jueves, 19 de febrero de 2015

Selma, de Ava DuVernay


Crítica.

Selma.
Dir.: Ava DuVernay.
Año: 2014.


Cuando hace algunos años Daniel Day-Lewis se llevaba el Oscar por interpretar al presidente de los Estados Unidos Abraham Lincoln, muchos votantes dijeron que optaron por este brillante actor ya que, cuando lo escuchaban, sonaba como el mismísimo presidente. Ninguno de estos miembros de la industria escuchó jamás hablar a Lincoln. Sin embargo, lo que quisieron decir, es que la presencia de Day-Lewis en pantalla era tan significativa, que cualquier cosa que dijera era creíble. Ahí radica la magia de una brutal actuación: le hizo creer a la audiencia que así sonaban los discursos del político. Unos años más tarde llegaría Selma, una oportunidad única e irrepetible para David Oyelowo, un actor sin dudas muy bueno y poco reconocido. Y su personaje protagónico no sería ya Abraham Lincoln sino Martin Luther King Jr., una de las causas por las que hoy los blancos no maltratan (tanto) a los negros. Siendo una de las figuras clave de la política americana de la década de 1960, logró desde el pacifismo construir un discurso convincente sobre los derechos igualitarios. Ahora bien, ¿a qué viene la mención de Daniel Day-Lewis? Pues ambos actores supieron reconstruir a Lincoln y a King no exclusivamente desde lo físico (hay muchas producciones que buscan el maquillaje perfecto y olvidan todo lo demás) sino fundamentalmente desde la fuerza del discurso. Y es esta fuerza la que guía a Selma por los peligrosos caminos de una temática que ya ha sido llevada al cine cientos de veces, y que parece haberse quedado sin aportes. Si no, pregúntenle a Oprah Winfrey, que ha producido casi todos los títulos asociados a la igualdad racial durante los últimos años.   

Ava DuVernay, directora que no es debutante pero que sin embargo resulta ser una completa desconocida para muchos, crea una obra biográfica particular, distinta, no enfocada en la vida entera del personaje sino en mostrar su psicología de una manera lo suficientemente verosímil como para poder explicar algún acontecimiento puntual de su obra pública. En este caso se trata de una marcha de protesta pacífica desde Selma hasta Montgomery, Alabama, liderada por él, y que el gobierno de Selma impide y reprime violentamente en primera instancia. Siendo una directora mujer, recuerda a Kathryn Bigelow por su habilidad para borrar todos los rastros de sensibilidad femenina y crear un pedazo de historia real dura de ver y de oír, pero sin llegar a los extremos que habitó Steve McQueen con sus cuestionables Doce años de esclavitud. DuVernay no hace teatro sobre la miseria, el dolor y la agresión, pero tampoco oculta una realidad: desde las primeras escenas, que alcanzan una intensidad que no vuelve a repetirse en ningún momento de la obra, la directora está dejando en claro que Selma habla desde la honestidad. También desde un conocimiento manifiesto, ya que el libreto, escrito en conjunto con Paul Webb, aparenta ser el resultado de un trabajo de investigación, del mismo modo que trabajaba Mark Boal, colaborador de Bigelow en cintas como Vivir al límite y La noche más oscura

La frialdad de la política, las negociaciones, la lucha de poder, los intereses propios de los actores principales implicados en el conflicto, están presentes a lo largo de las dos horas de metraje de Selma, un documento histórico más que una película, próxima al documental y lejana al espectáculo de masas. Contribuye a esto la voz furiosa de Oyelowo, una interpretación impresionante, que enuncia cada palabra del discurso de Martin Luther King Jr. apropiándose de todas ellas, sintiéndolas en lo profundo, y manifestándose (probablemente) desde su condición natural de hombre negro. Un discurso preciso pero puntillosamente diseñado por un hombre que era consciente del lugar que ocuparía en la historia. El elenco, una galería de secundarios entre los que destacan Tom Wilkinson y Tim Roth, cumple con su labor, pero dejándole vía libre al británico para lucirse como centro de atención. Hacia el último tercio de película, Selma toma una ruta equivocada, y tiende a confundirse con numerosas obras de lucha y superación. La canción "Glory", escrita para el film y ganadora de un Globo de Oro, forma parte de una estrategia para darle calor a una obra que, por su sistematicidad y su frialdad, puede ser juzgada como insensible o carente de alma. Esta mezcla desconcierta hasta que el discurso final, Oyelowo nuevamente al poder, vuelve las cosas a su lugar, sirviendo como broche de oro de una película difícil pero sumamente necesaria en los tiempos actuales. 

