantes pelucas, a los mismos actores. Aunque una obra abarcara muchos años, el escenario real es el mismo: el equipo, esos héroes invisibles de la experiencia cinematográfica, esos hombres que día a día entregan su arte a una producción de la que muchas veces solo es recordado el director, son los que se encargan de complejizar las impresiones, de aportar dinamismo, de hacer que el paso del tiempo de la ficción atraviese la pantalla de manera tal que los espectadores verdaderamente lo crean. Pero es, desde luego, algo sumamente artificial. La magia del cine es un proceso creativo de grandes dimensiones, cuyas reglas uno conoce de antemano y acepta desde el momento en que paga por ver y dejarse llevar.

Sin embargo, Richard Linklater realizó dos grandes experimentos en su carrera que permitieron entender el tiempo de otra forma, sin artificios, con la pura verdad. Uno de ellos es el de la trilogía formada por Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes de la medianoche, que narraba la evolución del romance de una joven pareja a los veinte, a los treinta y a los cuarenta años. Estas películas se estrenaron en 1995, 2004 y 2013 respectivamente. Los nueve años pasaron para todos: para las generaciones que rieron y se emocionaron con aquella prometedora primera entrega, pero también para los personajes que retrataba y para los actores que se hallaban detrás, esforzándose por darle voz y movimiento a aquellas marionetas que creó el guionista a mediados de la década del noventa, y a las que siguió dando forma en las dos películas que siguieron con el aporte de los propios intérpretes en calidad de guionistas. Esto ofrecía la posibilidad de un paralelismo casi sin precedentes: así como el público envejecía, así lo hacían estos actores, que en una obra convencional hubieran permanecido eternamente jóvenes, estáticos, detenidos en el tiempo y en el espacio. 

El segundo de sus experimentos es el que interesa particularmente a propósito de este breve comentario, y es Momentos de una vida (Boyhood), su drama más reciente. Rodado durante casi cuarenta días distribuidos a lo largo de doce años (desde 2002 hasta 2013), sigue los cambios de un niño de seis años hasta el posible ocaso (imposible definirlo con entera certeza) de la adolescencia. Por su particular plan de rodaje, son los mismos actores que interpretan a lo personajes en las distintas etapas de su vida. Esta es una propuesta original, que encuentra su equivalente en las sagas cinematográficas que han sobrevivido más de una década, como Harry Potter, que toma a un puñado de personajes desde su tierna infancia hasta su prematura adultez, a un puñado de actores que se han hecho millonarios interpretándolos, y los hace interactuar a lo largo de varias películas. Pero las diferencias están a la vista: primero, porque es un mundo de fantasía (no se ve una verdadera evolución del mundo, como sí se ve en el físico de los intérpretes); segundo, porque son varios títulos (se asemeja más al caso de Antes del amanecer), y no uno solo como este. 

Desde su estreno en Berlín, Momentos de una vida cosechó un número de reconocimientos sumamente importantes, y hasta el día de hoy sigue recibiéndolos regularmente. Se trata de un experimento riesgoso, pues Linklater se arriesga a que la fatalidad destruya su película de un puñetazo salvaje. Con todo, el resultado se percibe positivamente: la naturalidad pretendida es finalmente un hecho, y está destinada a pasar a la historia como tal. El contexto cambia, uno lo siente en el aire, y no se necesitan referencias explícitas a las intervenciones de Estados Unidos en Irak o a las elecciones presidenciales que finalmente llevaron a Obama a convertirse en el primer presidente negro (aunque como en toda película políticamente correcta que aspira a ganar premios de la crítica/industria estadounidense,  estas referencias son imprescindibles). La evolución del entorno natural está más allá de lo explicable, es una sensación. Y ese es uno de los tantos puntos a favor que tiene este gran experimento cinematográfico, una máquina del tiempo que en tres horas ha convertido a la oruga en mariposa. Y así, en esas tres horas, han pasado doce años. Y en otras tres horas podrían pasar otros doce años, y así la vida pasa. 

