sábado, 14 de febrero de 2015

Ida.




Crítica.

Ida.
Dir.: Pawel Pawlikowski.
Año: 2013.


El fanatismo religioso no es ninguna novedad en el cine de Pawel Pawlikowski. Quien recuerde aquella sombría obra británica Mi verano de amor, con una joven Emily Blunt entregada a la pasión por otra mujer, seguramente tenga en la memoria a aquel hermano ultracatólico que predicaba y paseaba una cruz gigante por la región, seguido por un montón de fieles. Ida retoma algunas de esas preocupaciones, puntualmente la del fanatismo por la religión, contextualizándola en Polonia durante la década de 1960. Un país que, como casi el resto de Europa, todavía no podía levantarse del todo. El comunismo había desplazado al nazismo, siendo Polonia el primer país ocupado por la Alemania Nazi en el marco de la Segunda Guerra Mundial. Pero de algún modo, fascismo y comunismo no habían podido solucionar los grandes problemas del país. 

En el medio de los escombros está Anna, una joven pelirroja a punto de convertirse en monja. Antes de hacerlo, la Madre Superiora la envía a conocer a su tía, Wanda, una mujer completamente distinta a Anna, más inclinada hacia los vicios y los placeres de la carne. El encuentro de Anna y Wanda desentierra un secreto familiar que las reúne en un viaje para conocerse entre ellas y, sobre todo, conocerse a sí mismas. Un secreto que lleva enterrado más de dos décadas, el tiempo que pasó desde la ocupación del país. Esta obra sencilla escapa a la fórmula clásica de personajes antagónicos (en este caso, tía y sobrina serían la Lucía y la Francisca), más propia de la comedia. Eso no quita que en medio de tanto drama, Ida tenga algún destello de humor inesperado. 

Es digno de destacar un ritmo pausado pero por lo general acertado y una fotografía en blanco y negro que opta por un formato de pantalla visto varias veces ya en el año (4:3) y unos deliciosos planos que, en su mayoría, enfocan a sus personajes por sobre sus hombros, ubicándolos sobre el margen inferior de la imagen. Los seres de mundo, ínfimos, perdidos en la inmensidad del espacio que la cámara capta, atenta a su belleza intrínseca. Luego están las dos actrices, Agata Trzebuchowska, una muchacha adorable, bellísima, y su tía, interpretada por Agata Kulesza, personaje cargado de intensidad, la voz cantante de una obra plagada de silencios. 

La obra aspira a un perfeccionismo estético, pero las feroces interpretaciones de las actrices tocayas, por buenas que sean, no son suficientes para transmitir demasiada emoción. Toda la búsqueda de la verdad se resuelve muy rápidamente, no da tiempo a la implicación emocional del espectador. Y esta odisea de a dos, circunscripta en un plan más grande (hablar de la religión, quizás criticarla), acaba perdiéndose en un mar de escenas sospechosas que hablan sobre la conducta pecaminosa que le fue vedada a Anna desde su más tierna edad. Presa en un convento, no ha podido conocer demasiado. Y Anna cede, por curiosidad o por furia (nunca queda del todo claro) a las tentaciones. Estas son las escenas más discutibles, por no decir tontas, en parte porque son una solución fácil, en parte porque no quedan debidamente explicadas, y en parte porque demuestran que el puente que comunica una historia (la del secreto mejor guardado) con otra (la monja que decide entender la naturaleza del sacrificio) puede caerse a pedazos. Hay lugar para las especulaciones: que conocer el pecado y explorar un lado oculto de uno mismo es la última fase de un proceso difícil que comenzó con la búsqueda de la verdad. Pero no se puede culpar a Ida por guardarse tantas respuestas, cuando hay tantos títulos celebrados por su capacidad para sugerir y no mostrar. Al contrario. Hay que verla como una obra interesante, a su manera; sencilla y bien hecha. No es el testimonio final sobre un tema delicado y explorado por el séptimo arte, tampoco el más revolucionario, pero sí un testimonio que es conveniente no dejar pasar.  

Puntuación: 6/10 (Buena)