Puntuación: 6/10 (Buena)

sábado, 14 de febrero de 2015

Ida, de Pawel Pawlikowski


Crítica.

Ida.
Dir.: Pawel Pawlikowski.
Año: 2013.


El fanatismo religioso no es ninguna novedad en el cine de Pawel Pawlikowski. Quien recuerde aquella sombría obra británica Mi verano de amor, con una joven Emily Blunt entregada a la pasión por otra mujer, seguramente tenga en la memoria a aquel hermano ultracatólico que predicaba y paseaba una cruz gigante por la región, seguido por un montón de fieles. Ida retoma algunas de esas preocupaciones, puntualmente la del fanatismo por la religión, contextualizándola en Polonia durante la década de 1960. Un país que, como casi el resto de Europa, todavía no podía levantarse del todo. El comunismo había desplazado al nazismo, siendo Polonia el primer país ocupado por la Alemania Nazi en el marco de la Segunda Guerra Mundial. Pero de algún modo, fascismo y comunismo no habían podido solucionar los grandes problemas del país. 

En el medio de los escombros está Anna, una joven pelirroja a punto de convertirse en monja. Antes de hacerlo, la Madre Superiora la envía a conocer a su tía, Wanda, una mujer completamente distinta a Anna, más inclinada hacia los vicios y los placeres de la carne. El encuentro de Anna y Wanda desentierra un secreto familiar que las reúne en un viaje para conocerse entre ellas y, sobre todo, conocerse a sí mismas. Un secreto que lleva enterrado más de dos décadas, el tiempo que pasó desde la ocupación del país. Esta obra sencilla escapa a la fórmula clásica de personajes antagónicos, más propia de la comedia. Eso no quita que en medio de tanto drama, Ida tenga algún destello de humor inesperado. 

Es digna de destacar la fotografía en blanco y negro que opta por un formato de pantalla visto varias veces ya en el año (4:3) y unos estupendos planos que, en su mayoría, enfocan a sus personajes por sobre sus hombros, ubicándolos sobre el margen inferior de la imagen. Los seres de mundo, ínfimos, perdidos en la inmensidad del espacio que la cámara capta, atenta a su belleza intrínseca. Luego están las dos actrices, Agata Trzebuchowska, una muchacha adorable, bellísima, y su tía, interpretada por Agata Kulesza, personaje cargado de intensidad, la voz cantante de una obra plagada de silencios. Si bien uno puede reprochar la celeridad con que se resuelve un conflicto que demandaba mayor detenimiento, lo compensa la labor de las intérpretes, que consigue llegar emocionalmente al espectador. 

Una obra inteligente que se propone abordar la religión, pero también sobre la represión del régimen y cómo impacta en el estilo de vida de las mujeres, reflexionando sobre la conducta pecaminosa que le fue vedada a Anna desde su más tierna edad. Luego de un tiempo presa en el convento, y sin haber podido conocer demasiado, cede -por curiosidad o por furia- a las tentaciones mundanas. Indudablemente se trata de una fase importante en un largo proceso que comienza con la búsqueda de la verdad y que culmina con la toma de una decisión. 

Puntuación: 7/10 (Notable)

viernes, 13 de febrero de 2015

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia, de Alejandro G. Iñárritu


Crítica.

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (Birdman or the unexpected virtue of ignorance).
Dir.: Alejandro González Iñárritu.
Año: 2014.


Cuando Charlie Kaufman estrenó Todas las vidas mi vida, ópera prima protagonizada por Philip Seymour Hoffman, dio la impresión de que todo lo que podía decirse sobre el mundo del teatro estaba dicho. Fue una obra tan extraña, tan irónica, tan icónica, tan extraordinaria, que parecía la última que se haría con esa temática. Hasta que llegaron Alejandro González Iñárritu y sus amigos, los coguionistas de sus últimas dos obras, Armando Bo (Nieto), Alexander Dinelaris y Nicolás Giacobone, que escribieron un libreto extraño, irónico, icónico y extraordinario sobre el mundo del teatro en Broadway, sobre el mundo del espectáculo en los Estados Unidos, y sobre el universo íntimo de esos "cadáveres artísticos" que de repente son traídos de nuevo a la vida. Pero no solamente se trataba de Riggan Thompson, un personaje fracasado y entrado en años que alguna vez fue Birdman, un superhéroe que quedó sepultado dos décadas atrás: también de Michael Keaton, el intérprete, que dio vida a Batman hace muchos años y que la fama y el éxito prefirieron olvidar... hasta hoy.