Entonces llega el momento de pensar ese título, que es Boyhood (sería apropiado traducirlo como niñez), y no esa inesperadamente acertada traducción al español, Momentos de una vida, que nace indiscutiblemente de las impresiones que deja el filme. ¿Realmente habla Linklater de la niñez? Personalmente no estoy tan seguro. Hay algo que queda claro: su discurso busca trascender cualquier barrera, por lo que es probable que busque abarcar mucho más que la simple niñez. Y ciertamente Ellan Coltrane, ese infante devenido joven/adulto, es el protagonista. Pero no hay una indagación profunda en el proceso psíquico que implica la relación con los padres (imagen idealizada), los primeros indicios de la pubertad y la adolescencia. El libreto no dicta sentencia sobre la niñez y su verdadera importancia. Tampoco rescata momentos significativos de cualquier niño. Simplemente recoge imágenes, las ubica una detrás de la otra, y logra montar una cinta de casi tres horas en las que no ocurren cosas relevantes. Al menos nada relevante en el marco de una obra sobre la niñez. 

Pero es muy poco prudente decir que no ocurre demasiado, y es algo que muchos han dicho (me incluyo) luego de verla por primera vez. En realidad pasan muchas cosas: la vida, la cotidianeidad, las costumbres, el tiempo, las personas. Se trata de una niñez ordinaria, sin grandes sobresaltos fuera de una serie de mudanzas y de cuatro padrastros (esenciales para darle movimiento a una canoa estancada en el mar del tedio, bajo un cielo negruzco que sugiere posibles tormentas e insta a abandonar la sala de inmediato antes que sea demasiado tarde), o de un padrastro violento y alcohólico, sin dudas el momento más dramático (o sea, con mayor acción) de la película. Su problema es prometer una obra sobre la niñez y ofrecer finalmente una obra altamente pesimista sobre el paso del tiempo. Si el título hubiese sido más honesto, habría satisfecho aun mas al público, que por cierto ya está lo suficientemente satisfecho, tal como lo indican numerosos portales de la web. 

La preocupación de Linklater siempre fue el tiempo, y Boyhood es una enorme película sobre el paso del tiempo. La última escena de Patricia Arquette, unos cuatro o cinco minutos que asumen la responsabilidad (o la culpa) de que esta actriz haya recibido tantos galardones como mejor actriz, es la perfecta síntesis de todo lo antes dicho. Es preferible no hurgar en tales escenas porque analizar finales (o contarlos) puede resultar un poco desagradable. Pero es importante revisar lo que Arquette dice, vincular esas sentidas palabras con la experiencia cinematográfica que atraviesa el espectador, y apreciarlas a la luz del tiempo, el verdadero protagonista de la historia. Ni esa madre que se desvive por sus hijos, ni ese padre que intenta conquistarlos cada vez que los ve, ni esos padrastros desafiantes, ni esos dos niños protagonistas, cuyas ocurrencias son más o menos adorables, ninguno es protagonista. Porque el tiempo va más allá de los seres humanos, seres insignificantes perdidos en la inmensidad de la historia. Con todas sus imperfecciones, sus promesas incumplidas, su dilatado metraje, su final (probablemente escrito bajo los efectos de las mismas sustancias que le convidan al protagonista en la universidad), sus cuestionables alusiones políticas o esa dolorosa sensación de que nada ocurre, Linklater quería hacer una obra épica sobre el tiempo y lo consiguió. Eso es todo lo que hace falta saber.

Puntuación: 7/10 (Notable). 

1 comentario:

Esteban dijo...

Gran reseña.
La película es notable, por su filmación, la idea y por la simpleza de su argumento. Tan simple y dramático como la vida. Lo dice la Arquette en un momento "... tan sólo pensé que habría algo más". La vida misma en una linea.

Saludos!
Esteban
http://politocine.blogspot.com