Crítica.
La gran apuesta (The big short, 2015)
Dir.: Adam McKay.
Parecía imposible que los caminos del
novelista nipón Haruki Murakami y del realizador estadounidense Adam
McKay se fueran a cruzar hasta que este último lo hizo posible. En
su película más reciente, La gran apuesta, que logró entrar en la
categoría principal de los Premios Oscar y convertirse en una de las favoritas para alzarse con el galardón, cita una frase extraída de la exitosa novela 1Q84: “Todos,
en lo más hondo de sus corazones, están esperando el fin del
mundo”. ¿Qué nos quiere decir con esto el novelista japonés o,
mejor dicho, qué uso pretende darle este cineasta, tan famoso por
sus comedias chabacanas? ¿Qué connotación puede llegar a tener tan
apocalíptica sentencia en el marco de una tragicomedia sobre
personas que detectaron anomalías en el sector inmobiliario,
que intuyeron su inminente colapso y que decidieron apostar no solo
en contra sino también en grande?
Desde que la crisis económica del 2008
tuvo lugar, comenzaron a estrenarse producciones alusivas a raudales.
El impacto social y moral de la crisis fue insoslayable y acabó
filtrándose incluso en aquellas películas que, en un principio,
parecían tener poco o nada que ver con el tema. Para llevar estas
historias a la gran pantalla, los cineastas recurrieron a un sinfín
de estrategias. Los europeos, por ejemplo, eligieron una mirada más intimista, sacando amplia ventaja con una apuesta segura: describir sin tanto alboroto las consecuencias de la desocupación en la unidad familiar. Eso explica que la crítica
cinematográfica use la palabra “valentía” para hablar de la
nueva película de Adam McKay, una comedia dramática que apela a
recursos didácticos e interactivos (al menos en tanto rompe la
cuarta pared, dirigiéndose al público) y cuyo objetivo, al parecer,
es masticar toda esa terminología tan elevada, críptica, y volverla
accesible para que el común de la gente pueda entenderla y no sea
estafada por aquellos que sí la manejan.
Una finalidad tan noble como la del
director-guionista hace que ver La gran apuesta sea una cita obligada
para cualquiera ya que, si bien lo económico no interesa a mucha
gente, nadie puede decir que lo económico no le afecte. Pero hay que
hacer una primera distinción: existen películas que son sencillas de
entender, existen otras películas que son más complicadas, y finalmente
un tercer grupo de películas naturalmente complicadas que emplean
variados recursos para ser explicativas y no dejar dudas. La crítica
insiste en ubicar a La gran apuesta en este último grupo, por ser
una obra densa, agotadora, con segmentos incrustados en los que
algunos famosos de dudosa reputación (como Margot Robbie dándose un
baño de espuma o Selena Gómez jugando Blackjack) desarrollan, con
pizcas de humor, algún tecnicismo que no queda claro. Los guionistas
se conceden una posición privilegiada como los encargados de
impartir conocimiento a una audiencia ignorante, a la que se refieren
literalmente como imbécil. La gran broma de la película es esta:
las economías son duras, los hombres que saben de finanzas son
tiburones y harán lo que sea para destruir al otro, pero
afortunadamente Adam McKay viene a alfabetizar a una población
estúpida para que nunca más vuelva a ser burlada.
Es probable que haya algo de soberbia
en esta postura, pero el espectador siempre tiene que recordar que La
gran apuesta es una comedia cuyo humor es en el fondo bastante más
idiota de lo que aparenta, y que el director ha hecho casi todas las
películas malas que protagonizó Will Ferrell en su vida. Eso puede
ayudar a superar la ofensa y hacer que uno piense que el cineasta, en
lugar de hacer una “película difícil” y saturarla con elementos
y rostros famosos que funcionan como glosario, debería replantearse
su propia incapacidad para ser naturalmente comprensible y accesible
sin la necesidad de tantos artificios. Desde luego, la decisión es
del artista: cada uno tiene derecho a usar los recursos que se le
antojen. Pero si el cineasta juzga la ignorancia de la audiencia,
esta puede juzgar su incompetencia. Y ambos tendrán, en cierta
medida, razón: los espectadores saben poco de economía, pero aun
con Margot Robbie o Anthony Bourdain, gran parte de las personas que
van a ver La gran apuesta sigue sin entender absolutamente nada.