Siendo hoy Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia una de las candidatas al premio Oscar, triunfadora en numerosas entregas de premios, y Keaton reconocido por esa resurrección artística, podría decirse sin titubeos que la palabra de Charlie Kaufman no fue la última, aunque posiblemente haya sido el mejor manifiesto acerca del mundo de las tablas. Eso no debe quitarle méritos a Iñárritu, cuya película persigue y alcanza objetivos diferentes, y adquiere un tono mucho más optimista, a pesar de que el camino que recorre Riggan durante ese fin de semana de ensayos (y del ansiado estreno, adaptación de una obra de Raymond Carver) sea lo más parecido al via crucis. La ambición de Riggan de volver al ruedo no tiene límites: él ha escrito, dirigido y pretende interpretar ese libreto. Ha invertido todas sus energías en lo que reconoce como su última oportunidad de que el público lo tome en serio sin necesidad de calzarse un molesto traje. Aun así, Birdman es un ícono pop del pasado, y sus seguidores se lo hacen saber. 

Alejandro González Iñárritu es conocido por meterse de lleno en el universo de las miserias. Desde su primer trabajo, Amores perros, y de manera más que clara en la obra maestra del 2006, Babel, y en la inquietante Biutiful, ha dejado en claro cuáles son los personajes y los entornos que a él le interesan. Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia no dista mucho de eso, aunque los escenarios, las luminarias y los eternos pasillos den la apariencia de un sitio agradable. No lo es. Y como si eso fuera poco, Iñárritu, con la colaboración del eficiente director de fotografía Emmanuel Lubezki, se animan a montar un espectáculo de casi dos horas en una (falsa) sola toma, que en realidad es un puñado de planos secuencia, que pueden contarse con los dedos, y que están ensamblados estratégicamente para dar una apariencia de continuidad. La cámara ágil e incansable sigue a los personajes constantemente, luego persigue a otros, husmea sus conflictos personales, en la sangrienta batalla de egos, en la lucha por la perfección y el reconocimiento. Cada pieza de su elenco, compuesto por Edward Norton, Naomi Watts, Zack Galifianakis y otros notables actores (Amy Ryan, Emma Stone), tiene su momento, su drama, su escena. 

Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia es una ingeniosa puesta en escena de una poco ingeniosa y errática puesta en escena, una sátira del mundo del espectáculo (la crítica a los estudios de producción que esclavizan a los héroes de las largas sagas cinematográficas, la crítica a la crítica, o la crítica a las cirugías estéticas, entre otras) que usa referencias directas muy actuales (hija salida de rehabilitación, el boom de las redes sociales) para hacer reír. Y lo hace, sin dudas. Los actores hacen lo suyo, pero el guión es la prima donna de esta ópera sobre el éxito y el fracaso. La voz ronca de un superhéroe lleno de polvo invita a Riggan, este actor caído con síntomas de demencia y depresión, a volver a calzarse el traje. Pero Riggan intenta demostrarle al hombre pájaro que realmente puede elevarse ante los ojos de sus seguidores y sus seres queridos, que puede triunfar huyendo de la cárcel de la popularidad, y que puede demostrar ser algo más que un actor de películas mediocres sobre superhéroes aun más mediocres. 

Mucho se ha hablado de los propósitos de esa (falsa) única toma, que abarca una gran parte de la película (el último tramo está filmado y acabado con un montaje convencional). No es la primera vez que alguien lo hace ni será la última. Muy logrado y osado ha sido el experimento de Alexandr Sokurov en El arca rusa hace poco más de una década, e Iñárritu poco tiene que envidiarle. Su puesta en escena es armoniosa y muy bien confeccionada, todo está en su lugar. La cámara atravesando pasillos y casi topándose con el baterista que musicaliza (improvisadamente) el film logra meter al espectador de lleno en ese teatro, lo hace caminar en medio de estos personajes al límite de su paciencia. Sin lugar a dudas funciona, pero no es un logro en sí mismo, sino un logro que tiene valor gracias a un libreto filoso y a un cast admirable. El mexicano saca lo mejor de estos intérpretes. Tal vez no lo mejor de sí (Babel sigue pareciéndome su mejor película), pero por fortuna una de las mejores cosas que se verán este año en la gran pantalla. Para no perdérsela. 

Puntuación: 8/10 (Muy buena)

Inquebrantable, de Angelina Jolie


Crítica.

