viernes, 3 de julio de 2015

Stratos.



Crítica.
Stratos (Το μικρό ψάρι, 2014)
Dir.: Yannis Economides. 




Cuando uno se propone estudiar la crisis económica reciente, que devastó los mercados europeos hace cosa de cinco años, no puede dejar de atender a sus consecuencias morales. La coraza que protegía el espíritu colectivo del pueblo griego fue descascarándose como resultado inevitable de la crisis, que generó incertidumbre y desesperanza, que obligó a reformularse aquellos axiomas, que eran redondos hasta que un día dejaron de serlo. Pero no es la economía el área donde se perciben mayormente los síntomas del deterioro, sino en la inversión (y a veces en la perversión) de los valores. Quizá por eso Stratos sea una película oportuna: porque se inscribe en un proceso de transición mucho más amplio y complejo, pero permite entenderlo en una dimensión clave como la moral, que es la dimensión que los estadistas pasan normalmente por alto.

El chiste con el título también es bastante explicativo. El personaje protagónico no es un asesino de élite, ni mucho menos ocupa una posición de jerarquía en el universo del crimen. No es lo que llamaríamos un pez gordo sino, contrariamente, uno de los pequeños (el título se traduce literalmente como “el pez pequeño” y puede interpretarse desde la oposición con los peces gordos de la nueva sociedad griega), de esos que podrían ser ejecutados en la vía pública sin que nadie se dé cuenta. La delgadez extrema imprime al personaje una sensación de imperceptibilidad, de escasa importancia. Y el mismo curso de los acontecimientos hace el resto: Stratos claramente es un don nadie, se mueve entre una panadería nocturna en la que gana un salario miserable y una cacería diurna que le permite matar gente y cobrar por ello, pero no para guardarse el dinero, sino para saldar una especie de deuda con un colega que ha quedado preso; saldo que, por otra parte, se invertirá en preparar la fuga de la prisión. El protagonista es eso, un hombre de servicios, un subordinado que obedece todo tipo de exigencia deontológica. Y es el deber el que lo guiará a tomar una serie de decisiones que lo pondrán en riesgo. O tal vez no. Después de todo, ¿qué riesgos puede correr una persona que brilla por su ausencia?

Por supuesto, a veces Giannis Oikonomides (o Yannis Economides, según la transliteración), director de la cinta, cruza la delgada línea que divide el cine moral y el cine moralista. Eso está claro en su relación con una familia vecina, que también ha contraído una cuantiosa deuda y que al parecer solo puede  saldarse a través de los servicios sexuales de la madre de familia (y, como se sugiere, a través de los servicios de una preadolescente). En este punto Stratos debe elegir entre una vana existencia o una determinación que lo convierta, o bien en hombre moralmente distinguido, o bien en hombre muerto. En cualquier caso, se trata de un hombre que todavía puede tomar decisiones, y que hace uso de su libertad en términos kantianos, orientada al devoir faire

Stratos ofrece una mirada inquietante y molesta sobre el estado de la sociedad griega en nuestros días. El director renuncia a la sutileza y se entrega a una reflexión tan ácida como incómoda, en la que la furia lo abarca todo. Una crítica furiosa al sistema de valores y a la condición humana, filmada desde lo bajo, desde lo desagradable (personajes con rasgos anti-estéticos, otros con defectos físicos), con un uso extremadamente vulgar del lenguaje y una fotografía cenicienta que advierte de entrada la falta de color y alegría en una radiografía de la miseria. Por supuesto, Stratos no sería lo que es si no fuera por su comodín: me refiero al juego entre el día y la noche, lo moral y lo amoral: en este universo “ficcional pero no tan ficcional”, los crímenes, la prostitución y la corrupción de menores tiene lugar en plena luz del día, mostrando la naturalización de lo bajo como estrategia para sobrevivir al naufragio económico; el trabajo digno, como la panadería, aparece planteado por la noche, y es constantemente menospreciado por sus personajes. ¿Para qué perder tiempo trabajando ahí, rodeado de brutos y ganando poco si se puede hacer mucho más dinero vendiendo el cuerpo? Y es ahí, en el establecimiento de una relación estrecha entre la economía y la moral, donde Stratos cobra vida, se re-semantiza y se convierte en otro de los grandes exponentes del nuevo cine griego: mordaz, despiadado, cínico y necesario.


Puntuación: 7/10 (Notable)