domingo, 28 de febrero de 2016

La gran apuesta.



Crítica.
La gran apuesta (The big short, 2015)
Dir.: Adam McKay.




Parecía imposible que los caminos del novelista nipón Haruki Murakami y del realizador estadounidense Adam McKay se fueran a cruzar hasta que este último lo hizo posible. En su película más reciente, La gran apuesta, que logró entrar en la categoría principal de los Premios Oscar y convertirse en una de las favoritas para alzarse con el galardón, cita una frase extraída de la exitosa novela 1Q84: “Todos, en lo más hondo de sus corazones, están esperando el fin del mundo”. ¿Qué nos quiere decir con esto el novelista japonés o, mejor dicho, qué uso pretende darle este cineasta, tan famoso por sus comedias chabacanas? ¿Qué connotación puede llegar a tener tan apocalíptica sentencia en el marco de una tragicomedia sobre personas raras que detectaron anomalías en el sector inmobiliario, que intuyeron su inminente colapso y que decidieron apostar no solo en contra sino también en grande?

Desde que la crisis económica del 2008 tuvo lugar, comenzaron a estrenarse producciones alusivas a raudales. El impacto social y moral de la crisis fue insoslayable y acabó filtrándose incluso en aquellas películas que, en un principio, parecían tener poco o nada que ver con el tema. Para llevar estas historias a la gran pantalla, los cineastas recurrieron a un sinfín de estrategias. Los europeos, por ejemplo, eligieron una mirada más intimista, sacando amplia ventaja con una apuesta segura: describir sin tanto alboroto las consecuencias de la desocupación en la unidad familiar. Eso explica que la crítica cinematográfica use la palabra “valentía” para hablar de la nueva película de Adam McKay, una comedia dramática que apela a recursos didácticos e interactivos (al menos en tanto rompe la cuarta pared, dirigiéndose al público) y cuyo objetivo, al parecer, es masticar toda esa terminología tan elevada, críptica, y volverla accesible para que el común de la gente pueda entenderla y no sea estafada por aquellos que sí la manejan.

Una finalidad tan noble como la del director-guionista hace que ver La gran apuesta sea una cita obligada para cualquiera ya que, si bien lo económico no interesa a mucha gente, nadie puede decir que lo económico no le afecte. Pero hay que hacer una primera distinción: existen películas que son sencillas de entender, existen otras películas que son más complicadas, y finalmente un tercer grupo de películas naturalmente complicadas que emplean variados recursos para ser explicativas y no dejar dudas. La crítica insiste en ubicar a La gran apuesta en este último grupo, por ser una obra densa, agotadora, con segmentos incrustados en los que algunos famosos de dudosa reputación (como Margot Robbie dándose un baño de espuma o Selena Gómez jugando Blackjack) desarrollan, con pizcas de humor, algún tecnicismo que no queda claro. Los guionistas se conceden una posición privilegiada como los encargados de impartir conocimiento a una audiencia ignorante, a la que se refieren literalmente como imbécil. La gran broma de la película es esta: las economías son duras, los hombres que saben de finanzas son tiburones y harán lo que sea para destruir al otro, pero afortunadamente Adam McKay viene a alfabetizar a una población estúpida para que nunca más vuelva a ser burlada.

Es probable que haya algo de soberbia en esta postura, pero el espectador siempre tiene que recordar que La gran apuesta es una comedia cuyo humor es en el fondo bastante más idiota de lo que aparenta, y que el director hizo casi todas las películas malas que protagonizó Will Ferrell en su vida. Eso puede ayudar a superar la ofensa y hacer que uno piense que el cineasta, en lugar de hacer una “película difícil” y saturarla con elementos y rostros famosos que funcionan como glosario, debería replantearse su propia incapacidad para ser naturalmente comprensible y accesible sin la necesidad de tantos artificios. Desde luego, la decisión es del artista: cada uno tiene derecho a usar los recursos que se le antojen. Pero si el cineasta juzga la ignorancia de la audiencia, esta puede juzgar su incompetencia. Y ambos tendrán, en cierta medida, razón: los espectadores saben poco de economía, pero aun con Margot Robbie o Anthony Bourdain, gran parte de las personas que van a ver La gran apuesta sigue sin entender absolutamente nada.