Inquebrantable (Unbroken)
Dir.: Angelina Jolie.
Año: 2014.


Una de las escenas clave del segundo largometraje rodado por Angelina Jolie tiene al protagonista, un Jack O'Connell en perfecta forma, sosteniendo una pesadísima barra con los brazos, por encima de su cabeza, bajo la amenaza de ser ejecutado si la deja caer. Con la piel sucia, cubierta del carbón que trasladaba en un campo de trabajo (con las mismas amenazas, desde luego), sostiene esa barra. El sol va moviéndose, alumbra de distinto modo, pero él, inquebrantable, no se deja tumbar. Roger Deakins, director de fotografía, capta la crudeza de ese momento y el paso del tiempo solar, mientras las miradas de sus compañeros, que pararon de trabajar para observar al invencible muchacho, aportan todo el drama necesario. Más allá de la profundidad que alcanza esta escena, una de las dos únicas verdaderamente buenas de la película (la otra es la secuencia inicial, prometedora), esa barra esa una metáfora de lo que es la película para el espectador. Ver Inquebrantable es como sostener una barra por encima de la cabeza durante horas. El tiempo pasa, la vida pasa, y uno está ahí, sosteniéndola, casi sin soportar el peso. Es una tortura y, además, una pérdida de tiempo. Porque esos americanos pudieron seguir moviendo carbón de un lado a otro y no lo hicieron. Un día de trabajo tirado (y casi dos horas y media de película) a la basura. 

Es difícil precisar dónde quedó el virtuosismo que mostrara Jolie en su ópera prima, una decente (aunque tampoco excepcional) representación de la guerra de Bosnia. Mucho más difícil es decir dónde quedó el ingenio o la chispa de los hermanos Coen para adaptar el libro de Laura Hillenbrand, hoy disponible en todas las librerías comerciales. Algo ocurrió en el cine. Tal vez es el género biográfico que ha crecido y ha eclipsado otros trabajos que, en otros tiempos, hubieran sido mejor valorados. Inquebrantable, hoy, vale poco y nada. Habla sobre Louis Zamperini, atleta olímpico italoamericano, cuya juventud estuvo plagada de momentos extraordinarios. Una vida de aventuras que, por desgracia, no se plasman en la gran pantalla con el mismo entusiasmo. Poco ayuda un montaje confuso, que alterna competencias de atletismo con bombardeos. Una narración torpe que se extiende más allá de las dos horas y que, en definitiva, no tiene mucho para decir.

Hay películas cuyo mayor mérito es el ser obras en las que "no pasa nada pero en realidad pasa de todo". Inquebrantable lo invierte, pues es una obra en la que "pasa de todo pero en realidad no pasa nada". Es un esquema rígido que toma secuencias trascendentes y las ordena en un relato intrascendente. Primero un bombardeo, luego la niñez, luego la juventud, luego otro bombardeo interrumpido, una carrera ganada, bombardeo, naufragio, y la prometida captura de los japoneses. ¿Por qué prometida? Porque la película ha sido promocionada así: como la vida del atleta que fue capturado por el ejército nipón durante la Segunda Guerra Mundial, en el marco de los enfrentamientos del Pacífico. Cuando la aparición del músico Miyavi toma lugar, transcurrida ya media película, los deseos cambian rotundamente: lo que había esperado con ansias ahora se convierte en el horror mismo. Este cantante, puro villano, pura chatura, actúa tan mal como canta. Es una completa decepción. 

La obra avanza una hora más, a puro golpe, repitiendo algunas veces esa frase alentadora presente en todos los biográficos de superación personal: "si puedo soportarlo, puedo lograrlo". Luego está esa escena en que una hilera interminable de soldados americanos golpea en el rostro al protagonista, Zamperini, bajo la amenaza de ejecutar a un malherido compañero, desde que el sol arde en lo alto hasta el atardecer. Otro día perdido. Luego está el final, el oasis de la salvación al son de Coldplay, un canto al milagro de que por fin haya acabado. Y no hay mucho más. Solo una sensación amarga. Angelina Jolie intenta montar una épica sobre la supervivencia, como lo vienen haciendo todos los cineastas nominados al Oscar desde hace años. El año pasado eran McQueen, Cuarón y Greengrass hablando del tema. Y a pesar de sus grandes diferencias, todos ellos lo hicieron mejor. Jolie desaprovecha un equipo de producción maravilloso, un montón de buenos actores en ascenso, y los convierte en un montón de ruido que irrita hasta a los más fanáticos del género bélico, o del subgénero de supervivencia. Lo que más me entristece es que Roger Deakins perderá otro Oscar, esta vez por un trabajo notable que se diluye en una producción olvidable.

