sábado, 27 de junio de 2015

Intensamente.




Crítica.
Intensamente (Inside out, 2015).
Dir.: Pete Docter, Ronaldo del Carmen.




El estreno de Intensamente (Inside out, 2015) en carteleras locales viene a comprobar lo que muchos sostenemos desde ya hace algún tiempo: el lugar de privilegio que ocupa la animación dentro de la producción cinematográfica global. La realidad, por cruel que parezca, ya nos ha demostrado que el cine en acción real (por supuesto, en términos generales: hay honrosas excepciones) ha decaído abruptamente en el período 2005-2015. Por otro lado, gracias a los invaluables aportes de Pixar y Ghibli, puede percibirse sin dificultades una tendencia cada vez más acentuada: que algunos trabajos singulares, tanto sea de la animación para adultos como del cine familiar/infantil, se cuelan siempre entre los favoritos de la crítica especializada. Es innegable que esto es producto de la circunstancia, del encuentro entre la ampliación del género de animación gracias a los procesos de tecnificación y la cerrazón sufrida por una live-action mucho más limitada. No hay una explicación clara de esto último, pero sí puede especularse con que, en términos de la producción cinematográfica cruda (y no de la post-producción, mucho menos de la distribución), la acción real es menos económica. La computadora, como expresión metonímica de toda la ingeniería creada en las últimas dos décadas, ha venido a "virtualizar" los universos pretenciosos de los grandes derrochadores de Hollywood, a hacer el trabajo sucio que antaño resultara no solo exhaustivo para los directores y actores sino también, en muchos casos, una inversión infructuosa para los productores.

El mayor problema que enfrenta la animación tiene que ver con las dificultades a la hora de definir un público al que dirigirse y, sobre todo, encontrar el tono adecuado para complacerlo. Marjane Satrapi lo supo con claridad, y su Persépolis (2007) fue pensada/adaptada a conciencia, con una madurez que fue plasmada con éxito en la gran pantalla. No hay que dejarse engañar: la animación y la inmadurez no siempre son grandes compañeras. Muchos trabajos notables de animación para adultos han sido producidos esta última década, de manera que sería poco prudente seguir sosteniendo que cualquier manifestación en acción no real es una idiotez absoluta. Es simplemente una forma alternativa de (re)presentación cinematográfica, una selección que obedece a factores estéticos, ideológicos e incluso económicos, y que poco tiene que ver con la calidad del producto definitivo. Si no, busquen a algún padre que haya concurrido al cine con su hijo a ver Ratatouille (2007) y pregúntenle si no sintió una emoción profunda durante los diez minutos finales. O a algún familiar que haya visto Up (2009), si no ha llorado de la angustia con la historia del huraño Carl y su esposa. Y ninguna de estas obras son animaciones para adultos en sentido estricto; por el contrario, están claramente dirigidas a los más chicos de la familia. La clave está en pensar que los niños no van solos a la sala, y que los padres tienen tanto derecho a disfrutar como sus hijos. En esa dirección, tal vez Pixar y Ghibli sean líderes porque complacen a ambos públicos por igual. Y cuanto mayor sea el equilibrio, la obra se vuelve más eficaz (lo que no significa, de ninguna manera, que se vuelva buena: insisto, hay animaciones para adultos con un nivel de excelencia que no necesita de la complacencia forzada hacia los infantes).

