viernes, 5 de febrero de 2016

El renacido.



Crítica.
El renacido (The revenant, 2015)
Dir.: Alejandro G. Iñárritu.



“Todos somos salvajes” (On est tous des sauvages) es una aserción valiente y distintiva dentro del cine sobre la conquista y que, del mismo modo que Lars von Trier lo hacía con el “Werwolf” de Europa (1991), agudiza la mirada sobre la crueldad humana. Las circunstancias son las mismas tanto en la película de von Trier como en El renacido, la más reciente producción del realizador mexicano Alejandro G. Iñárritu: en el marco de un conflicto étnico, el terror se expande y la sociedad busca depurarse. La distancia entre el antisemitismo del Werwolf y el genocidio de las comunidades nativas en el continente americano es mínima y apenas perceptible. No es casual que los cadáveres que cuelgan en ambas producciones sostengan un cartel cuyas leyendas exhiben una de las cualidades más extraordinarias del ser humano: el arte de devorar al prójimo.

El discurso progresista de nuestros días ha hecho estragos en la representación del genocidio contra las poblaciones amerindias, llevándolo en muchos casos al más nocivo de los reduccionismos: un maniqueísmo que se empeña en dividir a los hombres entre buenos y malos. El renacido evita caer en la tentación y realiza una operación fundamental que sirve como punto de partida: igualar a los mortales (franceses, americanos blancos, americanos nativos) y rebajarlos al infierno de la crueldad. Abordar el conflicto intercultural con un tratamiento parejo (ya sea para defender lo propio o para tomar lo ajeno, todos somos caníbales por naturaleza) permite superarlo sin dificultad, dejar atrás el enfrentamiento entre blancos y nativos para centrarse en la tragedia particular de Hugh Glass, un expedicionario dedicado a la caza de animales y al comercio de pieles que fue traicionado por algunos de sus compañeros y enterrado vivo tras el brutal ataque de una osa que lo dejó gravemente herido. Una traición que, a la manera del Conde de Montecristo, solo puede resolverse con una venganza.

La gran protagonista de El renacido es la naturaleza, voraz e imprevisible, tan atractiva en la superficie y tan peligrosa cuando se la observa con mayor detenimiento. Es una belleza cautivante pero quimérica, la versión más perfecta del sueño americano que un prófugo como Glass podía concederse y el manantial más prometedor para un ambicioso Fitzgerald, antagonista y traidor. Luego está la decepción: la mansedumbre del pueblo nativo es una anécdota mal contada o un chiste de mal gusto, y la fraternidad de los hombres blancos es mucho más frágil de lo que cualquier misántropo pudo imaginar alguna vez. El primer acto introduce a la naturaleza vertiginosamente, con acción trepidante y momentos que rozan el gore, para desencadenar en un tramo intermedio donde reina la contemplación. Para ello, nadie mejor que Emmanuel Lubezki, director de fotografía, captando con luz natural esos escenarios paradisíacos manchados por la inmundicia de los hombres. Una naturaleza desnuda, desprovista de Dios, que hiere y que sana, que da y que quita, y que es capaz de transformar a los hombres que son capaces de verla y oírla en su máximo esplendor, no solo en su belleza, sino también en el dolor que puede infligir su magnificencia.

Alejandro G. Iñárritu logra transformar el libreto más sencillo con el que ha trabajado durante su carrera en un agobiante ejercicio de estilo, de a ratos violento y difícil de soportar, pero siempre consciente de las enormes posibilidades de la representación. Definitivamente es una de las obras más redondas desde el punto de vista técnico y las condiciones en que fue rodada no hacen más que asignarle un valor extra a la arriesgada labor del realizador. El renacido apela directo a las entrañas del espectador, al sentimiento. Es por eso que su apatía resulta tan llamativa: hay una tragedia terrible en esa paternidad que se desgrana, pero la belleza de la naturaleza abruma, es la que transmite emoción y sobre la que recae el interés del drama. El acto final puede llegar a resultar más intrigante por el “cómo se cuenta” y no tanto por el “qué sucede”: el perfeccionismo arrasa con todo y, para fortuna de la audiencia, el clímax final tiene una ejecución impecable. Si esperaba un final épico a la altura de todo lo demás, El renacido no haría sino colmar sus expectativas y aun más. Un punto de intersección curioso entre dos grandes maestros de la dirección, el escenario blanco y rojo en el que Alejandro G. Iñárritu y Quentin Tarantino estrechan manos, en una remembranza alucinante de la pelea final en La casa de las hojas azules.


“Todos somos salvajes” es una verdad irrevocable hasta que la naturaleza ejerce su influencia sobre los hombres, permitiéndose alterar su esencia. O, al menos, eso deja ver el personaje de Hugh Glass, para quien “la venganza está en las manos de Dios, no en sus manos” (ese Dios que estuvo ausente durante la masacre, pero que está en algún lugar). El personaje pasa de ser un renacido a un redentor, que en cierta medida libera al traidor dejando su pecado en manos de la justicia suprema. Ahí es donde el “Todos somos salvajes” empieza a tambalearse, porque brota la piedad en el lugar menos esperado. Algunos podrán pensar que es inverosímil, pero si se detienen a pensar en cómo ha circulado la noticia del feroz ataque sufrido por el verdadero expedicionario hace dos siglos, quizá concluyan en que esto no necesariamente haya sido así. Es muy posible que todos seamos salvajes después de todo y que en su momento no hubiera sitio para la piedad. Pero también es posible lo contrario. Hugh Glass es quien mantiene viva la anécdota y es la causa de que la conozcamos de esta manera: ofrece una versión o interpretación de la realidad. Y El renacido es una interpretación de esa interpretación. Eso la hace fascinante: la evidente mediación de Hugh Glass en la pervivencia de la historia, y la también evidente mediación de Alejandro G. Iñárritu, uno de los pocos artesanos extranjeros que ha adoptado Hollywood sin arrebatarle su enorme personalidad como realizador.

Puntuación: 7/10 (Notable)  

1 comentario:

Veroka dijo...

No me gustó, me pareció inverosimil, ya cuando cae arriba de los pinos, se me escapó una carcajada: Que mas le podía pasar? Muy buena fotografia y bellos paisajes, ah! Y muyyyy largaaaaa...