Puntuación: 2/10 (Muy mala) 

viernes, 6 de febrero de 2015

La teoría del todo.


Crítica.

La teoría del todo (The theory of everything)
Dir.: James Marsh.
Año: 2014.

Antes de tropezar con ese bodrio religioso llamado Noé, a Darren Aronofsky le fascinaba la degeneración del cuerpo y de la mente. Así, todos sus personajes iban dejándose arrastrar hacia un final trágico e inevitable, y el camino era verdaderamente tortuoso. Desde un matemático que se vuelve loco, pasando por drogadictos que pierden control de sus acciones (y mucho más que eso), bailarinas esquizofrénicas, enfermas terminales que inspiran a sus hombres a buscar la eternidad, hasta luchadores que envejecen ferozmente al tiempo que no pueden admitir su decadencia. Hay una extraña fascinación de los hombres por la violenta caída de otros hombres, lo que explica por qué, pese a que nadie está exento de problemas graves de salud, existe un cine de enfermedades que cada vez alcanza cuotas más altas de realismo y, aunque sea difícil de creer, un mayor éxito. Pueden mencionarse fenómenos juveniles como Bajo la misma estrella, o un cine más maduro como Mi pie izquierdo, Cosas que importan, El club de los desahuciados, La escafandra y la mariposa o Seis sesiones de sexo. Todas distan varias decenas de kilómetros entre sí, por su tono, su temática y sus logros, pero pueden asociarse en un subgénero, el drama de enfermedades. 

Los intérpretes cumplen un rol fundamental en la reconstrucción de estos seres, reales o de ficción, completamente a la deriva. La actuación es de por sí una labor difícil, y este tipo de papeles suelen ser definitivos en una carrera. Primero, porque se requiere de osadía para interpretarlos; segundo, porque se requiere de talento. Daniel Day-Lewis, Meryl Streep, Matthew McConaughey, Mathieu Amalric, John Hawkes conforman un cuerpo de actuaciones inolvidables y al límite, en extremo verosímiles y aterradoras. Julianne Moore, interpretando a una profesora de lingüística que desarrolla prematuramente un tipo particular de Alzheimer en Still Alice, y el joven Eddie Redmayne, protagonista de La teoría del todo, son candidatos a sumarse a este listado. Interesa este último, ya que en los cines argentinos se estrena su película, un biográfico sobre Stephen Hawking dirigido por James Marsh. 

La adaptación cinematográfica de la historia de Stephen, escrita por su mujer, narra los años de juventud del cosmólogo, desde los inicios de su doctorado en física en Cambridge hasta que la detección de una enfermedad degenerativa, que eventualmente le impediría tener control sobre los movimientos de sus músculos, lo une durante largos años de matrimonio a Jane, esta esposa sacrificada que se hace cargo de él. La historia es sin dudas prometedora: introduce un melodrama con mayúsculas, de esos que normalmente punzan ese músculo oculto en algún lugar del torso femenino o de la vanidad masculina. Pero aunque las promesas estén hechas para cumplirse, la realidad es diferente, y La teoría del todo es un buen ejemplo.

El problema más grave de la película tiene que ver con qué es lo que se quiere contar. En este caso es difícil de definirlo. El punto de vista femenino del relato (se insiste en esto: la obra fue escrita por Jane Hawking) amaga con patear el balón hacia la portería del romance. Así se ve en las primeras escenas, que son las mejores en todo sentido: no se ha detectado ninguna enfermedad, hay un amor genuino, sin ataduras ni compromisos morales, y los escenarios brillantes, coloridos, esas ruinas circulares revestidas de un encanto magnético, son el telón de fondo de una historia de amor en sus fases iniciales. Luego llega el drama, y ese punto de vista romántico, deliberadamente dulzón, se pierde en las reiterativas disertaciones sobre el tiempo, en la tragedia sobre la inmovilidad y las dificultades para comunicarse con el entorno, y apenas se recupera, aunque no con la misma fuerza, en esos triángulos/cuadrángulos amorosos de infidelidad casi aprobada por ambas partes. 