Muchas de las quejas que ha presentado
la gente luego de la proyección de la película tiene que ver con la
velocidad de su montaje. Un notable trabajo de Hawk Corwin a cargo de
la edición que, a pesar de algún que otro error de continuidad muy
evidente (como esa especie de “Jenga” que se arma solo), logra
darle dinamismo a un material muy pesado. Tal vez demasiado
dinamismo. Es probable que la película vaya demasiado rápido y que
el espectador se quede en el camino, pero lo que más irrita es que
no se lleguen a distinguir las imágenes (y no me refiero a las que
hablan de economía, sino a ese collage de fotografías que no tienen
nada que ver con nada, como las de Bush, South Park y las marchas del
orgullo gay). Está claro que Adam McKay quería representar, con La
gran apuesta, el ritmo veloz e imparable de la economía mundial. Que
tiene un ritmo vertiginoso es un lugar común que todo ser humano
conoce, pero aun cuando su película consigue representarlo con
éxito, habría que preguntarse si ese exceso de movimiento realmente
vale la pena cuando se emplea a costa de la mitad de los
espectadores.
A pesar de las críticas a un
didactismo infructuoso, a una soberbia imposible de disimular y a un
montaje exageradamente acelerado, hay dos verdades que no hay que
pasar por alto. Primero, que la película realmente es valiente, más
allá de sus numerosas y ya comentadas falencias, pues animarse a
hacer comedias sobre finanzas (un sintagma que es contradictorio en
esencia) es digno de reconocimiento. Y segundo, que la película
presenta cosas que son muy interesantes. No me refiero solamente a la
construcción de estos jugosos personajes, que nunca son
arquetípicos, ni son héroes, y que se vuelven más atractivos
cuanto más sinceros son (extraordinario personaje el de Michael
Burry, al que da vida un Christian Bale con una interpretación de
primera categoría que merece aplausos), sino también a la manera de
plantear más preguntas que respuestas sobre la crisis, y de
representar a la economía como una estructura cerrada y
deshumanizada. Probablemente Brad Pitt, productor del filme y
protagonista, desentone dándose a sí mismo el rol de ser humano
bueno y compasivo que ya se había asignado en Doce años de
esclavitud (S. McQueen, 2013): la escena del casino en Las Vegas, en
la que interrumpe el obsceno festejo de sus dos compañeros para
recordarles que apostar contra la economía implica que miles de
personas quedarán en la calle y reducidas a la pobreza, es clave. Y
sí, también es posible que esta dosis de humanidad hiciera falta
para invadir los corazones del pueblo americano (y de tantos otros
pueblos afectados por la crisis económica), pero hace ruido dentro
de una totalidad que no muestra (ni tiene por qué) ninguna
preocupación por lo que le sucede a la gente.
Dicho todo esto, ¿cuál es el lugar de
la cita de Haruki Murakami en la película? Uno de los personajes
principales dice una de las frases más inteligentes de todo el
libreto, en la que expresa que las personas nunca ponen todas
sus fichas en lo que no quieren que ocurra, de modo que uno, si
decide apostar contra la economía, está poniendo poco en juego,
pero abriendo la posibilidad de ganar en grande (si es que la
economía finalmente colapsa como lo hizo). Si hay un punto en el que
la película es verdaderamente precisa, es este: los especuladores
financieros están esperando que el mundo arda solo porque les
conviene. Ahí se entrecruza la poética de Murakami y un buen
recordatorio del cinismo de los seres humanos, y es ahí donde el
director muestra que puede ser igual de cínico, ácido y original
sin valerse de un humor tonto y para tontos. Esta película está
lejos de ser desdeñable y demuestra que para hacer una gran apuesta
a veces no basta con ser un visionario: también es imprescindible una
gran inteligencia y mucha suerte. Es posible que Adam McKay sea un
visionario del séptimo arte y que su obra funcione: ha tenido una
acogida notable y tiene unos cuantos defensores. Queda en uno juzgar
su inteligencia y esperar que la suerte esté de su lado.
Puntuación: 4/10 (Regular)



