sábado, 4 de abril de 2015

Leviathan.




Crítica.

Título: Leviathan (Левиафан)
Dir.: Andrei Zvyagintsev.
Año: 2014.



Los amaneceres en las películas son la transición a una nueva fase en la vida de las criaturas cinematográficas, una renovación del espíritu tanto individual como colectivo. Eso lo saben muy bien los directores de fotografía, que captan la belleza inigualable del cielo durante la salida del sol en los momentos precisos. Así lo entendió recientemente Hoyte van Hoytema, cuyo trabajo en la fotografía de la obra maestra de Spike Jonze Ella no quedó exento de este tópico: el plano final es la garantía del renacer, del "pasar a otro tema", ese espacio en blanco que hay entre palabra y palabra o entre tecnología y tecnología; es, en síntesis, lo nuevo, el porvenir. Dicho uso del amanecer ya ha sido oportunamente analizado en la crítica del filme de Spike Jonze, y su mención aquí sirve tan solo a modo de ejemplo. Introducida esta cuestión, no puede dejar de remarcarse el sobresaliente trabajo de Mikhail Krichman, director de fotografía de Leviathan, producción rusa estrenada esta semana en cines argentinos. La obra comienza con unas bellas postales del norte ruso durante el amanecer, con un fragmento del preludio del Akhnaten de Philip Glass musicalizando las imágenes. No hay acción y el único movimiento perceptible es el de las aguas del mar de Barents apenas agitándose. El resto es soledad, aislamiento, silencio y ruina, elementos habitualmente presentes en las películas de Andrei Zvyagintsev, director del filme. Se trata de un inicio magistral que sumerge de lleno a la audiencia en la desolación del lugar, con la promesa de que ese amanecer suponga un cambio radical en la vida de sus protagonistas. 

El cine de este gran director ruso, para muchos heredero de Tarkovski, para otros simplemente un admirador de Tarkovski pero con estilo propio y enormes capacidades, es complejo en varios niveles. Zvyagintsev está atento al lenguaje fotográfico, que traduce los sentimientos de los personajes. Sus largos planos hablan por sí solos, como en Izgnanie/The banishment, uno de sus títulos más redondos y más logrados en términos artísticos. Normalmente deja que ese lenguaje tenga mucho más peso que los diálogos entre personajes, bastante escasos. Eso ha hecho que el mercado occidental (o para ser más justos con el término, el mercado americano) no haya recibido debidamente el cine del director. Sus otras dos películas, El regreso y Elena han pasado por algunas salas sin pena ni gloria, cosa bastante lamentable sobre todo en el primer caso, el de su ópera prima, que es por lejos su mejor película y una de las obras maestras fundamentales del siglo XXI. Pero Leviathan, con sus conflictos universales, su temática política, su costado jurídico y su descripción de la desintegración familiar, sumados al incansable diálogo entre sus miembros y a los destellos de humor corrosivo y mordaz, ha logrado una aceptación notoria en los Estados Unidos, país en el que obtuvo, entre otros reconocimientos, el prestigioso Globo de Oro que anualmente otorga la asociación de prensa extranjera. 

Pero la complejidad de su cine no atraviesa exclusivamente aspectos de estilo sino, además, rasgos psicológicos en la configuración de los personajes, que viven en silencio, sufren en silencio y estallan en silencio. Hay una gran oscuridad en las interacciones familiares, una ausencia casi total del afecto. Predominan los núcleos familiares que, por causas tanto internas como externas, entran en tensiones insostenibles que desembocan en lugares no deseados. En Leviathan confluyen factores de ambas clases. La causa interna es el vínculo poco afectuoso (o muy agresivo) entre el niño y la actual pareja de su padre, que se debe naturalmente a las dificultades de adaptación del nuevo esquema familiar, que ya no incluye a la figura de la madre sino a otra mujer. La causa externa es precisamente la que da nombre al filme: la presencia intimidante del alcalde que hostiga a la familia para apropiarse de su terreno, demoler la casa y edificar allí. El patriarca, Kolya, inicia un proceso judicial contra la autoridad máxima de su pueblo. Invita a un abogado amigo de Moscú a quedarse un tiempo y ayudarlo con el proceso, aunque desde un comienzo uno intuye que verdaderamente no hay mucho que hacer. El alcalde es un hombre bajo y gordo, bastante vulgar, siempre ebrio (de poder o de alcohol: en algún punto ambas adicciones son igual de peligrosas), con estupendas relaciones con la iglesia y demás organismos de poder; no es ni más ni menos que un corrupto, o dicho de otra manera, el representante de la ciudadanía. 

La crítica a la iglesia y a la política hizo que el Ministerio de Cultura Ruso, que financió parcialmente y sin titubeos la obra del cineasta actual más importante del país, se arrepintiera luego de haberlo hecho: más de un dirigente político se enfureció tras ver Leviathan, película que no consideran que refleje la realidad de la gestión de Vladimir Putin. El resultado: fue estrenada en cines selectos y con escenas censuradas, pero amada por un gran sector de la población que supo valorar la osadía de mostrar la cruda realidad sociopolítica. Zvyagintsev aclaró que no pretendía hablar de la política de un país sino de la corrupción universal. La escena en que un grupo de hombres beben vodka y disparan a un montón de retratos de antiguos líderes soviéticos (uno de ellos incluso pregunta si no hay un retrato de algún líder ruso contemporáneo) es defendida por el cineasta bajo el pretexto de ser una escena humorística para que los casi ciento cincuenta minutos de duración no sean tan duros. Y en esto tiene razón: si hay algo que le sobra a Leviathan es dureza y crudeza. Pero va mucho más allá de la reflexión política (que sigue la línea del Leviatán de Hobbes y usa la misma metáfora del Leviatán bíblico para aludir a una criatura, el Estado, que lo devora todo), y se centra en cómo este paradójico proceso judicial, este laberinto sin salida, activa el irreversible resquebrajamiento de la unidad familiar, o lo poco que quedaba de ella. En este punto, quien haya visto Izgnanie, notará similitudes elementales. Con todo, no deja de ser una mirada singular acerca de cómo los agentes externos tienen la fuerza suficiente para arrasar con los seres vulnerables, más aun cuando a estos últimos no los gobiernan ni la unión ni la concordia. 

Sobre todo lo controversial que puede ser el más reciente filme de un magnífico cineasta como Andrei Zvyagintsev, la experiencia que supone verlo es devastadora en el mejor de los sentidos. Porque en esos paisajes solitarios y en esos recintos donde se enriquecen los más sucios burócratas está la clave para generar en el espectador muchos sentimientos, desde la satisfacción que producen los pequeños triunfos hasta la impotencia que genera la lucha desigual entre un líder político y un indefenso civil. Un extraordinario trabajo de dirección, un libreto notable y un elenco más que efectivo son algunos de los tantos atractivos que convierten a Leviathan en uno de los títulos imprescindibles del año. Tal vez los amaneceres de Mikhail Kirchman no sean como el resto de los amaneceres, faros de esperanza alumbrando los rincones más sombríos de la naturaleza humana; del mismo modo el cine de Zvyagintsev no se parece a nada, ni siquiera al cine de Tarkovski, al que por supuesto guiña sin disimulo. Dicho todo esto, de principio a fin y por muchos motivos, una película inigualable e imprescindible. 

Puntuación: 8/10 (Muy buena)