El discurso, entre la medicina, la física y el amor, se queda atascado en las espirales de la confusión. Nadie sabe muy bien a qué apunta La teoría del todo, qué es lo que quiere decirle a la audiencia, hacia dónde se dirige el relato. La narración está puesta en piloto automático, no hay un discurso elaborado o estratégico, sino un despliegue de sucesos reales que se filman porque no queda otra opción. Lo único que amenaza con convertir la obra en algo realmente interesante es la dicotomía entre religión y ciencia, a veces con tintes humorísticos, a veces mucho más seria de lo que parece, pero por lo general dispersa: la conversión de Hawking hacia la fe en un posible dictador celestial (o cualquier eufemismo que pueda ocurrírsele al lector) está muy poco desarrollada, y la sugerencia más obvia, la de creer en dios porque sobrevivir es un milagro, ni siquiera aparece con la fuerza que debiera.

La magia de la música, de la colorida ambientación, intentan disimular algunas falencias graves, como la incapacidad absoluta de Felicity Jones para interpretar a Jane, los insoportables y repetidos acercamientos de la cámara a las manos temblorosas, a los pies torcidos o a la cabeza inclinada hacia los lados de Eddie Redmayne, o los errores de continuidad (la escena del dígalo con mímica, o la caminata en el baile del principio). Pero lo peor, además de sus problemas discursivos, está en su falta de pasión en todo lo que plantea. En definitiva, no es ni un apasionado romance, ni un apasionado drama de enfermedades, ni una apasionada anécdota sobre el tiempo y el espacio. Solo está ahí, en el horizonte de la sencillez, vencida por la desgana, aunque constantemente tratando de ser rescatada por el héroe de todo esto: ese extraordinario joven actor británico llamado Eddie Redmayne, que se carga la película sobre sus hombros, se apropia de ella y la maneja a gusto y placer. Con sus defectos y virtudes, aun siendo una película muy cuestionable, me resulta imposible no añadir a este muchacho a ese listado de grandes estrellas esbozado anteriormente. Una metamorfosis visceral, un ejercicio mimético gigantesco que clava una interpretación para la posteridad. Por desgracia, merecía una película que le hiciera justicia a su talento. 

Puntuación: 4/10 (Regular)   

jueves, 5 de febrero de 2015

El código Enigma, de Morten Tyldum


Crítica.

El código Enigma (The imitation game)
Dir.: Morten Tyldum.
Año: 2014.


El cine del nuevo milenio nos ha regalado numerosas películas biográficas, algunas mucho más convencionales y ortodoxas que otras, con personajes fríos, en cierto punto antisociales, y que en su autismo o en su entorno íntimo logran rozar con sus uñas la genialidad. El primero fue John Nash, al que dio vida Russell Crowe en la gran película de Ron Howard Una mente brillante. Luego fue Howard Hughes, magnífica creación de Leonardo DiCaprio en El aviador de Martin Scorsese, un sujeto que entre su trastorno obsesivo compulsivo, su apático carácter y su gran visión pudo convertirse en alguien, a pesar de los obstáculos. Otro caso es el de Mark Zuckerberg, el joven creador de Facebook que en la película Red social deja en claro su mirada acerca de la amistad: sin embargo, la conflictiva relación con los cofundadores no le impidió ser hoy uno de los grandes millonarios del universo. Alan Turing se suma sin problemas a este listado que no se extiende para no agotar al lector, pero podrán hallarse otros cuantos ejemplos si se revisa de manera fugaz el cine reciente. 

Es nuevamente un matemático con problemas, según el planteo de esta película, para interactuar con los demás. Se concentra en sus obligaciones y en ese gran juego de ingenio de cuya resolución depende el destino de la humanidad y por la que él ha sido contratado: se trata de descifrar una máquina compleja, que a diario modifica su configuración, y que codifica los mensajes que emiten los nazis durante la segunda guerra mundial. Para explicarlo de una manera más o menos sencilla, Enigma (nombre del dispositivo) transcribe los mensajes con una notación distinta que nadie puede entender excepto ellos, un criptograma que los ingleses (Turing y los demás convocados) deben descifrar día tras día para poder alertar de posibles ataques sorpresa. El matemático, con el apoyo del mismísimo Winston Churchill, por demás conocido hombre de las máquinas, comprende de inmediato que perder los días intentando decodificar algún mensaje es un esfuerzo inútil y poco significativo. Su idea es crear una máquina inteligente que permita, con una velocidad mayor a la del hombre, y obedeciendo a la idea de que una máquina solo puede ser vencida por otra máquina, probar distintas combinaciones entre caracteres y que funcione en cualquier momento. El problema, es que todos los días los nazis reconfiguraban esta equivalencia entre caracteres, de modo que la máquina tenía menos de un día para revisar un número extremadamente alto de probabilidades. 

