jueves, 30 de julio de 2015

Hungry hearts.




Crítica.
Hungry hearts (2014)
Dir.: Saverio Costanzo.



A una década de rodar su fabulosa ópera prima Domicilio privado (Private, 2004), el cineasta italiano Saverio Costanzo arriba al Festival de Venecia con su cuarto largometraje, una tragicomedia con pinceladas de thriller psicológico que no se refiere al hambre como carencia en el plano espiritual, como sí lo hacen prácticamente todas las películas que hablan del tema, sino al hambre en el sentido técnico; es decir, digestivo: en un hambre que impide el crecimiento natural de los bebés o que impacta negativamente en los adultos, produciendo en ellos alteraciones neurobiológicas. Insiste en tomar el domicilio como unidad de acción y se centra en unos pocos personajes que intervienen en el conflicto, sobre todo un ingeniero y una embajadora que se conocen en el lugar más inesperado, dando origen a una especie de cuento de hadas con giros escatológicos (extraordinaria escena inicial en el baño público de un restaurante oriental), que luego se convierten en padres, y cuya relación poco a poco irá desgastándose a causa de una querella nutricional. A ellos dan vida Adam Driver y Alba Rohrwacher, quienes recogieron en el Festival sus sendos reconocimientos a la mejor interpretación del año. Con estas dos Copas Volpi en su haber, Hungry hearts se ha convertido en uno de los títulos más esperados en los círculos cinéfilos, una de las sorpresas en Venecia, con una trama irresistible y con la promesa de ver a esta gran actriz actuando tan bien como lo hace normalmente. Promesa cumplida con creces, para no perder la costumbre.

Ella es una madre sobreprotectora, está obsesionada con mantener a su bebé aislado en una especie de burbuja sin influencia del mundo exterior (la urbe neoyorquina, que vive como extranjera), como en Colmillo (Κυνόδοντας, 2009) de Giorgos Lanthimos, pero sin pensar tanto en la influencia psicosocial como en la influencia del entorno físico, con sus toxinas, sus malos hábitos y sus deplorables condiciones sanitarias. Tal es así que se rehúsa a salir de la casa con la criatura, sugiriendo que ese blindaje lo mantendrá limpio, y apoyando sus ideas radicales en la autodidaxia, de lo que se desprende un escepticismo respecto de las ciencias médicas. Además, es una firme defensora del veganismo, que impone en consecuencia al recién nacido. En contraste con su inflexibilidad, él es un simpático vegetariano, un ser racional, una cosa que piensa, que cree en la medicina y considera exagerado el encierro forzoso del bebé. Nota que los brotes febriles comienzan a hacerse más frecuentes y duraderos, y a espaldas de su esposa opta por llevarlo al médico. El pediatra le informa que, a sus siete meses de vida, el bebé está considerablemente por debajo de los niveles normales del desarrollo, su crecimiento está estancado. Él pronto descubrirá que la causa del conflicto está en las inusuales prácticas purificadoras que su esposa realiza incluso a escondidas, suministrándole un aceite que acelera el ritmo intestinal. Pero no todo es tan fácil como parece: ambos rechazan las posturas del otro y se enfrentan duramente. Él está dispuesto a que el niño ingiera proteínas a través de alimentos derivados de la carne. Ella sigue aferrada a sus ideas hasta las últimas consecuencias.

Costanzo adapta una novela de Marco Franzoso acentuando lo insólito y lo descabellado de esta querella, que convierte al matrimonio feliz en una relación basada en la desconfianza, en el desprecio, en el maltrato y en la violencia que genera la desesperación de ver cómo, en el medio de todo esto, está el niño en riesgo. El director/guionista juzga a sus personajes desde los comienzos de Hungry hearts. Es un juicio contundente, que se enfoca en la irracionalidad de la madre, una mujer psicótica, cada vez más ensimismada, rechazando el contacto con otros seres, y acorralada de vez en cuando por un extraño sueño recurrente, un juicio que se sostiene sobre la insanía de una mujer desprotegida, que no recibe el tratamiento psiquiátrico que corresponde porque ella misma se niega a ser tratada. Su esposo, en cambio, es visto como el ser de luz, un hombre que a pesar de ser vegetariano, y a pesar de estar en un inicio en desacuerdo con el consumo de carnes, comprende que cuando la salud de su hijo está en riesgo hay que saber ceder, dar uno o dos pasos al costado y hacer lo correcto. Todo muy esquemático, en las aristas de un maniqueísmo destructivo. Por suerte hay mucho más que un juicio: hay un gran planteo del autor de la novela y que Costanzo remarca como adaptador: desde el título, que está aludiendo a un hambre verdadero (a la falta de una buena alimentación como el gen causante de drásticas consecuencias en el desarrollo) hasta su incisiva mirada sobre las prácticas domésticas y el modo en que las convicciones de los padres muchas veces constriñen las libertades de los niños. Para decirlo de un modo un tanto más elegante, es cierto que los padres tienen la Patria potestas, pero se corre el riesgo de que el derecho legitime por esta vía, tal como se ve en Hungry hearts, un infanticidio. Sin ir a los extremos, puede verse la alimentación (consumo de carnes, tendencias al ovolactovegetarianismo o cualquier otra práctica alimenticia corriente) como uno de los tantos mecanismos en que los padres imponen un modo de vida a sus hijos: lo mismo ocurre con la religión (padres católicos que bautizan a sus hijos sin que estos tengan la plena conciencia de lo que hacen), con la política (niños criados en familias liberales, comunistas, etc.), incluso con el fútbol (desde chico, es normal que los padres compren camisetas de determinado equipo de fútbol). Y el uso del verbo imponer no es gratuito, sobre todo si se analiza estadísticamente en qué proporción estas prácticas se mantienen durante el resto de la vida y cuántas se abandonan. Nadie está en contra de que los padres ejerzan una influencia sobre sus hijos, pero sí que comprendan que ese hijo tiene derecho a conocer todo cuanto le rodea y a elegir en función de su experiencia vital.

El director ofrece una obra polémica, un tanto irregular, con muchos momentos únicos y originales, otros no tanto pero muy bien resueltos. Hay cosas verdaderamente incomprensibles (el manejo de la cámara en la segunda mitad de la película, con intentos de planos picados que deforman las proporciones del cuerpo humano) y otras que pretenden ser controversiales pero que pueden entenderse si el espectador es capaz de pensar como la madre: por ejemplo, su conducta inflexible, que muchos juzgarán como despiadada sin notar que no hay un ápice de maldad en sus acciones, solo la firme convicción, errónea a priori, de que está defendiendo la salud de su entorno familiar. Sin emitir ningún tipo de impresión sobre la resolución del conflicto, está claro que Hungry hearts aspira a ser discutida y desmenuzada cuidadosamente. Servida la controversia, solo queda admirar la astucia con la que Saverio Costanzo plantea el dilema y argumentar en consecuencia. Una película novedosa, incómoda, con tantos errores como aciertos, pero que encaja perfectamente con las inquietudes sociales de nuestros días, con las tendencias progresistas y los debates políticos en torno a las libertades individuales.  


Puntuación: 6/10 (Buena)

1 comentario:

Arion dijo...

A Adam Driver solamente lo conozco por la serie Girls, pero esta parece una película bastante interesante.

Saludos.