Muchas de las quejas que ha presentado la gente luego de la proyección de la película tiene que ver con la velocidad de su montaje. Un notable trabajo de Hawk Corwin a cargo de la edición que, a pesar de algún que otro error de continuidad muy evidente (como esa especie de “Jenga” que se arma solo), logra darle dinamismo a un material muy pesado. Tal vez demasiado dinamismo. Es probable que la película vaya demasiado rápido y que el espectador se quede en el camino, pero lo que más irrita es que no se lleguen a distinguir las imágenes (y no me refiero a las que hablan de economía, sino a ese collage de fotografías que no tienen nada que ver con nada, como las de Bush, South Park y las marchas del orgullo gay). Está claro que Adam McKay quería representar, con La gran apuesta, el ritmo veloz e imparable de la economía mundial. Que tiene un ritmo vertiginoso es un lugar común que todo ser humano conoce, pero aun cuando su película consigue representarlo con éxito, habría que preguntarse si ese exceso de movimiento realmente vale la pena cuando se emplea a costa de la mitad de los espectadores.

A pesar de las críticas a un didactismo infructuoso, a una soberbia imposible de disimular y a un montaje exageradamente acelerado, hay dos verdades que no hay que pasar por alto. Primero, que la película realmente es valiente, más allá de sus numerosas y ya comentadas falencias, pues animarse a hacer comedias sobre finanzas (un sintagma que es contradictorio en esencia) es digno de reconocimiento. Y segundo, que la película presenta cosas que son muy interesantes. No me refiero solamente a la construcción de estos jugosos personajes, que nunca son arquetípicos, ni son héroes, y que se vuelven más atractivos cuanto más sinceros son (extraordinario personaje el de Michael Burry, al que da vida un Christian Bale con una interpretación de primera categoría que merece aplausos), sino también a la manera de plantear más preguntas que respuestas sobre la crisis, y de representar a la economía como una estructura cerrada y deshumanizada. Probablemente Brad Pitt, productor del filme y protagonista, desentone dándose a sí mismo el rol de ser humano bueno y compasivo que ya se había asignado en Doce años de esclavitud (S. McQueen, 2013): la escena del casino en Las Vegas, en la que interrumpe el obsceno festejo de sus dos compañeros para recordarles que apostar contra la economía implica que miles de personas quedarán en la calle y reducidas a la pobreza, es clave. Y sí, también es posible que esta dosis de humanidad hiciera falta para invadir los corazones del pueblo americano (y de tantos otros pueblos afectados por la crisis económica), pero hace ruido dentro de una totalidad que no muestra (ni tiene por qué) ninguna preocupación por lo que le sucede a la gente.

Dicho todo esto, ¿cuál es el lugar de la cita de Haruki Murakami en la película? Uno de los personajes principales dice una de las frases más inteligentes de todo el libreto, en la que expresa que las personas nunca ponen todas sus fichas en lo que no quieren que ocurra, de modo que uno, si decide apostar contra la economía, está poniendo poco en juego, pero abriendo la posibilidad de ganar en grande (si es que la economía finalmente colapsa como lo hizo). Si hay un punto en el que la película es verdaderamente precisa, es este: los especuladores financieros están esperando que el mundo arda sólo porque les conviene. Ahí se entrecruza la poética de Murakami y un buen recordatorio del cinismo de los seres humanos, y es ahí donde el director muestra que puede ser igual de cínico, ácido y original sin valerse de un humor tonto y para tontos. Esta película está lejos de ser desdeñable y demuestra que para hacer una gran apuesta a veces no basta con ser un visionario: también es imprescindible una gran inteligencia y mucha suerte. Es posible que Adam McKay sea un visionario del séptimo arte y que su obra funcione: ha tenido una acogida notable y tiene unos cuantos defensores. Queda en uno juzgar su inteligencia y esperar que la suerte esté de su lado.


Puntuación: 4/10 (Regular)