El noruego Morten Tyldum toma la responsabilidad de dirigir este biopic inglés de tipo tradicional (más si se lo compara con la mencionada cinta de David Fincher, Red social), con ecos de la muy exitosa El discurso del rey, aunque no tan atenta al valor de la imagen en relación a lo discursivo como sí lo era la gran película de Tom Hooper. Realiza un trabajo excepcional detrás de las cámaras, con el temple necesario, una gran firmeza y una elegancia que también comparten otros dos títulos biográficos británicos de esta temporada, Mr. Turner de Mike Leigh y La teoría del todo de James Marsh (aunque por numerosos motivos que no vienen al caso, ya que no tiene mucho sentido compararlas, Tyldum se acerca más al modelo de película ideal, prolija, bien hecha, bien narrada y bien actuada). También se sirve de un estupendo libreto adaptado por Graham Moore, enfocado en la conocida (y topicalizada) frialdad de las matemáticas en consonancia con la frialdad del matemático, los rasgos de su personalidad, sus pequeñas obsesiones. 

La narración está hecha en tres tiempos, fragmentada y alternadamente: primero, algunos episodios en la vida de Turing durante su paso por el colegio; en segundo lugar, la lucha contra Enigma; en tercer lugar, a comienzos de la década de 1950, el relato de una investigación que busca descubrir qué es lo que esconde el matemático. ¿Y qué es lo que esconde? Es verdad que la primera regla para descifrar el código Enigma es no hablar del código Enigma con nadie. Caso contrario, la persona que lo hiciera sería ejecutada por alta traición al rey y a la patria. Pero esconde algo más, una elección sexual que en aquellos tiempos era considerada indecencia y/o enfermedad (y que todavía sigue siéndolo en varios lugares). El cine suele caer en el error de poner la sexualidad en el centro de la escena. De esa forma, se le concede una importancia al hecho de que existan minorías sexuales que perpetúa la estigmatización de las mismas. El hecho de que el cine siga montando una tragedia alrededor de personajes homosexuales (en lugar de montar una tragedia sobre cualquier otra cosa, mencionando al pasar que un personaje es homosexual, casi de modo anecdótico) hará que las generaciones venideras sigan viendo la homosexualidad como algo anormal y equivocado. Dicho esto, no está de más destacar que, si bien la película habla de la sexualidad (y la condena que recibe por parte de una sociedad conservadora), no la toma como el principal tema de la obra. 

Nadie duda que El código Enigma busca poner en paralelo el secreto de Enigma y el secreto de la sexualidad, que ambas cosas son análogas y que esa es la gracia. La quema de archivos, al igual que la represión de la perversión sexual, funcionan del mismo modo. Y la propuesta es más que interesante. La inmersión de la cámara en el pasado de Turing, en su adolescencia, en su amistad con un joven, encuentra su justificación quince años más tarde en Enigma (o en el nombre de la máquina Turing que busca vencer a la de los alemanes). Ese pasado que en un principio parece un mero excedente, en realidad tiene una conexión profunda con el corazón de la película. Lo más descolocado parece ser ese tercer tiempo, que sí revuelve las conciencias de un conservadurismo aun vigente en los sobrevivientes de la Gran Bretaña de Thatcher y generaciones previas. Y por supuesto, esa última escena que con inscripciones en color blanco nos repite incesantemente que condenar la homosexualidad está mal, ya que en esa época, la primera regla de la homosexualidad era no hablar de la homosexualidad (con la misma discreción y el mismo silencio se comportaban los grandes criminales, desde un homicida hasta un espía soviético). 

El balance general de la obra es más que positivo. El código Enigma es un thriller sumamente inteligente, sostenido no solo por una versión mejorada de Benedict Cumberbatch (mesurado y correcto como Turing), sino también por una notable reconstrucción de la época, por una apasionante intriga, por un montaje que va y viene, pero que es muy claro y, entre otras tantas cosas, por una brillante banda sonora de Alexandre Desplat. Sofisticada como las grandes obras biográficas britanicas, particularmente emocionante (como notarán los espectadores en dos o tres escenas), que se deja ver sin ninguna dificultad y además se disfruta. No hay mucho que reprocharle a un film que desde un primer momento sabe lo que quiere y lo persigue con facilidad, sin esfuerzo. Si no, vean tan solo esa fascinante última conversación entre Benedict Cumberbatch y Keira Knightley, la cereza del pastel. 

