jueves, 29 de enero de 2015

St. Vincent.




St. Vincent.
Dir.: Theodore Melfi.
Año: 2014.


Una de las fórmulas que más han triunfado dentro del género cómico es la del viejo cascarrabias que debe soportar a alguien más joven, con hábitos y costumbres distintas a las suyas. Pero curiosamente, dos de los casos más emblemáticos del cine reciente, que aportan una comicidad considerable, pertenecen no obstante a otros géneros: el primero de ellos es Gran Torino, sobre la relación entre un veterano de la guerra de Corea y su vecino, de origen asiático, un joven ladronzuelo sin malas intenciones; el segundo es Up: una aventura de altura, película animada infantil/familiar de Pixar con cierta nostalgia y un estilo tan maduro que no parece propio de la comedia, aunque en algún punto lo sea. La convivencia va haciendo que se conozcan en profundidad uno al otro, que enfrenten las hostilidades del mundo exterior uniéndose y que, al final, se conviertan en amigos. Se trata de una fórmula que funciona, y más cuando las personalidades son tan opuestas: desde el ogro y el burro en Shrek hasta esa insólita y sobrevalorada comedia francesa Amigos intocables. La magia consiste en hacer a uno extremadamente huraño y al otro extremadamente insoportable. Con estos ingredientes, la comedia del viejo cascarrabias está servida. 

Hay películas mejores que otras pero, por alguna razón, el público las recibe con los brazos abiertos. Mucho más si está protagonizada por Bill Murray, uno de los rostros monumentales del séptimo arte. Un actor nacido y criado para darle vida a este tipo de personajes de pocas palabras, algunos gruñidos y múltiples gestos despreciativos acerca de lo que lo rodea. Pero St. Vincent tiene más que a Murray: tiene un elenco que funciona de verdad, y que, por tonta que parezca la expresión, funciona como elenco: algo sorprendente, pues normalmente un elenco funciona como suma de actuaciones. Está la actriz cómica Melissa McCarthy encarnando a una madre soltera y trabajadora que no puede hacerse cargo de su hijo y que, además, tiene una difícil relación con su ex-esposo; está la actriz dramática Naomi Watts, que a la inversa sorprende interpretando a una dama de la noche embarazada, de nacionalidad rusa, absolutamente desopilante. Y está ese milagroso intérprete, un completo desconocido destinado a las grandes ligas, un tal Jaeden Lieberher que logra ponerse a la par de una leyenda como Murray y, en un ácido tête-à-tête, amenazarle con robarle la función en cada escena.

El guión y la puesta en escena son muy sencillos y, en conjunto, no ofrecen demasiada sustancia para el análisis. Es de esas comedias ligeras, emotivas, con un toque de drama y actuaciones memorables. Tal vez un poco predecible, al menos en lo que respecta a su título y a cómo alcanza una importancia fundamental en la resolución de la trama, pero nada demasiado grave que arruine la experiencia. Después de todo, estas pequeñas y agradables feel-good-movies no aparecen todos los días, y cuando lo hacen, consiguen ganarse un lugar en el corazón de la audiencia. Si no, vean cómo esos clásicos viejos cascarrabias antes nombrados han quedado anclados en la memoria colectiva, referentes absolutos para directores jóvenes como Theodore Melfi, otra promesa para un género cada vez más devaluado. 

Puntuación: 6/10 (Buena)

1 comentario:

Esteban dijo...

Le tengo muchas ganas a esta película, espero verla pronto. No leí demasiado de la reseña para no saber de ella ...pero volveré. Lo que si, hace rato que Murray está pegado en esos papeles de viejo inexpresivo no?

Saludos!
Esteban
http://politocine.blogspot.com