miércoles, 30 de marzo de 2016

El tesoro.



Crítica.
El tesoro (Comoara, 2015)
Dir.: Corneliu Porumboiu.



Uno de los episodios más traumáticos de la Guerra Fría tuvo lugar en territorio rumano. La República Socialista Rumana apenas pudo resistir tras la caída del Muro de Berlín hacia el final del año 1989. El cierre del capítulo no podría haber sido más intenso: la ejecución del dictador Nicolae Ceausescu y de su esposa se convirtió en una de las postales más recordadas de la derrota del comunismo antes de la disolución de la URSS y la reformulación del mapa político en Europa del Este durante la década del noventa. Los países de la región, sumidos en una profunda crisis que afectó no solo la economía y la política interna sino también el espíritu de pueblo, debieron acomodarse a las exigencias de una transición ideológica abrupta. Rumania, por su parte, fue levantándose poco a poco, dejando atrás una etapa oscura de su historia, pero siempre recurriendo a ella para hallar respuesta a las preguntas de una sociedad inquieta e incómoda.

La Nueva Ola de cine rumano reclama, como movimiento estético, reforzar el diálogo con el pasado traumático. Con poco más de una década, esta propuesta cinematográfica constituye uno de los grandes acontecimientos del séptimo arte y una de las experiencias más impresionantes del corriente siglo. La convergencia de una multiplicidad de voces nuevas y jóvenes (ninguno supera los cincuenta años) que desde el cine refieren ese pasado, o refieren un presente que sólo adquiere plena significación a la luz de ese pasado, dio origen a un fenómeno cultural cuya expansión mundial parecería no tener freno. El rasgo más curioso es cómo estos realizadores jóvenes abordan un pasado que, por ejemplo, en el caso del fin de la dictadura rumana, coincidió con sus años de adolescencia. A pesar de eso, todos muestran gran madurez y mesura, sin abandonar en ningún momento la mirada crítica sobre los efectos que tuvieron algunos sucesos de la historia reciente sobre las sociedades actuales.

Los festivales de cine europeos han recibido cálidamente a estos realizadores, como el ganador de la Palma de Oro Cristian Mungiu, el reciente ganador del Oso de Plata Radu Jude, el ganador del Oso de Oro Calin Peter Netzer, dos grandes artistas como Cristi Puiu y Catalin Mitulescu, y una de las grandes promesas del cine europeo, Corneliu Porumboiu. Este último se hizo conocido por su ópera prima, Bucarest 12:08 (2006), y desde entonces dirigió algunos largometrajes, entre los que se encuentra El tesoro, su más reciente obra. Entre la aventura y la comedia naïve (al menos en su superficie), esta película relata la búsqueda de un tesoro que emprenden dos vecinos que atraviesan dificultades económicas. Lo que parece ser una delirante empresa privada acaba tornándose de interés público, ya que las leyes establecen que todo aquello que se encuentre enterrado debe ser reportado inmediatamente a la policía, pudiendo ser considerado patrimonio nacional (por lo que, a sus propietarios, sólo les correspondería el 30% del valor total de lo que encuentren, sea lo que sea).

A veces una premisa que parece absurda puede conducir a punzantes reflexiones sobre el estado de las cosas y, cuando esto ocurre, el cine se hace más grande. Ese giro hacia el terreno de la ley, totalmente atravesado por la memoria (es decir, por la voluntad de recordar y de archivar aquello del pasado que no debe quedar enterrado ni en los jardines ni en el inconsciente colectivo), va más allá de la ridiculización de una burocracia onmipresente, incluso más allá del fetichismo de la conservación de objetos de valor: adjudica a la herencia cultural una importancia histórica para la redefinición de ese espíritu de pueblo. En definitiva, El tesoro no habla tanto de la búsqueda ni del hallazgo, sino del redescubrimiento de una nación olvidada, de un imaginario perdido. Hay una constante evocación de las viejas revoluciones, de las generaciones ancestrales, y de un legado que se legitima en esa genealogía compartida: legado cuyo rédito económico será puesto en discusión.

Esta es una dialéctica entre el pasado y el presente del pueblo, inspirada por la astucia de un realizador que no se conforma con las convenciones del género de aventuras (la ansiedad incontenible de los emprendedores, los extravagantes instrumentos de búsqueda, incluso la personalidad del hombre dedicado a la detección de metales, un sujeto que se mueve pendularmente entre un profesionalismo extremo y una firme convicción en su esperpéntico modus operandi), y que avanza hacia algo mucho más profundo, una tragicomedia sobre el pasado, el presente y el futuro de un país. Pero también ofrece una retórica jactanciosa respecto de esa literatura convencional (mejor dicho, convencionalizada) sobre búsquedas de tesoros, de una construcción mítica de cierto imaginario cultural que el testimonio y el arte han ayudado a formar. Sin ahondar en detalles reveladores de la trama, el ingenio del epílogo muestra que lo que se impone, en última instancia, es el relato arquetípico. Todo lo que queda en las orillas de lo convencional resulta ser poca cosa: sólo el hallazgo del oro garantiza el éxito de la empresa.

Puntuación: 8/10 (Muy buena)