Puntuación: 8/10 (Muy buena) 

En el bosque (Into the woods), de Rob Marshall


Crítica.

En el bosque (Into the woods)
Dir.: Rob Marshall.
Año: 2014.


Una porción bastante grande de la población cinéfila recuerda a Rob Marshall como el director de Chicago, triunfador musical que no podría estar más sobrevalorado. Un grupo menor lo recuerda por Nine, otro musical fallido que lo convirtió en el primer cineasta que no supo dirigir a Daniel Day-Lewis. Esa adaptación de otra adaptación teatral de 8 1/2, clásico imperecedero de Fellini, fue aproximadamente una catástrofe. Reunía a ocho de los mejores actores vivos, seis de ellos ganadores del Oscar, y los desperdició a todos. En el camino había hecho Memorias de una Geisha, una más que notable película no-musical. Y muchos creyeron que Marshall se daría cuenta más rápido que su punto fuerte no es precisamente el género musical, que muy pocos dominan sin la necesidad de creerse herederos de Bob Fosse. Por desgracia, los cines argentinos reciben En el bosque, otro musical más de Marshall, nuevamente fallido, incluso más aburrido que los anteriores, y probablemente el peor de su carrera.

No toda la culpa es del director. Está la obra de teatro, a la que en primera instancia le sobra un acto entero. Luego sí está James Lapine, que adaptó su propia obra a la gran pantalla. Y en tercer lugar está Rob Marshall que, como es habitual, no supo demasiado bien qué hacer con ella. No es el propósito de esta breve reseña cuestionar la dinámica de las adaptaciones, pero creo que es hora de abandonar ese tradicional pensamiento de que una adaptación es buena cuanto más se parece a la original. Nadie quiere ver una fotocopia de algo que ya se ha hecho antes, y menos con una economía que hace cada vez más difícil pagar por ver. La magia de la adaptación está en la capacidad de transformar el material original, de usar todos los recursos que ofrece el séptimo arte para darle una vuelta de tuerca a lo que ya se ha hecho en un libro, en un teatro o en otro formato. 

En la película En el bosque se entrecruzan cinco relatos: "Caperucita roja", "Las habichuelas mágicas", "Cenicienta", "Rapunzel" y una quinta historia original, columna vertebral de la obra teatral y, por consiguiente, de la adaptación, sobre una pareja de panaderos cuyos antepasados han sido víctimas de una maldición por la que no pueden engendrar descendientes. Cada uno tiene su estilo propio y es más o menos interesante. El modo de ensamblarlos a través del personaje de la Bruja, una Meryl Streep entre Mamma mia! y La muerte le sienta bien que, en esta ocasión, ofrece otra gran actuación (la mejor de la película, tal vez la única aceptable junto a la de James Corden). Pero el conflicto central, desde el primer "I wish", se resuelve a los ochenta minutos de película. Sobran cuarenta. Y realmente sobran. Son los más oscuros, trágicos, desafortunados y, en algún punto, los más prometedores. Sin embargo no aterrizan en ningún lugar. Lo único que resta es un deseo ferviente de que la película acabe cuanto antes. 

Dicho todo esto, uno puede problematizar lo siguiente: si Marshall es talentoso para el cine hablado / no-musical, ¿qué hubiera sido En el bosque sin las canciones de Stephen Sondheim? Bueno, nadie puede saberlo, pero se puede intuir que tampoco hubiera sido mucho mejor. Es cierto que, al margen de una o dos canciones, en ningún momento funciona como musical. Porque muchos todavía recuerdan las canciones de Cabaret, de Moulin Rouge!, o de cualquier otro musical pequeño que sea mejor que este, como Les chansons d'amour. Estas canciones son fáciles de olvidar, al igual que la película. La teatral puesta en escena y los deliberadamente rudimentarios efectos no ayudan demasiado. Sus plantaciones artificiales no hacen más que vaciar la carga simbólica del bosque, de larga tradición. Dicen que hay que tener cuidado con lo que se desea, porque puede volverse realidad. Así lo entendió Coraline tras cruzar la puerta secreta, y así se dedujo de casi todos los relatos recopilados por el romanticismo alemán. Rob Marshall no insiste demasiado con eso, algo que la podría haber salvado del naufragio. Pero yo sí insisto con que no deseen verla, porque puede volverse realidad, y no hay forma de recuperar el tiempo perdido. 

Puntuación: 3/10 (Mala)