Sin más preámbulo, y entrando de lleno en el último producto Pixar, solo quedaría aclarar que Intensamente sigue la estela que dejó otra maravilla reciente, La gran aventura Lego (The Lego movie, 2014) pues combina, con un talento imposible de equiparar, la originalidad, la inteligencia, la emoción, la frescura y la gracia. Las referencias insólitas y casi izquierdistas que aparecen en Lego funcionan de igual manera en una película infantil, del mismo modo que las referencias constantes a la psicología logran articularse con el color, el humor e incluso el costado más amargo (incluso melancólico) de Intensamente. Y con esto debe quedar clara una cosa: nadie debe pretender una lección sobre lo onírico, ni sobre la dinámica del inconsciente, del mismo modo que nadie pretendía (al menos eso espero) que Chris Pratt leyera el Manifiesto Comunista en La gran aventura Lego. Simplemente se trata de tomar algunos hechos de la psicología, que son accesibles para cualquier ser humano que sea capaz de observar la conducta de quienes forman parte de su entorno, y con eso construir un esqueleto lo suficientemente sólido que permita sostener un argumento, en este caso, con una doble cara: por un lado, el drama de la niña cuya entrada a la pre-adolescencia coincide con una mudanza que cambia su vida para mal, que amarga progresivamente su existencia (pensemos que la palabra mudanza y mutación tienen la misma raíz léxica); por el otro, lo que ocurre en su cabeza, controlada por cinco criaturitas que representan cinco estados de ánimo y que por un "problema administrativo" sufren el extravío de dos de ellos: la alegría y la tristeza. Quedan el asco, el miedo y la ira, tres rasgos que se suelen asociar popularmente a la antipatía del adolescente tipo. Por supuesto, esto es mucho más complejo y enrevesado, pero de ningún modo ininteligible, puesto que el mismo montaje de la película va haciendo que las relaciones entre lo externo (el comportamiento) y lo interno (aquello que motiva dicho comportamiento) se tornen fáciles de asimilar.

Su éxito en el estreno en el Festival de Cannes, con el que Intensamente conquistó a la crítica internacional y al público en general, ya era síntoma de un retorno a los trabajos más aclamados de Pixar: Ratatouille, Wall-E (2008), la mencionada Up, y la trilogía Toy Story (1995, 1999 y 2010). Todos tienen en común el perfecto equilibrio entre un mensaje de gran madurez (desde la reflexión meteorológica hasta la crítica de la crítica) y una aventura lo suficientemente dinámica como para funcionar durante más de noventa minutos. Los adultos no dudarán en calificar a Intensamente como una gran película, por varios motivos: en primer término, porque lo es; en segundo, porque se puede notar que está dirigida en parte a ellos (muy acertada la decisión de algunos complejos cinematográficos que la estrenaron con versiones en idioma original y subtituladas); en tercer y último lugar, porque toca la fibra emocional de esos padres que tienen problemas para comunicarse con sus hijos. Ahora bien, mi pregunta, dicho todo esto, es: ¿cómo la recibirán los más pequeños?


Nadie duda de los esfuerzos de Pixar por no excluirlos del espectáculo: hay canciones, una explosión de colores indescriptible y un escenario estéticamente atractivo. Pero cualquier niño que no ha entrado a la adolescencia, que no ha adquirido conciencia de los sueños, ni de los estados de ánimo, ni el pensamiento abstracto, se puede sentir un extranjero en lo que aparentemente es su ámbito de especialidad: la animación. No necesariamente tiene que ser así: habrá quien logre dejarse llevar por el espíritu jovial de una producción bellísima como esta, atenta a los detalles, capaz de construir personajes memorables, de repetir motivos pero sin llegar al hartazgo (en la mayoría de los casos, al menos). Quizá sea demasiado madura para ser efectiva, y le resulte problemático conectar con todos los públicos que accedan a la sala oscura. Eso es posible, y amerita un detenimiento mayor. En última instancia, la eficacia y el valor son dos cosas absolutamente distintas. Lo primero puede ser discutido largamente; lo segundo, en cambio, parece ser bastante más evidente. Guste o no, Pixar ha logrado dar un salto enorme en lo cualitativo, tal vez el más grande desde esos cuarenta minutos de mutismo iniciales de Wall-E, que amenazaban con dinamitar las concepciones tradicionales que un niño podía tener sobre el cine infantil. Y con sus excesos y artificios no deja de ser un ejercicio cinematográfico sorprendente: la técnica al servicio de las ideas, y estas al servicio de la audiencia. Cuando la emoción se vuelve abrumadora y además colectiva, o cuando los espectadores de la sala han sido hechizados por esa magia que Pixar no ha perdido casi nunca, ni siquiera en muchos de sus trabajos más cuestionados, lo que queda es un sentimiento de admiración. Pete Docter, director de Up, toma de ella una estructura similar: dedica una parte introductoria a la historia de sus personajes principales, llena de emotividad y humanidad, y dedica el resto a la aventura del “regreso a casa”, que en Intensamente sería el regreso de las emociones (la alegría y la tristeza) al lugar donde pertenecen. Claramente funciona. Docter no solo dirige la primera gran película del año: probablemente se convierta en una de las mejores. 

Puntuación: 8/10 (Muy buena)